13.12.14

Dolor y lucha por Ayotzinapa



Por Rodolfo Alonso *


Un fantasma recorre México. Un fantasma que en realidad son muchos, demasiados. Sólo desde 2006, no menos de 10.000 desaparecidos y más de 120.000 asesinados. En los 2 años que lleva de presidente el neoliberal Peña Nieto (del largamente hegemónico PRI), ya van 7.000 desapariciones forzadas. Es el trágico balance, trágicamente provisorio, de la histórica corrupción político-institucional que se ha ensamblado ahora nada menos que con las sanguinarias bandas del narcotráfico.
            Pero una gota más que densa ha derramado el vaso de sangre que está apurando el pueblo hermano. Y a partir de la noche del 26 de septiembre, con la ignominiosa desaparición y muy probable masacre de 43 jóvenes normalistas agrarios en Ayotzinapa, la sociedad mexicana ha recuperado lo mejor de su legendaria tradición de rebeldía, y a lo largo y ancho del país continúa expresando masiva y pacíficamente sus más que justos reclamos de verdad y justicia.
            Y para nosotros, los argentinos, que tanto sufrimos crímenes similares, con la duplicada emoción de que reaparezcan allí, espontáneamente, algunas de nuestras históricas consignas: “Con vida los llevaron, con vida los queremos”. Y con el honor de que sea nuestro muy digno Equipo Argentino de Antropología Forense (que acaba de firmar un convenio semejante con Vietnam), quien se encuentra trabajando arduamente y ha identificado ya los restos quemados de uno de los estudiantes desaparecidos.
            En semejante contexto, la alegría de que Argentina fuera por segunda vez “invitada de honor” a la célebre Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la mayor de nuestro idioma, no dejó de producirme cierta leve aprensión. ¿Cómo podríamos hacer convivir nuestra justificada euforia con el hondo, desgarrado dolor que sentimos como hermanos de la patria grande?
             Aprensión que pronto fue desechada. Ya en la prolongada ceremonia de inauguración, entre casi una decena de discursos, y dejando aparte el memorable texto final de ese gran intelectual que es el italiano Claudio Magris, galardonado en la ocasión (y con quien coincidimos tanto en La Habana como en su Trieste natal), el discurso más claro y vehemente me pareció el de nuestro canciller Héctor Timmerman, que no sólo recordó a los pueblos originarios sino también la estrecha, profunda, dolorosa relación que ligaba a nuestros desaparecidos con los del hermano país azteca. (Sin olvidar a los fondos buitre.)
            Y ya el primer día surgió de nuestra delegación un manifiesto de solidaridad fraternal con el agredido pueblo mexicano, resaltando la relación con nuestra propia historia, que muchos firmamos y que, me temo, no alcanzó tal vez la debida difusión ni aquí ni allá. Solidaridad que se volvió a poner de manifiesto en no pocas intervenciones de nuestra delegación. Invitado por la Feria a abrir su Salón de la Poesía, me descubrí susurrando al concluir, no sin respetuosa emoción: “Yo también soy Ayotzinapa”.
            Pero nada fue tan conmovedor como el comienzo de aquella mesa dedicada a la estrecha relación de nuestro Juan Gelman con los derechos humanos, cuando su viuda Mara Lamadrid, su nieta recuperada Macarena Gelman y su gran amigo Horacio Verbitsky no sólo alzaron ambas banderas sino también 43 fotos de otros estudiantes argentinos, desaparecidos del Colegio Nacional de Buenos Aires.
            Estamos seguros de que esta extraordinaria lucha del pueblo mexicano continuará. Y que, como los “indignados” españoles, ante la desidia, corrupción y cinismo de sus partidos, incluso los supuestamente progresistas, será capaz de crear y aún de enarbolar una nueva fuerza política que pueda llevar sus ideas a la acción.
            Porque quizá no todo está perdido. Allí está, por ejemplo, Cuauhtémoc Cárdenas (hijo del justicieramente legendario presidente Lázaro Cárdenas, figura ejemplar), que en 1989 abandonó el Partido Revolucionario Institucional (PRI) para fundar una fuerza destinada a regenerarse y renovar las viejas banderas, el Partido de la Revolución Democrática (PRD). El mismo partido al cual acaba de renunciar también ahora, justamente indignado no sólo por su corrupción y complicidad, sino porque (¡cosa terrible!) era suyo el alcalde de Iguala, responsable directo de las masacres de Ayotzinapa, de quien acaba de saberse que no sólo todos sus policías municipales estaban “aprobados”, sino que se rodeaba además de casi 100 parapoliciales,
            Y allí está también Andrés Manuel López Obrador, a quien le fue robada la presidencia ganada en elecciones y que ya hace 2 años había renunciado al PRD para fundar su Morena (Movimiento de Renovación Nacional).
            Pero la verdad está ahora en la calle, Y a la vista de todos. Y nada volverá a ser lo mismo. Sólo el pueblo mexicano salvará al pueblo mexicano. Porque todos somos, qué duda cabe, Ayotzinapa.


* Poeta, traductor, ensayista.

26.11.14

Justicia para los traductores argentinos


Miércoles 26 de noviembre de 2014

Por Rodolfo Alonso *



         ¿Alguien podría siquiera imaginar que Borges no conserve los derechos de autor sobre sus traducciones de Las palmeras salvajes, de William Faulkner, u Orlando de Virginia Woolf? ¿O que a Cortázar le ocurra otro tanto con sus versiones de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, o las obras completas de Poe? Pues bien, esos nombres y títulos son sólo el atisbo de un elenco tan amplio que resulta legión.
En el mismo país donde nacieron las primeras traducciones a nuestro idioma de El Capital de Marx (Juan B. Justo), de las obras completas de Freud (Ludovico Rosenthal), del Ulises de Joyce (J. Salas Subirats) o de los heterónimos de Fernando Pessoa, por citar sólo algunas, se persiste en redoblar una flagrante injusticia: los traductores argentinos no pueden mantener ni ejercer sus más que legítimos derechos de autor. Y sin embargo es en gran medida merced a la exigente, esforzada y modesta labor de sus traductores que la cultura (y en consecuencia la entera vida social) argentina ha logrado forjarse, sostenerse –incluso en las peores circunstancias--, consolidarse y trascender, no sólo más allá de sus fronteras sino en los dominios y alcances más inesperados.
El 16 de septiembre del año pasado un grupo de ellos logró dar comienzo a una gesta: varios diputados presentaron al Parlamento un digno Proyecto de Ley de Traducción Autoral en Argentina (exp. 6534-D-2013). Un proyecto que llevó un largo trabajo en equipo. Y que de inmediato conquistó, como era de esperar, la más amplia adhesión: local, regional e internacional. Desde los iniciales Juan Gelman o Ricardo Piglia, hasta las intervenciones concretas de Teresa Parodi y Horacio González.
Ahora sólo faltan ocho meses para que se repare o se reitere tan grave anomalía. Es el plazo para que las comisiones de legislación general y de cultura de la Cámara de Diputados se decidan a avanzar por fin en el tratamiento del valioso proyecto, que de otro modo pierde estado parlamentario.
Me parece muy justo que aquí se reconozcan también, como ya ocurre en casi todo el ámbito del idioma, los innegables derechos de autor que corresponden a los traductores, hasta hoy burdamente ignorados. La traducción de la gran literatura, de la literatura entendida como arte, constituye sin duda una creación literaria. Y una forma de creación quizá más ardua y arriesgada que la propia creación personal. Porque le agrega, si se es honrado, una nueva exigencia: respetar al otro.
Nada menos que Walter Benjamin, con su tocante inteligencia, dedicó al tema un texto clave: La tarea del traductor. Y George Steiner por lo menos dos amplios, fecundos, bellos libros: Después de Babel y Antígonas. Sin olvidar que fue el brasileñísimo Haroldo de Campos quien supo percibir que, en lugar de denominarla “transcripción”, deberíamos llamarla “transcreación”.
         Cuando cedimos ciegamente el control de nuestras legendarias grandes editoriales, los argentinos no sólo sufrimos una lesión económica. Perdimos también nuestro derecho a ejercer, difundir y consumir nuestra propia tonalidad de la lengua, nuestra propia densidad, nuestro propio timbre. Con el cual se habían formado generaciones y generaciones de escritores españoles y latinoamericanos, como bien lo hizo notar Juan José Saer al rendir merecido homenaje, en su último libro: Trabajos (2005), titulando todo un capítulo J. Salas Subirats, autor de la primera versión del Ulises. Y fue justamente recordando a Borges, quien una tarde de 1967 en Santa Fe la consideró “muy mala”, que el joven Saer se animó a replicarle: “Puede ser, pero si es así, entonces el señor Salas Subirats es el más grande escritor de lengua castellana.” Lo que implica claramente, con su habitual limpidez, que un buen traductor es sin duda un autor.

* Poeta, traductor, ensayista.


19.11.14

En el aura de Saer

26 de setiembre de 2014


por Rodolfo Alonso *



Esta historia no comienza con esas líneas perdidas, casi tangenciales, de aquel libro inicialmente por encargo que él supo convertir en texto clave para cualquier argentino honrado: “El río sin orillas”, donde Juan José Saer (1937-2005) alude de sopetón, como al pasar, a cierto sauce que visitaba en forma asidua, a orillas del Sena, en una esquina detrás de Nôtre Dame. Para entonces ya lo habíamos perdido, recientemente, y esa fidelidad suya a orígenes que me fue dado compartir, esa inesperada presencia tan activa del árbol que más ama el agua me conmovió superando, con mucho, los alcances del concepto metáfora.
            Nacido en la pequeña Serodino, de inmigrantes sirios (a los que precisamente dedica “Un río sin orillas”), la llegada del niño Saer a la ciudad de Santa Fe se me hace como la de aquellos jóvenes protagonistas campesinos de Cesare Pavese (él mismo nacido en la casi aldea de Santo Stefano Belbo) que imaginaban rutilante a Turín. Pero la ciudad de Santa Fe está implantada en eso que llamamos Litoral, mucho más que región un mundo de aguas y aguas que se entrecruzan a orillas de las enormes “aguas varonas” del río Paraná, al que da la cara desde enfrente otra capital homónima, la de Entre Ríos. Pero todo ese mundo de aguas, de luz, de verdes, donde el sauce se inclina para mojar las hojas de sus largas ramas en la eterna corriente, constituye un universo de peculiares intensidades y fecundos matices, al cual sin duda alude, en absoluto retóricamente, el primer título de Saer: “En la zona”.
            No menos hijo de inmigrantes, nacido porteño pero ya desde niño orgánicamente compelido a conocer la mayor parte del país en que me habían hecho nacer, llegué a esos lares de la mano de otro santafesino, Paco Urondo, algo mayor que yo y con el cual compartíamos entonces una intensa amistad, y también la aventura de una singular revista de vanguardia: “poesía buenos aires”. Así me tocó conocer a Hugo Gola, a un casi niño y ya algo rezongón Juan José Saer y, cruzando en los lanchones el ancho lomo del Paraná, descubrir en su Paraná del otro lado al inefable Juan L. Ortiz, mucho más que el poeta de esas aguas, de esos ríos, la prueba viviente de aquello con que nos emocionaba Tristan Tzara: “hacer de la poesía una manera de vivir”.
El sauce entonces, bellamente emblemático, de tan tierna y discreta y límpida grandeza, bien podía encarnar como símbolo, como mito, sin duda a todo eso. Y permítanme recaer en la irremisible obviedad: “En el aura del sauce” bautizó nada menos que Juan L. Ortiz, a la primera edición de su poesía completa.
Aquel sucinto apunte de Saer, entonces, ese indicio de lo que para él significaba, de infancia a infancia, de lo que para su ser más profundo investía ese sauce que descubrió inclinando, o más bien derramando sobre el Sena su cabellera verde, me llevó a buscarlo, a buscarlos: a él y a ese prójimo árbol, durante el primer  viaje que me tocó hacer a París, con la irrefrenable ansiedad de imaginarme compartiendo todavía con él algo tan inefable como hondo. Y cuando lo encontré  exactamente donde dijo, detrás de Nôtre Dame, y lo descubrí tan alto y amplio y bello, con su verde cabellera bien hundida en el Sena, casi pierdo el avión porque no podía despegarme del bistró Esmeralda, que le está haciendo esquina, como si la sombra del querido Juani fuera a venir a encontrarme, caminando por la vereda de enfrente, hacia el sauce, junto a las rejas del jardín posterior que continúan el enorme paredón gris de Nôtre Dame, buscando aquella luz de infancia que nos dio, hasta a mí, porteño claro, el Litoral. ¿O es que el Mar Dulce, el río sin orillas, el Río de la Plata, no se hace mezclando al Paraná y al Uruguay? Donde los sauces brillan en su luz que canta.
           
            Pero esta historia como suele ocurrir no concluyó así. Uno o dos años después, otra vez en París, lo primero que se me ocurrió fue ir a reencontrarme con el sauce de Saer sobre el Sena. Llegué al bistró Esmeralda, miré hacia donde había estado, y sólo encontré el vacío. De inmediato sentí el dolor de una ardiente injusticia, de una infamia ultrajante. Al balbuceo entrecortado de mis preguntas, nadie supo responder con alguna exactitud. No sé entonces si el culpable fue la acostumbrada desidia municipal o la supuesta razón científica. Sólo sé que el ancho muñón liso como de guillotina donde había estado el bello árbol, que yo vi y fotografié pleno de vida, desbordante de vida, era enmarcado por el mismo cielo donde París había permitido erigirse al único rascacielos que, por ahora, ofende su perspectiva. Los dioses ciegan a los que quieren perder. Y la luz de ese sauce sólo intenta cantar ahora en ciertas líneas de poesía y en algunos testimonios fotográficos.
            Para consolarme, quizás, me dijeron que los sauces reviven, rebrotan, aún de esos muñones burdamente talados. Confiemos entonces, consolémonos, con otra luz, no menos inefable y no menos orgánica: la de la resiliencia. O que acaso, también, ¿por qué no?, hasta los burócratas replanten sauces jóvenes. Así sea.


* Poeta, traductor, ensayista.

16.11.14

Representarán al país

3 POETAS ARGENTINOS SELECCIONADOS POR LA FERIA DE GUADALAJARA 2014

Tres poetas argentinos, Diana Bellessi, María Negroni y Rodolfo Alonso han sido especialmente seleccionados por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2014 para representar al país en su renombrado “Salón de la Poesía”, de carácter exclusivo y alcance universal.
Cada uno de ellos realizará una sesión individual de presentación y lectura de sus poemas, previa introducción a cargo de otro escritor destacado.
Como se recordará, este año Argentina es el país invitado de honor a la Feria.

“El Salón de la Poesía fue creado por la FIL Guadalajara en 2008, con la finalidad de dar mayor realce a la poesía dentro de su programa literario. El público tiene la oportunidad de escuchar de voz de los propios autores una selección de sus poemas preferidos.

“Se trata de encuentros que buscan conectar al público con los escritores que dieron origen a textos inolvidables y que permiten conocer el matiz exacto de cada verso, esos imperceptibles giros del lenguaje que hacen la diferencia entre simples palabras y frases que cobran vida y quitan el aliento.”

La Academia Brasileña de Letras ENTREVISTA A RODOLFO ALONSO




por Marco Lucchesi




(Uno) Su amistad con Brasil es una de las páginas más expresivas de su biografía. ¿En ella se profundiza su ancestralidad ibérica, como si Brasil y Argentina reivindicasen un estrecho parentesco, no siempre declarado?    
         Como a todo lo largo de mi vida, las cosas simplemente me ocurren, nunca son fruto de un plan o de un proyecto. Yo me descubrí profundamente ligado con Brasil desde que tengo memoria, desde mis primeros años.
         La contagiosa personalidad y diversidad de la vida cultural y social del pueblo brasileño, la sensualidad expresiva de su lenguaje y de su música, me sedujeron pronto. De hecho, los primeros poetas que traduje fueron los grandes modernistas brasileños. Y a pesar de mi innata timidez trabé amistad con Carlos Drummond de Andrade y Murilo Mendes,  que me hicieron llegar sus libros y sus cartas. Y ese fue sólo el comienzo.
         Desde entonces hasta hoy, traduje y difundí la gran literatura brasileña en castellano. Y conocí Brasil, invitado a Bahía, Curitiba, Passo Fundo, Brasilia, Belo Horizonte, Ouro Prêto, Rio. Y experimenté, así. la maravillosa sensación de sentirme al fin inmerso en ese planeta vivo que es Brasil.
         Sólo mucho más tarde intuí a qué podía deberse acaso todo eso. De padres gallegos e infancia bilingüe, el primero de los míos nacido en Buenos Aires, si tuve algún don fue el de lenguas, el de oído. Nunca necesité aprender portugués. Quizá en mi sangre venían aquellos trovadores que cantaban en galaico-portugués mucho antes de que existieran las naciones.
         En 1984, tras la dictadura, me tocó asistir emocionado al primer encuentro de los presidentes Sarney y Alfonsín donde se cimentó el Mercosur, reuniendo a Argentina con Brasil. Tan sólidamente que son ahora motor de la Unasur, entre las nuevas democracias soberanas de nuestro continente, unidas como nunca y como nunca atentas cada una a su propia identidad, a su propio camino dentro del destino general, en su gran mayoría ampliando las libertades constitucionales y los derechos humanos con la inclusión popular y la justicia social. Me alegra mucho eso.





(Dos) ¿Como primer traductor de Fernando Pessoa en América Latina, ya daba muestras de cuál iba a ser su carta de navegación?
Deben haber sido, supongo, mis primeras traducciones de grandes poetas brasileños lo que hizo que, siendo tan joven, me pidieran seleccionar y traducir a Pessoa cuando aún era casi desconocido, incluso en Portugal. Ese mismo año me encargaron la poesía completa de Cesare Pavese. Y una novela de Marguerite Duras. Y al año siguiente una amplia antología de Ungaretti. Con sólo eso, de entrada, era evidente (aunque no lo supiera) que mi destino ya estaba fijado. Escribir, y también traducir poesía. Que muy probablemente es otra forma de escribirla, ¿no?.





(Tres) Otra marca de su trayectoria fue la revista de vanguardia “Poesía Buenos Aires”. ¿Más allá del gran papel desempeñaado por el grupo, qué  subsiste en su poesía? 
Como dije estas cosas me ocurrieron, jamás me las propuse. Introvertido y tímido, a mitad de la enseñanza secundaria, la noche antes de cumplir mis 17 años me descubrí convertido en el  más joven de la revista “Poesía Buenos Aires”. Fueron años fecundos y veloces, de entrega y crecimiento.
En un clima de humor, nada solemne, a lo largo de una década 30 números de una revista de vanguardia hecha por jóvenes unieron creación, traducción y reflexión alrededor de la poesía. Y se dijo que cambiaron la forma de vivir y escribir poesía, no sólo en la Argentina sino aún más allá.
Fraternidad y exigencia, fue lo que sentí me planteaban desde un inicio. Y es lo que siento me acompañó hasta aquí. Uno era admitido con absoluta libertad, entre bromas y risas, pero la poesía es una cosa seria.





(Cuatro) Su amistad con Aldo Pellegrini y todo un régimen de planos y desafíos estéticos que lo llevaría a los poetas franceses e italianos, ¿permanecen encendidos, como se puede ver en su libro “Defensa de la Poesía”?
         Al mismo tiempo que me integraba en “Poesía Buenos Aires”, fraternicé con los surrealistas. Entre ellos, Aldo Pellegrini, figura central, pionero del surrealismo fuera de Europa y en América Latina, fue muy generoso conmigo. Él me propuso, muy joven, seleccionar y traducir nada menos que a Pessoa y a Ungaretti.
         Pero el contacto, como experiencia viva, no apenas literaria, con los grandes de la poesía francesa (especialmente surrealistas) o italiana, junto con lo que bebía en lengua portuguesa, sobre todo en Brasil pero también en Portugal, surgían tanto de una como de otra fuente. Y muchas veces eran descubrimientos personales, que se compartían como una novedad alborozada.





(Cinco)  Cito al azar algunos poetas brasileños que tradujo: Manuel Bandeira, Dante Milano, Cecilia Meireles, Murilo Mendes, Alphonsus Schmidt, João Cabral, Drummond de Andrade. ¿Su taller de traducción, abierto en todos esos años, continúa activo para nuestra parte del mundo? 
También traduje a João Guimarães Rosa y a Mário de Andrade (tarea nada fácil). A Machado de Assis y Olavo Bilac. O a Anibal M. Machado. Y a Clarice Lispector o Vinicius. Y ese manantial no está cerrado. Todo lo contrario. Editorial Alción me publicó hace poco dos antologías: “Poesía escogida”, de Drummond, y “La poesía sopla donde quiere”, de Murilo, en las que cumplo un viejo sueño: reunir todo lo que traduje de cada uno. Pero Brasil no me abandona. No puede. Y yo tampoco puedo abandonarlo. De modo que seguiré incurriendo en traducción.





(Seis)  Me gustaría oírlo sobre Juan Gelman, su gran “compañero de viaje”, para usar la expresión cara a Alceu Amoroso Lima.
Juan Gelman, pocos años mayor que yo, me acercó su primer libro cuando ya me habían publicado un par de títulos. Al comienzo no fuimos tan asiduos, nuestras vidas no siempre se cruzaron. Todo cambió a partir de nuestro reencuentro, a medidos de 1994, en el caudaloso Festival Internacional de Poesía de Medellín.
Recuerdo que Juan me invitó casi secretamente a su hotel, donde me dedicó el bello “Dibaxu”, recién aparecido. A partir de allí, gracias a su desmedida generosidad, nos descubrimos muy unidos. Juan era un gran poeta, justamente celebrado, capaz de seguir jugándose en cada nuevo libro, sin decaer en retórica alguna de sí mismo. Y, algo tanto más extraordinario, absolutamente exento de cualquier vanidad y devoto servidor de la poesía (“La Señora”, como solía aludirla.) Y al mismo tiempo, no menos devoto servidor de la amistad, dueño de una amplia y fraternal acogida, de una cálida hospitalidad de brazos siempre abiertos.





(Siete) Su obra poética se constituye casi en un plano goetheano, atento a la filología de la “Weltliteratur”, en sintonía con las lenguas del mundo y de nuestro tiempo. ¿Cuáles serían sus próximos pasos?
No lo sé. Yo me dejo llevar. Siempre lo he hecho. Jamás hago proyectos. La poesía me ocurre, insisto. Y al mismo tiempo estoy siempre rodeado de trabajo. Reviso un nuevo libro con mis poemas de los últimos años: “A flor de labios”. Y trato de ordenar, para volúmenes colectivos, la totalidad de mis libros de poesía. (Me cuesta decir “poesía completa”. Me suena a oximoron.) Sólo se editó hasta ahora un volumen que reúne mis 6 primeros libros, de extrema juventud: “A favor del viento”.
Y espero que aparezcan, junto con libros propios, nuevas traducciones en Argentina, México, Venezuela, Cuba (Éluard, Pessoa y otros, Dino Campana, Mário de Andrade, Celan y otros poetas alemanes de posguerra, Jacques Prévert, Guimarães Rosa y otros). Dirijo una nueva colección, “La Gran Poesía”, para Eduvim (Editorial Universitaria Villa María). Siempre bilingües, ya salieron mis versiones de Baudelaire y Dino Campana, y preparan Guillaume Apollinaire. Por supuesto que irán poetas brasileños.
Tuve la suerte de ser editado, en Argentina y en más de una decena de países. Pero muy poco en la España posmoderna, nada en Portugal y sólo una vez en mi amado Brasil. Allí espera editor mi reciente: “Poemas pendientes”, con conmovedora introducción de mi viejo y querido amigo Lêdo Ivo, y espléndidamente traducido por Anderson Braga Horta.
Pero sólo debería dar las gracias. Busquemos primero ser dignos del don de la poesía, y todo lo demás nos será dado por añadidura..


Publicada originalmente en portugués en el nº 77 de la “Revista Brasileira”

 de la Academia Brasileña de Letras, Rio de Janeiro, diciembre de 2013, pgs. 9 a 13.

ACTIVIDADES RODOLFO ALONSO FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE GUADALAJARA 2014




Noviembre 30, de 12 a 13,20:
“Encrucijadas de la poesía argentina contemporánea”
Mesa redonda
Pabellón de Argentina

Noviembre 30, de 13,30 a 14,30:
Firma ejemplares de sus libros
Pabellón de Argentina

Noviembre 30, de 17,30 a 1830:
“Salón de la Poesía
Sesión individual, especialmente invitado por la FIL
Presenta: Vivian Lavín
Salón VIP de Tequila Herradura, planta alta

Diciembre 1, de 20 a 20,50:
“Traducción y traición: el dilema de la traducción en las grandes editoriales”
Mesa redonda
Salón C, Área Internacional


Estadía hasta Diciembre 3 inclusive

Borges se copia

Contratapa  |  Viernes, 7 de noviembre de 2014

Borges se copia

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Por Rodolfo Alonso *
Primero me pareció de no creer, casi imposible sólo atreverme a imaginarlo, y cerré y guardé el libro de inmediato, avergonzado de mí mismo. Pero fui y busqué el otro. Lo abrí. Era evidente. No podía creerlo.
Después, tan intrigado como para volver a cerciorarme, los fui a buscar de nuevo, juntos. Los hojeé. Y allí estaba, imposible negarlo. La frase, las palabras y los signos exactos que componían esa frase están allí, prácticamente idénticos. En ambos libros.
Me quedé confundido. En semejante autor eso no podía ser un ardid ni una minucia, ni mucho menos un simplísimo error. Eso a cualquiera iba a pasarle, pero no a El.
Presa de cierto pánico, me arrojé desconfiado pero ansioso a las aguas insondables de la memoria digital, para indagar en esos archivos confusos e infinitos alguna prueba, algún testimonio, algún otro. Algún otro que también se hubiera dado cuenta. Pero no, no había nada. Y tuve que aceptar lo ya evidente: una y otra frase son exactamente iguales.
Se me ocurrió buscar en la primera edición de sus obras completas, que conservo con su firma insegura, de ciego. Si había sido un desliz, allí podría haberlo subsanado. No fue así. Todo seguía igual. Y el hecho resultaba, pues, flagrante. Tan flagrante como impenetrable, en su enceguecedora nitidez.
Porque se trataba de Borges, ese escritor que ejerce el adjetivo como el torero su estocada final. Un escritor en cuya entera obra casi no se repite una palabra. Una obra que congenia exquisita modestia con la exigencia más altiva.
Pero aquí están las pruebas. Y tenía que ser en el justamente memorable cuento “El Sur”, que cierra a toda orquesta ese libro, Ficciones, donde empezó a consolidar su nombre. En la segunda parte que subtituló (precisamente) “Artificios” y fechó en 1944, puede leerse lo siguiente: “Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia”.
Es bello, es preciso, es justo, es tocante. Pero veamos.
No mucho tiempo después –nada menos que en El aleph, libro que como es sabido apareció originalmente en 1949, pero en uno de los cuatro cuentos que le agregó según su Posdata de 1952–, puede leerse en el relato “El hombre en el umbral”, esta otra frase que su personaje Pierre Ménard (¡quien crea el Quijote como por primera vez!) bien pudiera haber reclamado como suya, pero que mi flaca memoria insiste en reiterar del todo semejante a la primera: “Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia”.
¿Qué hacer frente a eso, frente a una cosa así? ¿Yo, descubrirlo en eso, a El? Y peor aún: ¿quién iba a creer que Borges se había copiado literalmente a sí mismo, que había repetido en dos cuentos de temas y asuntos diferentes, casi letra por letra, signo por signo, la misma frase similar? ¿Quién podía imaginar que El, nada menos que Borges, no había hecho de esa repetición una trampa para incautos sino que, directamente, o se le había escapado o tanto le gustó que fue a sabiendas?
Por si fuera poco, además de ese autocitarse, ¡repetirse!, en ambos cuentos también son similares, aunque no ya tan idénticas, las frases precedentes. Donde se cambia de situación y de contexto, pero el protagonista sigue siendo básicamente el mismo. Y hasta con idéntica, o casi idéntica función.
Dice en “El Sur”: “En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo”. Y dice en “El hombre en el umbral”: “A mis pies, inmóvil como una cosa, se acurrucaba en el umbral un hombre muy viejo”. Sólo que aquí intercala, antes de la frase que vimos reiterada en ambos casos, esto acaso imprescindible: “Diré cómo era, porque es parte esencial de la historia”. Lo cual agrava el hecho. O insisto, me parece, puede ser: también lo embebe de ironía.
Nunca sabremos con exactitud, del todo, a ciencia cierta, qué lo movió a El a esa jugada. Nunca sabremos si no se dio cuenta (cosa impensable, aterradora) o, como todo pareciera indicar, lo hizo adrede, a propósito. ¿Y entonces, Borges, estoy diciendo Borges, no tuvo otro remedio que recurrir a la reiteración porque sintió que era el momento justo para hacerlo, que precisamente esas palabras debían estar de nuevo allí?
¿O acaso fue el justo momento el que le demandó, a El, que era eso lo que debía insertarse en ese punto? ¿Lo que correspondía, ahí? ¿Se le puede haber escapado, a El, algo como eso? ¿Lo hizo ex profeso? ¿Quiso demostrarnos que lo de Pierre Ménard seguía siendo, como siempre lo fue, nunca una burla ni una zancadilla sino una demostración, una evidencia?
¡Maten a Borges!, dicen que les gritó Gombrowicz a sus escasos seguidores locales, cuando logró escapar, después de décadas, de su empantanamiento en Buenos Aires, proa a la Europa que iba también a consagrarlo.
¿Maten a Borges? Probablemente una metáfora, una alusión, un símbolo. De cualquier modo, estoy seguro, ni soy yo ni esta leve digresión quien va a lograrlo.
Pero se lee en “El Sur”: “En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia”.
Y al leer “El hombre en el umbral” ineludiblemente El también dice: “A mis pies, inmóvil como una cosa, se acurrucaba en el umbral un hombre muy viejo. Diré cómo era, porque es parte esencial de la historia. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia”.
El mismo caso de que ambos libros sean de escritura consecutiva en pocos años, de 1944 a 1952, primero uno, después el otro, no resuelve el asunto. Es más, lo agrava. Si la reiteración se hizo a propósito, el mismo hecho de ubicarla en su obra inmediata ostenta la honestidad de ofrecernos una pista, demostraría la inocencia con que lo hizo.
Pero también nos deja, al hacerlo, lo nunca imaginado: que El no llegó a darse cuenta. Que no lo percibió, cosa inaudita. ¿Y no se dio cuenta, si así fue, a lo largo de toda su vida? ¿Y en cada reedición de dichos libros? ¿Y en sus obras completas? ¿Reeditadas una y otra vez? No, si lo hizo, lo hizo a sabiendas. Y si no se dio cuenta, peor aún.
¿Matar a Borges? Díganle a Pierre Ménard.
* Poeta, traductor, ensayista.