30.10.16

RODOLFO ALONSO LEE SUS POEMAS


(Comunicado de prensa / Agradecemos su difusión:)






RODOLFO ALONSO LEE SUS POEMAS


Invitado a cerrar el ciclo “El escritor como trabajador” de 2016, el poeta, traductor y ensayista Rodolfo Alonso se presentará el jueves 10 de noviembre, a las 19 horas, en el salón de la Organización de Estados Iberoamericanos, Paraguay 1514, CABA.
Después de una entrevista previa de Ricardo Rojas Ayrala, el autor leerá una selección panorámica de su poesía.
La entrada es libre.


NUEVO LIBRO EN FRANCÉS DE RODOLFO ALONSO

La prestigiosa editorial francesa Érès acaba de publicar, en su exigente colección Po&psy, un nuevo libro de poemas de Rodolfo Alonso: “Entre les dents”, con traducción del poeta Jacques Ancet y dibujos originales de la artista Sylvie Deparis.
    Se trata de “Entre dientes” (1963), un libro de juventud del autor, reeditado en Chile (Pequeño Dios, 2011) y Argentina (Alción, 2014). Sobre el cual escribió H. A. Murena (1965): “El título es en sí la acertada definición de una estética. Entre dientes no se pueden decir más que pocas palabras: los dientes son un filtro que a la vez que impide la cuestionable fluidez del discurso habitual brinda en vocablos contados –-cuyo poder expresivo se multiplica proporcionalmente a la disminución de su número--- la esencia del discurso.”
    “Entre les dents” es el quinto libro del autor publicado en Francia, donde a mediados de 2015 aparecieron simultáneamente “L´art de se taire” (Reflet de Lettres), traducción bilingüe de “El arte de callar” /2003), y la antología también bilingüe “Dernière tango à Rosario” (Al Manar), patrocinada por el célebre Festival de Sète, la ciudad mediterránea donde nacieron Valéry y Brassens.

EUGENIO MONTALE



Eugenio Montale
UNA LECCIÓN DE MORAL
Por Rodolfo Alonso 

*El 12 de octubre se cumplen ciento veinte años del nacimientode un gran poeta europeo: Eugenio Montale (1896-1981). Aunqueresulte hoy difícil concebirlo, a comienzos del siglo XX el lirismoitaliano vivió un periodo fundacional. De tal calibre que fue conocidocomo “la grande stagione poetica”, donde sólo parecían erguirse lasdos cumbres aisladas del (mal llamado) “hermetismo”: nada menosque   Giuseppe   Ungaretti   (1888-1970)   y   el   único   que   mereceaproximársele: Eugenio Montale.El nivel de exigencia que esta poesía se hizo a sí misma, en loestético   y   ético   indisolublemente   unidos,   se   intentó   devaluaraludiéndola   como   impenetrable   o   sellada.   Pero   esa   experiencialírica fue casi de inmediato valorada y comprendida, tuvo amplísimoeco, se incorporó a la cultura viva no sólo de su país sino tambiénde Europa o más allá.En esa línea intensa y evidente, densa y enriquecedora, estáEugenio   Montale,   una   voz   absolutamente   original:   “Felicidadlograda, se camina / por ti en filo de espada. / Al ojo eres vislumbreque vacila, / para el pie, tenso hielo que se raja; / y no te toqueentonces   quien   más   te   ama.”   Hombre   de   pocas   y   fecundaspalabras,   que   sin   apuro   se   despliegan   en   sus   tres   primeros   yhondos libros (“Huesos de jibia”, “Las ocasiones”, “La tormenta ydemás”), el Premio Nobel de Literatura en 1975 vino a coronar, almenos esta vez, una obra y una vida absolutamente despojadas devanagloria y exhibicionismo. Cuidadosamente atento a su materia y a su canto, en unademostración de infinito pudor y de casi inefable artesanía, el lirismode Montale dejó anidado en la cultura occidental, con esos tresprimeros libros  indelebles, un  fermento no  por  silencioso  menoseficaz, una auténtica lección de moral. Que no se aquieta y que nocesa.El adjetivo “hermético” no deja de arrastrar diferentes y hastacontrapuestas perspectivas. Una de las cuales podría ser (aunquesuperficialmente,   claro)   el   supuesto   desinterés   cuando   no   laindiferencia  por   su  sociedad   y  sus   semejantes.   Pero   ese   matiz
injusto mal podría caber a Montale. No sólo estampó su firma enaquel legendario manifiesto antifascista de 1925, encabezado porBenedetto   Croce.   Sino   que,   habiendo   sido   designado   en   1929director de una célebre y respetada institución científico-literaria, elGabinetto Vieusseux, diez años después el régimen fascista lo dejócesante al no aceptar ser afiliado.Contemporáneo ilustre de Ungaretti, aunque algo más jovenMontale   no   vaciló   en   afirmar:   “Él   solo,   en   su   tiempo,   logróaprovechar   la   libertad   que   ya   estaba   en   el   aire,   los   otros   nosupieron   qué   hacer   con   ella,   y   cambiaron   de   oficio   o   gimieronincomprendidos...”.  No es casual, entonces, que Eugenio Montalehaya sido de los primeros en advertir las otras dos altas cumbres,decididamente   individuales,   de   aquel   gran   momento   lírico:   “lanaturaleza más personal y más oscura del mensaje bárbaro de DinoCampana” (1885-1932), un auténtico “poeta maldito”, y la escondidaintensidad melancólica y cotidiana de Umberto Saba (1883-1957).El mismo Saba, de madre judía, que sólo abandonó su Triestenatal  durante aquel período, siniestro, en que se vio  obligado arefugiarse   en   Florencia,   donde   cambió   hasta   once   veces   dedomicilio, escapando de las inicuas leyes antisemitas del fascismo(y donde la figura de Ungaretti se ilumina por haberlo ocultado en sucasa), siempre bajo el temor de ser deportado a la Alemania nazi. Apesar del peligro, Montale lo visitaba casi a diario. Y no sólo eso: loalbergó   en   su   hogar   de   Roma,   así   como   a   otro   gran   escritorperseguido por el racismo, Carlo Levi. Como lo hacían por entonces otras dos figuras significativas:el piamontés Cesare Pavese (1908-1950) y el siciliano Elio Vittorini(1908-1966),   en   implícita   oposición   al   régimen,   que   prohibió   laantología “Americana” del segundo, Montale traduce entonces nosólo  a Cervantes  o  Marlowe,  sino  también  a grandes  escritoresnorteamericanos   como   Herman   Melville,   Mark   Twain,   WilliamFaulkner.En las Notas con que cierra su tercer libro, “La tormenta ydemás”, Montale dice textualmente sobre uno de sus poemas paramí   más   tocantes   pero   cuya   potencia,   no   obstante,   suele   serdesapercibida:   “La   primavera   hitleriana.   Hitler   y   Mussolini   enFlorencia. Velada de gala en el teatro Comunal. Sobre el Arno, unanevada de mariposas blancas.” En cuyo largo texto, acaso nadaherméticamente,  dice:   “Hace   poco   surcó   la   avenida  volando   unenviado   infernal   /   entre   un   ulular   de   sicarios,   un   golfo   místicoencendido / y empavesado de cruces gamadas lo unció y  lo tragó, /se   cerraron   vidrieras,   pobres   /   e   inofensivas   aunque   tambiénarmadas / de cañones y juguetes de guerra…”
Fue durante la segunda de las tres visitas que Hitler hizo aMussolini,   del   3   al   10   de   mayo   de   1938.   Quizás   recién   ahoraalcanzo a comprender cabalmente por qué, hace muchos años, enuna revista belga, desde el título de un sutil ensayo ya entonces loaludían así: “Una moral de la poesía italiana, Eugenio Montale”.* Poeta, traductor, ensayista.





Martes, 11 de octubre de 2016
Opinión

Eugenio Montale, una lección de moral

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Por Rodolfo Alonso *
El 12 de octubre se cumplirán ciento veinte años del nacimiento de un gran poeta europeo: Eugenio Montale (1896-1981). Aunque resulte hoy difícil concebirlo, a comienzos del siglo XX el lirismo italiano vivió un período fundacional. De tal calibre que fue conocido como “la grande stagione poetica”, donde sólo parecían erguirse las dos cumbres aisladas del (mal llamado) “hermetismo”: nada menos que Giuseppe Ungaretti (1888-1970) y el único que merece aproximársele: Eugenio Montale.
El nivel de exigencia que esta poesía se hizo a sí misma, en lo estético y ético indisolublemente unidos, se intentó devaluar aludiéndola como impenetrable o sellada. Pero esa experiencia lírica fue casi de inmediato valorada y comprendida, tuvo amplísimo eco, se incorporó a la cultura viva no sólo de su país sino también de Europa o más allá.
En esa línea intensa y evidente, densa y enriquecedora, está Eugenio Montale, una voz absolutamente original: “Felicidad lograda, se camina / por ti en filo de espada. / Al ojo eres vislumbre que vacila, / para el pie, tenso hielo que se raja; / y no te toque entonces quien más te ama.” Hombre de pocas y fecundas palabras, que sin apuro se despliegan en sus tres primeros y hondos libros (Huesos de jibia, Las ocasiones, La tormenta y demás), el Premio Nobel de Literatura en 1975 vino a coronar, al menos esta vez, una obra y una vida absolutamente despojadas de vanagloria y exhibicionismo.
Cuidadosamente atento a su materia y a su canto, en una demostración de infinito pudor y de casi inefable artesanía, el lirismo de Montale dejó anidado en la cultura occidental, con esos tres primeros libros indelebles, un fermento no por silencioso menos eficaz, una auténtica lección de moral. Que no se aquieta y que no cesa.
El adjetivo “hermético” no deja de arrastrar diferentes y hasta contrapuestas perspectivas. Una de las cuales podría ser (aunque superficialmente, claro) el supuesto desinterés cuando no la indiferencia por su sociedad y sus semejantes. Pero ese matiz injusto mal podría caber a Montale. No sólo estampó su firma en aquel legendario manifiesto antifascista de 1925, encabezado por Benedetto Croce. Sino que, habiendo sido designado en 1929 director de una célebre y respetada institución científico-literaria, el Gabinetto Vieusseux, diez años después el régimen fascista lo dejó cesante al no aceptar ser afiliado.
Contemporáneo ilustre de Ungaretti, aunque algo más joven Montale no vaciló en afirmar: “El solo, en su tiempo, logró aprovechar la libertad que ya estaba en el aire, los otros no supieron qué hacer con ella, y cambiaron de oficio o gimieron incomprendidos...”. No es casual, entonces, que Eugenio Montale haya sido de los primeros en advertir las otras dos altas cumbres, decididamente individuales, de aquel gran momento lírico: “la naturaleza más personal y más oscura del mensaje bárbaro de Dino Campana” (1885-1932), un auténtico “poeta maldito”, y la escondida intensidad melancólica y cotidiana de Umberto Saba (1883-1957).
El mismo Saba, de madre judía, que sólo abandonó su Trieste natal durante aquel período, siniestro, en que se vio obligado a refugiarse en Florencia, donde cambió hasta once veces de domicilio, escapando de las inicuas leyes antisemitas del fascismo (y donde la figura de Ungaretti se ilumina por haberlo ocultado en su casa), siempre bajo el temor de ser deportado a la Alemania nazi. A pesar del peligro, Montale lo visitaba casi a diario. Y no sólo eso: lo albergó en su hogar de Roma, así como a otro gran escritor perseguido por el racismo, Carlo Levi.
Como lo hacían por entonces otras dos figuras significativas: el piamontés Cesare Pavese (1908-1950) y el siciliano Elio Vittorini (1908-1966), en implícita oposición al régimen, que prohibió la antología Americana del segundo, Montale traduce entonces no sólo a Cervantes o Marlowe, sino también a grandes escritores norteamericanos como Herman Melville, Mark Twain, William Faulkner. En las Notas con que cierra su tercer libro, La tormenta y demás, Montale dice textualmente sobre uno de sus poemas para mí más tocantes pero cuya potencia, no obstante, suele ser desapercibida: “La primavera hitleriana. Hitler y Mussolini en Florencia. Velada de gala en el teatro Comunal. Sobre el Arno, una nevada de mariposas blancas.” En cuyo largo texto, acaso nada herméticamente, dice: “Hace poco surcó la avenida volando un enviado infernal / entre un ulular de sicarios, un golfo místico encendido / y empavesado de cruces gamadas lo unció y lo tragó, / se cerraron vidrieras, pobres / e inofensivas aunque también armadas / de cañones y juguetes de guerra…”
Fue durante la segunda de las tres visitas que Hitler hizo a Mussolini, del 3 al 10 de mayo de 1938. Quizá recién ahora alcanzo a comprender cabalmente por qué, hace muchos años, en una revista belga, desde el título de un sutil ensayo ya entonces lo aludían así: “Una moral de la poesía italiana, Eugenio Montale”.
* Poeta, traductor, ensayista.
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RODOLFO ALONSO Y BEA LUNAZZI PRESENTAN "COMO SOMBRA ENCENDIDA" DE CARLOS FLOOD.


Fue en la librería "Notanpuan" de San Isidro, el 28 de septiembre de 2016.




22.9.16



Contratapa  |  Miércoles, 21 de septiembre de 2016
Robert Capa, fotógrafo de guerra

Por Rodolfo Alonso *



Hoy es imposible imaginarlo. Durante largo tiempo los diarios fueron interminables columnas de texto, y sólo mucho después osaron incluir caricaturas y dibujos. Pero nada fue igual después de la inolvidable cámara Leica de 35 mm. Distribuida hacia 1925, la Leica simplificaba y aceleraba la carga o descarga de películas, permitía intercambiar lentes, su menor tamaño acentuaba al máximo la movilidad del fotógrafo, y el flash modernizado dejó trabajar sin luz. Además, el cable submarino permitió a las fotos “viajar” tan rápido como las notas periodísticas. Y todo ayudó a gestar un nuevo periodismo, con la foto en rol cada vez más predominante. Que cobró escala mundial con un gran acontecimiento político-social: la guerra civil española (1936-1939), a la que hizo legendaria la espontánea resistencia popular contra el fascismo.
Las desgarradoras imágenes de esa lucha ejemplar, fueron prácticamente las primeras fotos que publicó el periodismo, con inusitada conmoción. Y allí comenzó a destacarse quien sería el mejor fotógrafo de guerra: Robert Capa. Que en veinte años fotografió cinco grandes contiendas, siempre desde el frente de combate. Y cuya vida es tan apasionante como sus obras. Su verdadero nombre era Ernö o Ernest Andrei Friedmann, de una rica familia judía de Budapest, donde nació en 1913. La crisis de 1929 obligó a convertir su hogar en taller. Vagando por las calles conoció a una joven: Eva Besnyo, fanática de la fotografía. Ella le contagió para siempre esa pasión.
A los diecisiete, otro encuentro clave: Lajos Kassak, poeta y pintor constructivista de ideas socialistas, que lo introduce en arte y en política. Pero el fascismo copa Hungría, y a un judío progresista sólo le quedó el exilio. Llega a Alemania, donde la situación no cesa de empeorarse, para recalar al fin en París, entonces la capital artística del mundo. Allí un colega, David Seymour, le consigue el primer trabajo: cronista fotográfico.
Ya lo acompaña Gerda Taro, fotógrafa alemana de origen polaco, que sería su pareja de 1932 a 1936. Juntos exponen en París sin suerte, y juntos crean un personaje inexistente: el norteamericano y excéntrico Robert Capa, merced al cual consiguen éxito, incluso económico. Desde entonces, ese será su nombre.
Pero su bautismo real como fotógrafo comienza a partir del 18 de julio de 1936, tomando partido por la República española asediada por el alzamiento militar franquista, al desatarse la guerra civil. Allí permanecerá, junto con Gerda, desde los primeros combates hasta la derrota final, tan dolorosa como injusta.
Las fotos de Robert Capa sobre esa guerra mitológica, son vívidamente originales. Su enfoque y su proximidad directa con los hechos le permiten captar rostros, gestos, acciones y hasta sentimientos, momentos que vuelven significativos la intensidad de su mirada y su profundo humanismo. Esas primeras fotos tan tocantes de una guerra que no sólo afectó a España sino al mundo entero, dividido en dos bandos, tuvieron inmediata e inmensa resonancia.
Y especialmente una de ellas, publicada por “Life”, llegó a ser junto con el “Guernica” de Picasso uno de los íconos de aquella lucha. Esa foto memorable convierte en viva realidad el instante justo en que un humilde miliciano de alpargatas y cartuchera al pecho, alcanzado por una bala fascista, comienza a caer junto con el fusil que esta soltando. Mucho después se supo: fue tomada en los combates de Cerro Muriano, durante septiembre de 1936, y en su pueblo de Alcoy identificaron al protagonista, Federico Borrell García, militante anarquista.
Y la tragedia alcanza a Gerda, que en julio de 1937, en plena retirada de la batalla de Brunete, mientras viaja sobre el estribo de un auto, fue despedida en el curso de una brusca maniobra para esquivar un tanque, que terminó aplastándola.
Esas fotos dieron la vuelta al mundo, concretando un nuevo periodismo y consagrando a un fotógrafo excepcional. Radicado en Estados Unidos, entre 1941 y 1945 fue corresponsal de “Life” en la segunda guerra mundial. Donde reiterará reportajes históricos, como el desembarco de las tropas aliadas en Normandía, el famoso día-D, 6 de junio de 1944, donde Robert Capa volvió a estar en primera fila.
En 1946 se hace ciudadano estadounidense. Y al año siguiente funda la prestigiosa Magnum Photo, primera y más que célebre agencia cooperativa mundial de fotógrafos independientes, como su viejo amigo David Seymour o el gran maestro Henri Cartier-Bresson quien, escapado de un campo de concentración nazi, pudo llegar a tiempo para fotografiar la liberación de París.
Visitando Japón, en 1954 vuelve a ser enviado por “Life” a la primera guerra de Vietnam. El 25 de mayo, cruzando una selva frondosa con un destacamento francés muere en su ley, destrozado por una mina. Ironía del azar: inicia su vida con simpatías revolucionarias, y concluye acompañando una guerra imperialista. Volviendo visionarias estas palabras suyas: “Si tus fotos no son lo suficientemente buenas, es que no estabas lo bastante cerca.”
Pero las conmovedoras fotos de Robert Capa en la guerra civil española siguen cimentando su prestigio. Lo probó la repercusión que tuvo, en 2008, el hallazgo en México de una valija perdida con innumerables e invaluables negativos de aquellos días de dolor y de gloria.
Vigencia ya evidente en 2001, cuando desde la tapa de un exitoso libro de Javier Cercas: “Soldados de Salamina”, ligado a fondo con la guerra civil, volvió a correr el mundo otra foto indeleble de Robert Capa. Es el rostro de un hombre, tenso, firme. Con barba crecida, una nariz tan decidida como la luz inolvidable de su mirada, unos labios cerrados que delatan un carácter tenaz y convencido. La mano derecha se acerca a la frente como en saludo militar, pero con puño cerrado. Lleva un pañuelo suelto al cuello, y unas ropas tan usadas por la vida como el rostro mismo.
Es una de las muchas fotos que tomó Robert Capa durante la emocionante ceremonia de despedida en Barcelona, el 25 de octubre de 1938, a los voluntarios de las Brigadas Internaciones, que desde todo el mundo acudieron a pelear contra el fascismo.
¿Qué vuelve arte a esa faz áspera y ruda, a ese carácter resuelto, a esa firme voluntad de no cejar, ya desnuda en los ojos? Probablemente la evidencia de lo que puede la fotografía en su propio lenguaje: revelar, promovernos una revelación. Algo que surge en toda la obra de Robert Capa, pero que en esta foto en especial se nos hace patente: la vivencia de la verdad, la autenticidad absoluta de un ser, de un rostro humano.
Todas las fotos de Robert Capa fueron en blanco y negro, como si acentuara su radical diferencia con Hollywood.
* Poeta, traductor, ensayista.
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