Renunció a lo meramente descriptivo para
encarnar hondamente, en un lenguaje original, la riqueza de su intimidad,
entrevista por medio de la riqueza que percibió en el mundo.
Y eso que Juan García Gayo, en 1974, ya había traducido La manzana en la oscuridad para Sudamericana.
Pero cuando en 1983 a mi vez traduje, e incluí, tres relatos de la ucraniana de
extraña belleza que su infancia convirtió definitivamente en brasileña, Clarice
Lispector (1925-1977), en uno de aquellos legendarios volúmenes del Centro
Editor de América Latina: La
tercera orilla del río y otros textos, junto con João Guimarães Rosa,
Anibal M. Machado, Carlos Drummond de Andrade, Murilo Mendes y Milton de Lima
Sousa, ella continuaba siendo entre nosotros y en nuestra lengua prácticamente
una desconocida. Pero algunas décadas después, y como le hubiera gustado de
manera tan espontánea como secreta, fue comenzando a tomar cuerpo la justicia
poética.
Pocas veces el título de un libro congenió tanto con su contenido. Porque lo
que vinieron a mostrarnos magníficamente aquellas crónicas de la indeleble
Clarice Lispector, que Adriana
Hidalgo editó en 2004 como Revelación de un mundo y tradujo con delicadeza y eficacia
Amalia Sato, aparecidas en el Jornal
do Brasil entre 1967 y 1973,
no es sólo su visión del mundo sino también el propio mundo interno, la
auténtica cosmovisión de uno de los más originales y hondos escritores del
Brasil pero también de la entera lengua portuguesa.
Acaso resulte inimaginable entre nosotros que los diarios brasileños ofrezcan
sus páginas, desde hace largo tiempo, a columnas periódicas firmadas por
grandes autores. A quienes se respetó profundamente en su libertad creativa
pero, asimismo, al colocarlos en un espacio de amplia repercusión, en un medio
absolutamente público, los obligó a emplear esa libertad dentro de un marco que
a la vez les era propio, el de su misma sociedad. De tal modo ejercida, con
tanta solvencia y calidad, que han dado lugar a todo un género, el de la
crónica, tan despierto como exitoso. La peculiar vitalidad de la cultura y de
la vida brasileña demostró así un nuevo punto de toque: la exigencia y la
originalidad de los creadores encontró su brillante contrapartida en la
exigencia y la calidad de los lectores.
Dentro de ese envidiable dominio, el de Clarice Lispector bien podría
representar quizás un caso límite. Y, a la vez, en gran medida representativo.
Porque si hay un escritor en Brasil que haya renunciado a lo meramente descriptivo
("Nada explico. Me rehúso a explicar, me rehúso a ser discursiva"),
para que encarne hondamente en un lenguaje original la riqueza de su intimidad,
entrevista por medio de la riqueza que percibe en el mundo ("Soy una
persona muy ocupada: me hago cargo del mundo"), muchas veces en la
mismísima vida cotidiana, sin duda es ella.
Con un lenguaje felizmente más cerca de la poesía que del periodismo ("Las
palabras me preceden y sobrepasan, me tientan y me modifican, y si no tengo
cuidado será demasiado tarde: las cosas se dirán sin que yo las haya
dicho"), espontáneamente enmarcadas además ("Escribo a la medida de
mi aliento") en una rica tradición y en un rico imaginario, personal y
colectivo, pero a la vez ejercidas con el rigor y el alcance que constituyen su
marca, su estilo ("Y si intento hablar, sale un rugido de tristeza"),
no apenas literario, las crónicas de Clarice Lispector se constituyen en parte
viva de su obra y en testimonio latente de la singular, entrañable personalidad
artística y humana ("No soy de dominio público") de la autora de
textos tan logrados como Un
aprendizaje o el libro de los placeres, La
pasión según GH oLazos de
familia, por citar sólo algunos. Sin dejar de resultar, al mismo tiempo,
indisolublemente, también una flagrante evidencia de la envidiable vitalidad
cultural del enorme país hermano.
© LA GACETA Rodolfo Alonso - Poeta, traductor,
ensayista. Sus libros más
recientes son Poesía inmediata y Defensa de la Poesía.

No hay comentarios:
Publicar un comentario