6.9.14

Leer o no leer poesía,ésa es la cuestión

Diario La Nación - adn cultura  (Argentina)   viernes, 22 de septiembre 2014

Leer o no leer poesía,ésa es la cuestión

 El poeta y traductor Rodolfo Alonso se centra en la "sociedad del espectáculo". Cita a Guy Débord como el primero que logró visualizarla de este modo. "Y por si hubiera dudas, fue nada menos que André Malraux, por aquel entonces precisamente del lado opuesto, quien lo ratificó: 'El mundo se separa del hombre para volverse espectáculo'. Lo que en un tiempo fuera la culpa más temida y execrada, el pecado de escándalo, se ha vuelto ahora la norma, el criterio. Todo se exhibe, todo se desacraliza", señala Alonso.
Este poeta, miembro de la legendaria revista "Poesía Buenos Aires", agrega que "la gran poesía resulta indigerible para la sociedad de consumo". Y enfatiza: "Por más que mediocres o mejores intenten adaptarse, maquillarse, infiltrarse, la verdadera poesía sigue resultando irreductible. ¿Y cómo no habría de serlo si no requiere comprar siempre el último modelo, el último artilugio? ¿Si basta en realidad, para que colme una vida entera, incluso con recordar un solo verso, inefable, único, ricamente polisémico, del que hasta se olvidó a su autor?".

23.8.14

Un escritor de raza

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Contratapa  |  Jueves, 21 de agosto de 2014

Un escritor de raza

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Por Rodolfo Alonso *

Es apenas un detalle que el 1º de julio se hayan cumplido veinte años de su muerte. O que con esa misma vida, desarreglada y bohemia si las hubo, llegara a alcanzar los noventa. Lo esencial va más allá. O, mejor dicho, más acá.
Porque a veces basta una línea, unas pocas palabras: “Miraba sin entusiasmo al hombre ancho y oscuro como si lo estuviera soñando así, construido con sustancia de tedio y absurdo”. Y es que cuando nos encontramos ante un escritor de raza, no es difícil descubrir un temple, un temblor, percibir en las palabras un sonido de fondo, un rumor más que expresivo, un retumbo de latir percibido por dentro: desde el cuerpo, en el cuerpo. Mucho más que habilidad o don, mucho más que los supuestos límites de un género: una experiencia encarnada de vida y de lenguaje.
Después de Faulkner y de Arlt y casi al mismo tiempo que Borges, ¿acaso antes que Borges?, el singular uruguayo Juan Carlos Onetti (1904-1994), con un pie en su Montevideo natal y otro en la Buenos Aires que nunca dejó de acunarlo, tal vez sin proponérselo, como emergencia natural, revela un dominio que se intuye propio, a la vez irremediable y leve, incierto y troquelado. Así como existe un envidiable mundo del Caribe, y otro cálidamente brasileño, en realidad varios mundos brasileños, siento que en la cultura latinoamericana hay una cuenca rioplatense, que a los porteños o entrerrianos nos hermana con el Uruguay, y que emite un clima, un matiz propio, al mismo tiempo preciso e impreciso, brumoso y nítido. Una huella, señales.
Pero que en un escritor se da en lenguaje. Quizás a algo así aludía certeramente el también uruguayo crítico Angel Rama cuando afirmó que, al leer a Onetti, se presentía un no muy lejano respirar de cuerpo dormido. Hay un aliento allí, un gran aliento, pero también una presencia orgánica, cálida y de fondo, barrosa –como el barro de los orígenes, oscuro y nutritivo– y oscuramente viva, inquieta y contagiosa. Si alguna vez me pregunté públicamente por qué no había un Juan L. Ortiz del Río de la Plata, ahora puedo intentar contestarme que tal vez no era posible para nosotros. Y que es en algunos narradores de raza donde esa poesía (por supuesto mucho más que un género) ha logrado asomarse. Y consumarse.
Sin resquicios para olvidar de qué estamos hablando: “un mundo hecho, administrado por hombrecitos imbéciles”, “un mundo normal y astuto”, leyendo a Onetti, comulgando en Onetti no es difícil percibir, como en los grandes, en la materia de su texto –que en tanto música del sentido es totalmente lírico– la plena irrupción de la palabra poética, precisa e irradiante: “entro en el temblor del cuerpo, amo la crueldad y la alegría”. Como bien dijo Paul Valéry, la prosa agota su valor de cambio. Y la poesía es aquello que, precisamente, no puede terminar de decirse, de traducirse. Pero que se roza cuando uno es escrito: “Arrastró los pies en la frescura de las baldosas yendo hacia la sombra de la casa, hacia la fluctuante gruta de concordia, destierro y autonomía que excavaba en la sombra el ronquido acuoso, desligado, de la mujer dormida...”. ¿De qué otra manera es posible, honestamente, aludir a la palabra, inmediata y tensa, huidiza e invasora, cargada y neta, de Juan Carlos Onetti? Y él mismo nos respondería, sabio indolente: “Tengo que darles capacidad de olvido, entrañas y rostros inconfundibles”.
(Al recibir en su momento otra bienvenida reedición de Juntacadáveres que, como se lo merece, mantiene su obra indeleble en circulación, no pude evitar ir a mi biblioteca y palpar otra vez aquella primera, modesta, entrañable edición montevideana, que con tamaña dignidad encaró uno de tantos exiliados republicanos españoles en estas playas, Benito Milla. El peso latente de ese pequeño volumen, favorecido con benevolencia por la muy uruguaya Comisión del Papel, siempre me lo hará sentir, como en aquella primera ocasión, incluso físicamente cerca.)

* Poeta, traductor, ensayista.

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11.8.14

REEDICIÓN: REVISTA POESÍA BUENOS AIRES



Reedición facsimilar de la revista Poesía Buenos Aires


Con prólogo de Rodolfo Alonso, que fue el miembro más joven:

LA BIBLIOTECA NACIONAL PRESENTA SU REEDICIÓN FACSIMILAR COMPLETA DE LA LEGENDARIA REVISTA DE VANGUARDIA “POESÍA BUENOS AIRES” (1950-1960)


La Biblioteca Nacional presenta su esperada reedición facsimilar completa, en dos tomos, de los 30 números de la célebre revista de vanguardia “Poesía Buenos Aires” (1950-1960), cuya introducción fue encomendada a Rodolfo Alonso, su miembro más joven.
         El acto se llevará a cabo el miércoles 20 de agosto, a las 19, en la sala “Juan L. Ortiz” de la Biblioteca Nacional, Agüero 2502. CABA, y harán uso de la palabra el director de dicha institución, Horacio González, Ana Longoni, y Rodolfo Alonso.
         Entrada libre y gratuita.




Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, Ana Longoni y Rodolfo Alonso













Horacio González, director BN, Ana Longoni; Rodoldo Alonso




Horacio González, director de Biblioteca Naciomal, Ana Longoni y Rodolfo Alonso



2.7.14

Contra la Usura



Por Rodolfo Alonso *



¿Puede ser asombroso que el rostro más salvaje y desbocado del rapaz capitalismo financiero, ensañado hoy contra el único país que había sido capaz de librarse de sus garras, desnude su realidad atroz de tal manera que la convierte en su más nítida metáfora?
Hace mucho ya que la Usura no necesita esconder su pico ávido y curvado. Pero nunca, como en los últimos decenios y ahora, en estos días que nos tocan tan dolorosamente y tan de cerca, se ha exhibido más orgullosa, más reina impúdica y feroz. Nunca pareció más segura y más ufana de sí misma. Nunca había dejado tan de lado toda máscara de hipócrita moral, de hipócrita justicia.
Ese rostro sangrante e insaciable es el ídolo del Oro, capaz de imponer en forma universal su adoración y, al mismo tiempo, beber como caníbal tanto la sangre de sus fieles como la sangre de sus víctimas. Ese rostro es el enemigo mortal de la Belleza.
Bien sé yo que un gran poeta como Ezra Pound ya la había magníficamente revelado (con ropaje de siglos) en su inolvidable Canto XLV, nada menos que de 1937. Pero a mí se me presentó, sin habérmelo propuesto, en un momento no menos significativo: el 11 de junio del año 2000. Y no me parece para nada inadecuado volver a recordarla en aquellas mismas palabras, precisamente aquí y ahora.


                 Rehúsa prosternarse ante Baal

                
                 ¿Qué es enfrentar los lobos
                 en el silencio blanco
                 del Yukón o la estepa,
                 ser echado a los leones
                 liviano como un mártir,
                 trepar involuntario
                 al potro del tormento,
                 sentir el frío abrazo
                 de la Dama de Hierro,
                 que acaricien tu cuello
                 con el garrote vil,
                 el lazo de los tugs,
                 la soga del verdugo
                 o la atroz sutileza
                 de los Inquisidores,
                 sobrevivir naufragios,
                 te trague la Ballena,
                 atravesar los polos,
                 caerse en la manigua,
                 delirar en la selva,
                 sostener al simún
                 bajo el sol de las doce,
                 salvarse de la peste,
                 perderse en la tormenta
                 de nieve hasta dormirse
                 dulcemente por siempre,
                 ser presa de caníbales,
                 comprado como esclavo?
                 ¿Qué es enfrentarse a eso
                 frente al escalofrío
                 de un alud financiero,
                 el maëlstrom de la Bolsa,
                 el rugir del dinero,
                 el tifón de la usura
                 que te sorbe la médula
                 con la fría mirada
                 seductora y terrible
                 de insaciable Medusa?
                 ¿Nunca se podrá ser
                 lo suficientemente
                 humano? Silencioso,
                 Harpagón, corroído
                 por su cáncer dorado,
                 vuelve silencio al mundo
                 y prisión al destino.
       Miserable confort.


  • Poeta, traductor, ensayista.

es.wikipedia.org/wiki/Rodolfo_Alonso


13.6.14

NO HAY PAZ PARA OCTAVIO PAZ


 

 
Publicado en Página/12 el 10 de junio.

                                                                                                                                Por Rodolfo Alonso *

 

El gran dinero y la gran prensa neoliberal intentaron apoderarse de todo Octavio Paz, el célebre escritor mexicano, distorsionando sus tempranas críticas al terror stalinista y su redescubrimiento del verdadero liberalismo para adjudicárselo, domesticado como a tantos otros conversos hacia la derecha.

            Porque Paz, nacido en plena Revolución Mexicana (1914), era hijo de Octavio Paz Solórzano, fundador del Partido Nacional Agrarista, asesor legal de Emiliano Zapata y su representante en EEUU, involucrado en la reforma agraria y en las transformaciones educativas de José Vasconcelos. Apenas recibido, en 1937 parte a Yucatán con las misiones pedagógicas de Lázaro Cárdenas. Y también ese año integra la delegación mexicana al célebre Congreso de Escritores Antifascistas convocado en Valencia por los republicanos españoles, mientras arreciaba la guerra civil desatada por el franquismo.

            Comenzaba su tarea de escritor, cuyos primeros títulos lo vuelven hombre público. Polemista agudo, convencido humanista, su figura crece como su influjo, entre admiraciones y rechazos. Pero algo hay que reconocerle: en 1968, tras 24 años de diplomacia renuncia como rechazo a la feroz represión oficial que dejó muchos muertos y heridos, durante la masacre de Tlatelolco, entre los estudiantes mexicanos.

            Medio siglo después de aquel legendario Congreso de Valencia, se invitó a los sobrevivientes. A Octavio Paz eso le provocó un gran texto: “El lugar de la prueba”. Lo reprodujo La Nación el 8 de noviembre de 1987. Y en él descubrí una vertiente bien oculta. Dice: “porque la libertad de expresión está en peligro siempre. La amenazan no sólo los gobiernos totalitarios y las dictaduras militares, sino también, en las democracias capitalistas, las fuerzas impersonales de la publicidad y el mercado. Someter las artes y la literatura a las leyes que rigen la circulación de mercancías es una forma de censura no menos nociva y bárbara que la censura ideológica.”

            En su libro La otra voz / Poesía y fin de siglo, de 1990, el año de su Premio Nobel, Octavio Paz reitera claramente: “hoy las artes y la literatura se exponen a un peligro distinto: no las amenaza una doctrina o un partido político omnisciente sino un proceso económico sin rostro, sin alma y sin dirección. El mercado es circular, impersonal, imparcial e inflexible.”

Y en otro libro: Al paso, insiste: “Pienso en la solapada dominación del dinero y el comercio en el mundo del arte y la literatura. Las leyes del mercado no son estrictamente aplicables a la literatura, al pensamiento y al arte. Las potencias meramente comerciales, regidas por el criterio del éxito y la venta, tienden a la uniformidad – máscara de la muerte.”

            No era algo casual. El 25 de agosto de 1992 leo en La Nación: “Es muy grave que el relativismo social actual se convierta en un nuevo absolutismo basado en esta idea: las cosas no tienen valor, tienen precio. Este es el camino por el cual una sociedad se destruye.” Y añade: “Cuando yo era joven el gran enemigo del arte eran los Estados autoritarios. Esta amenaza ha sido sustituida por otra mucho más sutil: la amenaza del mercado, que lo relativiza todo. Estas son las grandes amenazas modernas. El mecanismo del mercado no tiene ideología, acepta todas, las usa todas, no respeta ninguna y se sirve de todas ellas.”

            Si fuera poco, en Le Nouvel Observateur poco antes de morir, en 1998 afirma Paz: “Se habló del desastre del autoritarismo, sería preciso hablar del desastre del capitalismo liberal y democrático, en el dominio del pensamiento como en el de la vida cotidiana; la idolatría del dinero, el mercado transformado en valor único que expulsa a todos los otros.”

            Podría citar más, pero ya basta. Llegó la hora de pensar a Octavio Paz en su complejidad, sin anteojeras. No quiero decir que tal reiteración sea única. Pero siento que le debemos considerarlo íntegramente, desde nuestra propia perspectiva sí, pero en toda su  fecunda riqueza. Así empezó a ocurrir donde algunos no hubieran esperado: intelectuales cubanos impulsaron un seminario de análisis a fondo para la entera obra de Paz.

            Y hay más. En “El lugar de la prueba”, 50 años después de aquel congreso antifascista, Octavio Paz sólo recuerda esto: “en fin, y ante todo, el trato con los soldados, los campesinos, los obreros, los maestros de escuela, los periodistas, los muchachos y las muchachas, los viejos y las viejas. Con ellos y por ellos aprendí que la palabra fraternidad no es menos preciosa que la palabra libertad: es el pan de los hombres, el pan compartido. Esto que digo no es una figura literaria. Una noche tuve que refugiarme con algunos amigos en una aldea vecina a Valencia mientras la aviación enemiga, detenida por las baterías antiaéreas, descargaba sus bombas en la carretera. El campesino que nos dio albergue, al enterarse de que yo venía de México, un país que ayudaba a los republicanos, salió a su huerta a pesar del bombardeo, cortó un melón y, con un pedazo de pan y un jarro de vino, lo compartió con nosotros.”

            ¿Alguien capaz de expresar eso no merece que volvamos a pensarlo de nuevo?

* Poeta, traductor, ensayista.