26.1.15

La luz y las cenizas



Domingo, 18 de enero de 2015
La luz y las cenizas


Por Jacques Ancet
El final del año 2013 y el comienzo del 2014 fueron para mí muy sombríos. La enfermedad o los decesos sucesivos de personas muy allegadas me afectaron profundamente y como reacción a las sombras de la desgracia, se me impuso una sucesión de textos breves, pequeños ejercicios de palabras, como para respirar mejor. Muy pronto surgió el título, La luz y las cenizas, que manifiestamente se refería –claridad y tinieblas– a las contradicciones de la vida. En esos momentos, el 14 de enero de 2014 me llegaba la noticia de la muerte de Juan Gelman, al que sabía muy enfermo. Novedad tanto más conmocionante porque acababa de recibir de él, algunas horas antes, en respuesta al mail que yo le había enviado, un mensaje conmovedor, el último que debió de escribirme.
En ese torbellino de ausencias, la de Juan jugó un rol de catalizador: su gran figura empezó a emerger de toda esa oscuridad, al mismo tiempo que frases, fragmentos de versos, daban a algunas estrofas ya escritas un sentido y una tonalidad que iban a desembocar en esta “milonga”. Poco a poco el poema se convirtió en un dúo de voces –la mía atravesada por la de Juan– a las que vino a reunirse muy pronto la del gran poeta y traductor Rodolfo Alonso, también amigo de Juan, a quien, ante el dolor por la pérdida y para compartir el sentimiento, le había enviado una primera versión del poema que inmediatamente me propuso traducir.
¿Había manera de ser más fiel a la voz de Juan que en este trabajo polifónico –este concierto de voces– que siempre habitó su poesía? Poesía a la que el amor, la ternura y la amistad han dado la incomparable profundidad humana que es la suya.
Traducción de S. C.
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22.1.15

Don Quijote no se toca

Contratapa  |  Jueves, 22 de enero de 2015

Don Quijote no se toca

Por Rodolfo Alonso *
De veras, es el colmo. El colmo de la insensatez y del doble sentido. Y es también, al mismo tiempo, una clarísima evidencia. Una evidencia flagrante.
Que la autoerigida Real Academia de la Lengua, a quien nunca votó nadie y que osó acuñar para su lema aquello de “limpia, fija y da esplendor”, haya decidido encomendar a uno de sus miembros, novelista de aventuras, una poda ortopédica de la obra magna del idioma, nada menos que el Quijote, con el supuesto objetivo de conseguir que los reacios educandos y los escasos lectores, atosigados por la suprema banalidad de las pantallas, se animen así a abrir sus páginas, no tiene desperdicio.
¡Qué sátira sutilmente despiadada no arrancaría esta noticia al más que agudo madrileño Larra! ¡Qué nueva veta para el Ubú de Alfred Jarry, gema del humor negro! ¡Qué aguafuerte vitriólico no despertaría en nuestro nada complaciente Roberto Arlt!
Cada escritor galardonado con el Premio Cervantes se veía, hasta hoy, sutilmente obligado a intentar una enésima canonización del paradigma de la lengua: Don Quijote de la Mancha. ¿Cómo podrán encarar desafío semejante a partir de ahora? Es decir, ¿cómo intentarlo sin sentir que la cara se les afloja de vergüenza?
Porque lo que viene a reconocer paladinamente, a sabiendas o no, semejante desatino, lo que viene a poner de manifiesto no es que el texto del Quijote haya cambiado, sino que lo que ha cambiado es el contexto en que nos ha hundido hasta el fondo la sociedad globalizada de consumo, la tecnolátrica sociedad del espectáculo, única responsable de que resulte arduo, yermo, dificultoso el acceso a las alegres y luminosas páginas de un libro, ejemplar si los hay, que no consiguió sus primeras glorias ni en academias ni en salones, sino entre sus dignos contemporáneos iletrados del pueblo llano que, formando un círculo expectante en ventas y mesones de La Mancha, se deleitaban una y otra vez oyéndolo leer en alta voz a un parroquiano letrado.
(No olvidemos, al pasar, que algo muy semejante ocurrió entre nosotros con las ya celebradas ediciones iniciales del Martín Fierro, hoy esquivo al parecer para nuestros estudiantes pero que, recién nacido, desde lejanas pulperías de la pampa reunió en coro subyugado a tantos paisanos no alfabetos, que lo bebían con placer oyéndolo, una y otra vez, de los labios de algún gaucho lector.)
Y pensar que, en mi temprana adolescencia, nos sonreíamos sobradores de aquellas Selecciones del Reader’s Digest, por otro lado exitosa versión local de ese engendro primario de la cultura de masas norteamericana, con material tan predigerido que cada número culminaba con la versión, fieramente abreviada, de un best-seller. Y con tal repercusión que llegó a procrear, entonces, una similar aunque antónima Selecciones Soviéticas.
Pues “hoy la censura es el mercado”, como dijo hace ya tiempo George Steiner, uno de los últimos grandes humanistas europeos. Y por si no fuera suficiente, en una entrevista de Le Nouvel Observateur poco antes de morir, en 1998, reiteró el mexicano Octavio Paz: “Tocqueville vio eso bien. Habla de una vulgarización de la vida democrática y hasta de una incompatibilidad entre la poesía y la democracia moderna. La cuestión subsiste. Se habló del desastre del autoritarismo, sería preciso hablar del desastre del capitalismo liberal y democrático, en el dominio del pensamiento como en el de la vida cotidiana; la idolatría del dinero, el mercado transformado en valor único que expulsa a todos los otros”.
Realmente, no hay palabras. ¿Quién saldrá a respaldar, ahora, al ingenuo, infinito, sensato y único Don Quijote? Pues ningún otro que él mismo. Porque en el memorable capítulo sexto donde se trata del meticuloso escrutinio que, de la biblioteca del protagonista, hacen dos amigos de su aldea, sin duda un maravilloso ejemplo de la más acerada e ingeniosa crítica literaria, Cervantes pone en boca del cura entre inquisidor y adicto estas agudas conclusiones: “y lo mesmo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento”.
Tras de lo cual sólo me restaría agregar, no sin satisfacción y acaso en el aire de Sancho: si al mismísimo Cervantes le resultaba imposible imaginar que se pudiera traducir siquiera un gran poema de una lengua a otra, ¿cómo podría atreverse hoy Academia alguna a desmentirlo, no ya traduciendo sino tronchando, en la carne palpitante de su texto, a su creación?
Porque una gran obra literaria, un verdadero libro, cuando se logra es un ser soberano y autónomo de lenguaje vivo, orgánico, con su estructura, aliento, respiración, densidad, tono, timbre, ritmo. Y, por lo tanto, intocable, inalterable. Sagrado. Como toda vida.
* Poeta, traductor, ensayista.
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18.1.15



Domingo, 18 de enero de 2015
MILONGA PARA JUAN GELMAN


Los poemas dedicados a Juan Gelman por Jacques Ancet, su traductor al francés, fueron escritos entre el 13 y el 30 de enero de 2014, inequívocamente ligados al impacto por la noticia de su muerte, de la que acaba de cumplirse el primer aniversario. Publicado recientemente por Alción, Las cenizas y la luz –y publicado también en París por Caractères, bajo el título de La lumière et les cendres– cuenta con traducción y prólogo de Rodolfo Alonso. Todas formas de un duelo que a partir de una amistad de voces, no excluyen la felicidad del trabajo con la palabra, la rigurosidad, la alegría y la convocatoria de la luz.

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Por Susana Cella
La primera noticia que Jacques Ancet –poeta, ensayista y traductor francés nacido en Lyon– tuvo de la poesía de Juan Gelman fue en los años setenta mediante las grabaciones del Cuarteto Cedrón. En la década siguiente, el poeta español José Angel Valente, que figura en la lista de quienes fueron sucesivamente traducidos por Ancet (no sólo autores del siglo XX y contemporáneos como Vicente Aleixandre, Jorge Luis Borges, Luis Cernuda, Antonio Gamoneda, Ramón Gómez de la Serna, Roberto Juarroz, Alejandra Pizarnik, Xavier Villaurrutia, María Zambrano; sino también clásicos del Siglo de Oro: San Juan de la Cruz, Quevedo, Góngora), le dio a leer Citas y comentarios. El libro deslumbró a Ancet tanto por las referencias a los místicos españoles (interés y admiración que compartía con Gelman y Valente) como por todo lo que allí había en cuanto al diestro manejo de la lengua castellana en diversas vertientes –idioma en formación, lengua barroca, habla rioplatense– configurando esa expresión poética que indagaba en los meandros de historia del idioma en busca de la palabra sustraída y silenciada para convertirla en asilo y reconocimiento, en el lugar del antiexilio rescatando todas las voces, y entre ellas, como el propio Gelman dijo, las zonas exiliadas del idioma.
Pudo ver Ancet de qué modo Gelman recuperaba e integraba a su propia escritura desde lo que aparece como el nacimiento de nuestra lengua castellana –lo que se vería luego profundamente marcado en Dibaxu– y devenir, en esas voces múltiples que atestiguan el espesor temporal de las palabras y sus tránsitos espaciales, en un movimiento que va contra el olvido, resucitando sentidos. Ancet recurre para definir estos procedimientos a una expresión de José Lezama Lima, “poesía para la resurrección”.
Citas y comentarios fue para Ancet “una poesía de una intensidad impresionante y, sobre todo, un trabajo de referencias a los místicos de los cuales me ocupaba al mismo tiempo que traducía a Valente, quien recoge también esa herencia”. Una genealogía que no le era desconocida a Ancet dada su especialización en el castellano como lector y profesor en la Universidad de Sevilla. A lo que cabe agregar que, además de su empeñada tarea de traductor es autor de numerosos libros de poesía, narrativa y ensayo, que fue publicando sin solución de continuidad desde los años setenta a la actualidad.
Poco antes de la oportunidad de encarar Citas y Comentarios, Ancet había estado trabajando en la traducción de San Juan de la Cruz, y según su experiencia, el pasaje de un poeta al otro –de San Juan a Juan Gelman– o, en sus palabras, “del místico revolucionario” al “revolucionario místico” se dio “naturalmente”, como declara para señalar una suerte de nexo que reafirma la propuesta planteada por Gelman respecto de los poetas que incluye en sus Citas, o sea, el establecimiento de un diálogo posible, de una continuidad marcada por la palabra y la experiencia vital. Pero, además, Ancet va a evidenciar una común sensibilidad que lo acerca a Gelman: sus definidas posturas respecto de la violencia dictatorial. Así, puede reconocer que “para todo el sufrimiento y la violencia que son el telón de fondo de este libro y de otros de Juan Gelman, yo estaba, en cierto modo, preparado para experimentarlo íntimamente, porque acababa de escribir entre los años ’80 y ’82 un libro terrible, El silencio de los perros, hoy reeditado con un largo prólogo, inspirado directamente en los testimonios de torturas padecidas durante la dictadura argentina”.
MATERIAL SENSIBLE

Al promediar los ochenta, en una lectura de poesía compartida en el Palais de Chaillot, finalmente Ancet pudo encontrarse personalmente con Gelman y le preguntó si aceptaría que tradujese Citas y comentarios al francés. Luego de algunos inconvenientes (supuestamente ya había otro traductor), el pedido fue aceptado y sorteando demoras de edición, se concretó el proyecto en la década siguiente, y con no poca intervención de Ancet respecto del título más apropiado en la versión francesa, apareció como L’ opération d’amour. Para Ancet, “operación de amor” fue la imagen capaz de condensar todo lo que Gelman había puesto allí, su posibilidad de convertir –sin menoscabar ni diluir– el dolor en la ternura que impregna todo el libro, como afirma Ancet cuando ve una “verdadera transmutación en el sentido alquímico del término, desde las tinieblas a la luz, del horror al amor”. No poca huella quedaría para el poeta francés de esa contraposición, como iba a mostrar luego en su libro de luz y ceniza.
Si Citas y comentarios no habría sido el mejor título para el público francés, Ancet hizo surgir el suyo a partir de uno de los poemas de Gelman, la cita XXIX (Santa Teresa): “Amor particular muy tierno que // agranda la alma no cobarde/ como // desolación de vos/ fiebre de vos // silencio de vos lleno de tus voces // aprietamiento mío que va a dar // a alma llena de sol/ como después // de tempestades que callaron/ niños // que desollaron su penar/ o penas // que perdieron su nombre por desear // sabrosísimamente heridas de // tu operación de amor/ fuego encendido // como dolor ya no dolor”. Vale aclarar que las barras dobles indican el final de los versos mientras que las otras, a las que muchas veces recurrió Gelman, marcan precisos cortes en la sucesión de las palabras, estableciendo un ritmo, pausas y tonos que destacan la herida, la no juntura, lo lacerado, al tiempo que sostienen el esfuerzo por sostener el impulso a seguir nombrando.
La “amistad de voces”, según Ancet, quien así tituló uno de sus ensayos sobre poesía, continuó a partir de allí y se expandió en las traducciones de Hacia el Sur y Carta Abierta. Además de encuentros personales, como en ocasión del reportaje compartido en 2012 en Radio France Culture, según atestiguó el mismo Ancet, no fueron pocos los intercambios de correos electrónicos, muchos de ellos relativos a consultas y dudas del traductor frente a esos textos de los cuales, en su extremada pericia, Ancet fue capaz de enumerar, en lo que tuvo que afrontar como traductor, rasgos que hacen a la compleja escritura de Gelman: sus citas explícitas o no, el uso de las barras en el interior de los versos, las expresiones coloquiales, las derivas de palabras, los neologismos, las múltiples referencias al ámbito e idioma porteños. En definitiva, todo aquello que hace al estilo inconfundible de una de las figuras centrales de la poesía castellana.
Cuando aconteció la muerte de Gelman, además de una sucesión de notas que iban desde evocar al poeta en los diversos momentos de su trayectoria, de testimonios y memorias, hubo también una serie de homenajes viabilizados en poemas por parte de quienes fueron interlocutores más o menos directos, como por quienes a partir de la lectura de su obra, no dejaron de testimoniar el reconocimiento a esa voz que de algún modo los había apelado, a la cual un conjunto de poetas latinoamericanos quiso citar y evocar en poemas alejados de la retórica del epitafio, para en contrapartida mostrar la incidente presencia de la poesía de Gelman, inclyendo a quienes, como Ancet, aunó su condición de poeta y traductor.
LAS CENIZAS Y LA LUZ O “LA LUMIÈRE ET LES CENDRES”

Ancet escribe su poemario de homenaje a Gelman en medio del dolor, quizá como una suerte de duelo. Menos que una elegía se ve un contrapunto, no sólo entre dos lenguas, lo cual, por otra parte, estaría afirmando la cercanía entre traductor y traducido, sino sobre todo en ese territorio común de la escritura poética. Los poemas de Ancet trasuntan un motivo que evidentemente ya venía manifestándose en la labor diaria de diálogo y coincidencias –poéticas, ideológicas– cifrados en la visible presencia de los restos y su contrapartida: de lo que apagado arde (las cenizas) y de aquello que no sólo las hace visibles, sino que también anida en los poemas aun más oscuros, luz. De ahí ese texto La lumière et les cendres, que, por consideraciones rítmicas, se tradujo como Las cenizas y la luz. Anverso y reverso, en todo caso de un ritmo que pone en escena la fluencia de la escritura, capaz de revolverse, avanzar, replegarse sobre sí y aun andar. Los poemas, sucesivos, breves, condensados, parecen sondear al ausente, cada uno como una fragmentaria entrevisión tendida entre lo que fue vida y la sombra ardiente que de ella queda: “Existía en su palabra/ el resplandor de un desgarro/ se lo oía sin saber/ de dónde venía tal luz...” (XII). “la claridad se retira/ se le ve todavía un poco/ alza la mano la agita/ tiene todavía un rostro/ pero es una mancha negra/ sólo su voz sigue clara/ morir desmorir dice ella” (XXXIII).
El subtítulo “Milonga para Juan Gelman”, supone en el autor francés un más que probado conocimiento de los intersticios e historia de formas castellanas en sintonía con el interés por presentificar la densidad de la lengua a partir de la poesía de Gelman. Una suerte de empatía con ella por parte de Ancet posibilita ahondar en una labor de traducción (en la composición de los poemas) que rebasa lo lingüístico porque se trata, en ese movimiento traslaticio de una lengua a otra, de preservar lo que se comparte: continua indagación al entorno, a los otros, a sí mismo, mediante esa exploración peculiar que posibilita el lenguaje poético, atento siempre a aquello que simultáneamente se dice y se calla en sintonía con el contexto en que surge, se desarrolla y cambia, movimientos que Juan Gelman toma y expande en sus composiciones, citas y comentarios, como denominó a varios de sus textos, erigidos en constante oposición a las formas de cese de la palabra: exilio, distancia, silencio, muerte. Asordinado, el movimiento de Ancet aparece como eco de eso que fue extremo en Gelman. Ancet compuso treinta y cinco poemas breves en francés, que en esta edición aparecen enfrentados a la traducción castellana de Rodolfo Alonso. Las fechas no dejan dudas, entre el 13 y 30 de enero de 2014, como escritos al pie de la noticia.
IX
lo vemos en la humareda
blanca entre las ramas negras
se lo ve desperdigarse
perderse entre las hojas
deshacerse rehacerse
se lo ve como ella sin
verlo allí estar no estar
X
él podría estar muy cerca
tan cerca que no sabríamos
qué sabemos es que tiene
como una voz que murmura
pero que no es una voz
nos gustaría saber
qué es quisiéramos mucho
XII
existía en su palabra
el resplandor de un desgarro
se lo oía sin saber
de dónde venía tal luz
pronto parecían las cosas
nacer se extraviaba uno
no hallaba el día su nombre
XIV
se aleja se intenta ver
él es como ese que va
en la neblina una forma
sin forma una sombra inmóvil
que se agita no sabemos
a veces con una lumbre
silencio pleno de vos
UNA ESCRITURA A SEIS MANOS

“Componiendo a cuatro manos”, dice Rodolfo Alonso (el traductor al castellano de los poemas del traductor de Gelman al francés) al referirse a esos poemas que Ancet le envió para de algún modo compartir el dolor por la ausencia de Gelman y a la vez reponerlo en un trabajo que a ambos (y también a Gelman) les fue destinado, esto es, la traducción. “Con Juan, sin Juan” se titula el prólogo que Alonso escribe al poemario de Ancet, cuya versión castellana fueron elaborando Alonso y Ancet hasta notar que una tercera voz intervenía. El concierto a “cuatro manos” (Ancet/ Alonso) donde los intérpretes ensamblan una partitura, fue una actividad febril entre ambos, discutiendo vocablos, ritmos, métrica, etc., pero tomó un rumbo particular porque, dice Alonso, “fue como un descubrirse componiendo a cuatro manos que de pronto se volvieron seis”. No eran sólo las dos del autor francés junto a las otras dos del que las iba a pasar al castellano, sino más, la otra voz, como una tercera dimensión, porque aquellos versos de Gelman encriptados en los poemas de Ancet, tejidos en la Milonga, merecían ser, según el criterio de Alonso, vueltos a su referencia. De ahí la reposición, por parte de Alonso de las “citas” que Ancet entreteje en sus poemas o Alonso incorpora a su traducción. Por eso el libro incluye un “Listado de citas originales de Juan Gelman”, las que vale la pena leer en contrapunto con los poemas de Ancet y las versiones de Alonso. Así, por ejemplo:
XXII (Ancet)
del todo abran las ventanas
para hacer entrar al cielo
caballos del mundo ardiendo
amigos de bocas llenas
de naranjos compañeros
que entre la tortolica
con alas llenas de sangre
Hacia el sur (Gelman)
abren la ventana
para que entren los caballos del mundo/
el caballo encendido del sur/
Nidos.
Los compañeros que desembarcaron en la muerte
Tienen la boca llena de naranjos
La tortolica herida de amor hacía nido en sus tiros
XXXII (Ancet)
tengo decías dos llantos/
tuyo/ el de nacer/ el otro/
si te vas están allí
en tu aliento vos decías
me pisoteó el jabalí
del monte en este exilio
soy yo mismo una bestia
XXXII (Gelman)
com/ posiciones
Los dos llantos
tu corazón oye dos llantos/
el tuyo/ de nacer/
el otro/ si te vas
La puerta
el jabalí del monte me pisoteó/
...
en esta medianoche del exilio/
soy yo mismo una bestia/
Los poemas de Ancet se erigen como palabra en movimiento, capaz de citar y comentar una voz como la de Gelman, pero emplazando su propia condición, su tiempo y lugar, según los ritmos cambiantes de lo que solemos llamar realidad.
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16.1.15

¡Don Quijote no se toca!



Por Rodolfo Alonso *




De veras, es el colmo. El colmo de la insensatez y del doble sentido. Y es también, al mismo tiempo, una clarísima evidencia. Una evidencia flagrante.
            Que la autoerigida Real Academia de la Lengua, a quien nunca votó nadie, y que osó acuñar para su lema aquello de “limpia, fija y da esplendor”, haya decidido encomendar a uno de sus miembros, novelista de aventuras, una poda ortopédica de la obra magna del idioma, nada menos que el Quijote, con el supuesto objetivo de conseguir que los reacios educandos y los escasos lectores, atosigados por la suprema banalidad de las pantallas, se animen así a abrir sus páginas, no tiene desperdicio.
            ¡Qué sátira sutilmente despiadada no arrancaría esta noticia al más que agudo madrileño Larra! ¡Qué nueva veta para el Ubú de Alfred Jarry, gema del humor negro! ¡Qué aguafuerte vitriólico no despertaría en nuestro nada complaciente Roberto Arlt!
            Cada escritor galardonado con el Premio Cervantes se veía, hasta hoy, sutilmente obligado a intentar una enésima canonización del paradigma de la lengua: Don Quijote de la Mancha. ¿Cómo podrán encarar desafío semejante a partir de ahora? Es decir, ¿cómo intentarlo sin sentir que la cara se les afloja de vergüenza?
            Porque lo que viene a reconocer paladinamente, a sabiendas o no, semejante desatino, lo que viene a poner de manifiesto no es que el texto del Quijote haya cambiado, sino que lo que ha cambiado es el contexto en que nos ha hundido hasta el fondo la sociedad globalizada de consumo, la tecnolátrica sociedad del espectáculo, única responsable de que resulte arduo, yermo, inaccesible el acceso a las alegres y luminosas páginas de un libro, ejemplar si los hay, que no consiguió sus primeras glorias ni en academias ni en salones, sino entre sus dignos contemporáneos iletrados del pueblo llano que, formando un círculo expectante en ventas y mesones de La Mancha, se deleitaban una y otra vez oyéndolo leer en alta voz a un parroquiano letrado.
            (No olvidemos, al pasar, que algo muy semejante ocurrió entre nosotros con las ya celebradas ediciones iniciales del Martín Fierro, hoy esquivo al parecer para nuestros estudiantes pero que, recién nacido, desde lejanas pulperías de la pampa reunió en coro subyugado a tantos paisanos no alfabetos, que lo bebían con placer oyéndolo, una y otra vez, de los labios de algún gaucho lector.)
            ¡Y pensar que, en mi temprana adolescencia, nos sonreíamos sobradores de aquellas Selecciones del Reader´s Digest, por otro lado exitosa versión local de ese engendro primario de la cultura de masas norteamericana, con material tan predigerido que cada número culminaba con la versión, fieramente abreviada, de un best-seller! ¡Y con éxito tal que llegó a procrear, entonces, una similar aunque antónima Selecciones Soviéticas!
            Pues “hoy la censura es el mercado”, como dijo hace ya tiempo George Steiner, uno de los últimos grandes humanistas europeos. Y por si no fuera suficiente, en una entrevista de Le Nouvel Observateur poco antes de morir, en 1998, reiteró el mexicano Octavio Paz: “Tocqueville vio eso bien. Habla de una vulgarización de la vida democrática y hasta de una incompatibilidad entre la poesía y la democracia moderna. La cuestión subsiste. Se habló del desastre del autoritarismo, sería preciso hablar del desastre del capitalismo liberal y democrático, en el dominio del pensamiento como en el de la vida cotidiana; la idolatría del dinero, el mercado transformado en valor único que expulsa a todos los otros.”
            Realmente, no hay palabras. ¿Quién saldrá a respaldar, ahora, al ingenuo, infinito, sensato y único Don Quijote? Pues ningún otro que él mismo. Porque en el memorable capítulo sexto donde se trata del meticuloso escrutinio que, de la biblioteca del protagonista, hacen dos amigos de su aldea, sin duda un maravilloso ejemplo de la más acerada e ingeniosa crítica literaria, Cervantes pone en boca del cura entre inquisidor y adicto estas agudas conclusiones: “y lo mesmo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento”.
Tras de lo cual sólo me restaría agregar, no sin satisfacción y acaso en el aire de Sancho: ¿si al mismísimo Cervantes le resultaba imposible imaginar que se pudiera traducir siquiera un gran poema de una lengua a otra, cómo podría atreverse hoy Academia alguna a desmentirlo, no ya traduciendo sino tronchando, en la carne palpitante de su texto, a su inmortal creación?
            Porque una gran obra literaria, un verdadero libro, cuando se logra es un ser soberano y autónomo de lenguaje vivo, orgánico, con su estructura, aliento, respiración, densidad, tono, timbre, ritmo. Y, por lo tanto, intocable, inalterable. Sagrado. Como toda vida.



* Poeta, traductor, ensayista.

13.12.14

Dolor y lucha por Ayotzinapa


Miércoles 17 de diciembre de 2014


Por Rodolfo Alonso *


Un fantasma recorre México. Un fantasma que en realidad son muchos, demasiados. Sólo desde 2006, no menos de 10.000 desaparecidos y más de 120.000 asesinados. En los 2 años que lleva de presidente el neoliberal Peña Nieto (del largamente hegemónico PRI), ya van 7.000 desapariciones forzadas. Es el trágico balance, trágicamente provisorio, de la histórica corrupción político-institucional que se ha ensamblado ahora nada menos que con las sanguinarias bandas del narcotráfico.
            Pero una gota más que densa ha derramado el vaso de sangre que está apurando el pueblo hermano. Y a partir de la noche del 26 de septiembre, con la ignominiosa desaparición y muy probable masacre de 43 jóvenes normalistas agrarios en Ayotzinapa, la sociedad mexicana ha recuperado lo mejor de su legendaria tradición de rebeldía, y a lo largo y ancho del país continúa expresando masiva y pacíficamente sus más que justos reclamos de verdad y justicia.
            Y para nosotros, los argentinos, que tanto sufrimos crímenes similares, con la duplicada emoción de que reaparezcan allí, espontáneamente, algunas de nuestras históricas consignas: “Con vida los llevaron, con vida los queremos”. Y con el honor de que sea nuestro muy digno Equipo Argentino de Antropología Forense (que acaba de firmar un convenio semejante con Vietnam), quien se encuentra trabajando arduamente y ha identificado ya los restos quemados de uno de los estudiantes desaparecidos.
            En semejante contexto, la alegría de que Argentina fuera por segunda vez “invitada de honor” a la célebre Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la mayor de nuestro idioma, no dejó de producirme cierta leve aprensión. ¿Cómo podríamos hacer convivir nuestra justificada euforia con el hondo, desgarrado dolor que sentimos como hermanos de la patria grande?
             Aprensión que pronto fue desechada. Ya en la prolongada ceremonia de inauguración, entre casi una decena de discursos, y dejando aparte el memorable texto final de ese gran intelectual que es el italiano Claudio Magris, galardonado en la ocasión (y con quien coincidimos tanto en La Habana como en su Trieste natal), el discurso más claro y vehemente me pareció el de nuestro canciller Héctor Timmerman, que no sólo recordó a los pueblos originarios sino también la estrecha, profunda, dolorosa relación que ligaba a nuestros desaparecidos con los del hermano país azteca. (Sin olvidar a los fondos buitre.)
            Y ya el primer día surgió de nuestra delegación un manifiesto de solidaridad fraternal con el agredido pueblo mexicano, resaltando la relación con nuestra propia historia, que muchos firmamos y que, me temo, no alcanzó tal vez la debida difusión ni aquí ni allá. Solidaridad que se volvió a poner de manifiesto en no pocas intervenciones de nuestra delegación. Invitado por la Feria a abrir su Salón de la Poesía, me descubrí susurrando al concluir, no sin respetuosa emoción: “Yo también soy Ayotzinapa”.
            Pero nada fue tan conmovedor como el comienzo de aquella mesa dedicada a la estrecha relación de nuestro Juan Gelman con los derechos humanos, cuando su viuda Mara Lamadrid, su nieta recuperada Macarena Gelman y su gran amigo Horacio Verbitsky no sólo alzaron ambas banderas sino también 43 fotos de otros estudiantes argentinos, desaparecidos del Colegio Nacional de Buenos Aires.
            Estamos seguros de que esta extraordinaria lucha del pueblo mexicano continuará. Y que, como los “indignados” españoles, ante la desidia, corrupción y cinismo de sus partidos, incluso los supuestamente progresistas, será capaz de crear y aún de enarbolar una nueva fuerza política que pueda llevar sus ideas a la acción.
            Porque quizá no todo está perdido. Allí está, por ejemplo, Cuauhtémoc Cárdenas (hijo del justicieramente legendario presidente Lázaro Cárdenas, figura ejemplar), que en 1989 abandonó el Partido Revolucionario Institucional (PRI) para fundar una fuerza destinada a regenerarse y renovar las viejas banderas, el Partido de la Revolución Democrática (PRD). El mismo partido al cual acaba de renunciar también ahora, justamente indignado no sólo por su corrupción y complicidad, sino porque (¡cosa terrible!) era suyo el alcalde de Iguala, responsable directo de las masacres de Ayotzinapa, de quien acaba de saberse que no sólo todos sus policías municipales estaban “aprobados”, sino que se rodeaba además de casi 100 parapoliciales,
            Y allí está también Andrés Manuel López Obrador, a quien le fue robada la presidencia ganada en elecciones y que ya hace 2 años había renunciado al PRD para fundar su Morena (Movimiento de Renovación Nacional).
            Pero la verdad está ahora en la calle, Y a la vista de todos. Y nada volverá a ser lo mismo. Sólo el pueblo mexicano salvará al pueblo mexicano. Porque todos somos, qué duda cabe, Ayotzinapa.


* Poeta, traductor, ensayista.

26.11.14

Justicia para los traductores argentinos


Miércoles 26 de noviembre de 2014

Por Rodolfo Alonso *



         ¿Alguien podría siquiera imaginar que Borges no conserve los derechos de autor sobre sus traducciones de Las palmeras salvajes, de William Faulkner, u Orlando de Virginia Woolf? ¿O que a Cortázar le ocurra otro tanto con sus versiones de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, o las obras completas de Poe? Pues bien, esos nombres y títulos son sólo el atisbo de un elenco tan amplio que resulta legión.
En el mismo país donde nacieron las primeras traducciones a nuestro idioma de El Capital de Marx (Juan B. Justo), de las obras completas de Freud (Ludovico Rosenthal), del Ulises de Joyce (J. Salas Subirats) o de los heterónimos de Fernando Pessoa, por citar sólo algunas, se persiste en redoblar una flagrante injusticia: los traductores argentinos no pueden mantener ni ejercer sus más que legítimos derechos de autor. Y sin embargo es en gran medida merced a la exigente, esforzada y modesta labor de sus traductores que la cultura (y en consecuencia la entera vida social) argentina ha logrado forjarse, sostenerse –incluso en las peores circunstancias--, consolidarse y trascender, no sólo más allá de sus fronteras sino en los dominios y alcances más inesperados.
El 16 de septiembre del año pasado un grupo de ellos logró dar comienzo a una gesta: varios diputados presentaron al Parlamento un digno Proyecto de Ley de Traducción Autoral en Argentina (exp. 6534-D-2013). Un proyecto que llevó un largo trabajo en equipo. Y que de inmediato conquistó, como era de esperar, la más amplia adhesión: local, regional e internacional. Desde los iniciales Juan Gelman o Ricardo Piglia, hasta las intervenciones concretas de Teresa Parodi y Horacio González.
Ahora sólo faltan ocho meses para que se repare o se reitere tan grave anomalía. Es el plazo para que las comisiones de legislación general y de cultura de la Cámara de Diputados se decidan a avanzar por fin en el tratamiento del valioso proyecto, que de otro modo pierde estado parlamentario.
Me parece muy justo que aquí se reconozcan también, como ya ocurre en casi todo el ámbito del idioma, los innegables derechos de autor que corresponden a los traductores, hasta hoy burdamente ignorados. La traducción de la gran literatura, de la literatura entendida como arte, constituye sin duda una creación literaria. Y una forma de creación quizá más ardua y arriesgada que la propia creación personal. Porque le agrega, si se es honrado, una nueva exigencia: respetar al otro.
Nada menos que Walter Benjamin, con su tocante inteligencia, dedicó al tema un texto clave: La tarea del traductor. Y George Steiner por lo menos dos amplios, fecundos, bellos libros: Después de Babel y Antígonas. Sin olvidar que fue el brasileñísimo Haroldo de Campos quien supo percibir que, en lugar de denominarla “transcripción”, deberíamos llamarla “transcreación”.
         Cuando cedimos ciegamente el control de nuestras legendarias grandes editoriales, los argentinos no sólo sufrimos una lesión económica. Perdimos también nuestro derecho a ejercer, difundir y consumir nuestra propia tonalidad de la lengua, nuestra propia densidad, nuestro propio timbre. Con el cual se habían formado generaciones y generaciones de escritores españoles y latinoamericanos, como bien lo hizo notar Juan José Saer al rendir merecido homenaje, en su último libro: Trabajos (2005), titulando todo un capítulo J. Salas Subirats, autor de la primera versión del Ulises. Y fue justamente recordando a Borges, quien una tarde de 1967 en Santa Fe la consideró “muy mala”, que el joven Saer se animó a replicarle: “Puede ser, pero si es así, entonces el señor Salas Subirats es el más grande escritor de lengua castellana.” Lo que implica claramente, con su habitual limpidez, que un buen traductor es sin duda un autor.

* Poeta, traductor, ensayista.


19.11.14

En el aura de Saer

26 de setiembre de 2014


por Rodolfo Alonso *



Esta historia no comienza con esas líneas perdidas, casi tangenciales, de aquel libro inicialmente por encargo que él supo convertir en texto clave para cualquier argentino honrado: “El río sin orillas”, donde Juan José Saer (1937-2005) alude de sopetón, como al pasar, a cierto sauce que visitaba en forma asidua, a orillas del Sena, en una esquina detrás de Nôtre Dame. Para entonces ya lo habíamos perdido, recientemente, y esa fidelidad suya a orígenes que me fue dado compartir, esa inesperada presencia tan activa del árbol que más ama el agua me conmovió superando, con mucho, los alcances del concepto metáfora.
            Nacido en la pequeña Serodino, de inmigrantes sirios (a los que precisamente dedica “Un río sin orillas”), la llegada del niño Saer a la ciudad de Santa Fe se me hace como la de aquellos jóvenes protagonistas campesinos de Cesare Pavese (él mismo nacido en la casi aldea de Santo Stefano Belbo) que imaginaban rutilante a Turín. Pero la ciudad de Santa Fe está implantada en eso que llamamos Litoral, mucho más que región un mundo de aguas y aguas que se entrecruzan a orillas de las enormes “aguas varonas” del río Paraná, al que da la cara desde enfrente otra capital homónima, la de Entre Ríos. Pero todo ese mundo de aguas, de luz, de verdes, donde el sauce se inclina para mojar las hojas de sus largas ramas en la eterna corriente, constituye un universo de peculiares intensidades y fecundos matices, al cual sin duda alude, en absoluto retóricamente, el primer título de Saer: “En la zona”.
            No menos hijo de inmigrantes, nacido porteño pero ya desde niño orgánicamente compelido a conocer la mayor parte del país en que me habían hecho nacer, llegué a esos lares de la mano de otro santafesino, Paco Urondo, algo mayor que yo y con el cual compartíamos entonces una intensa amistad, y también la aventura de una singular revista de vanguardia: “poesía buenos aires”. Así me tocó conocer a Hugo Gola, a un casi niño y ya algo rezongón Juan José Saer y, cruzando en los lanchones el ancho lomo del Paraná, descubrir en su Paraná del otro lado al inefable Juan L. Ortiz, mucho más que el poeta de esas aguas, de esos ríos, la prueba viviente de aquello con que nos emocionaba Tristan Tzara: “hacer de la poesía una manera de vivir”.
El sauce entonces, bellamente emblemático, de tan tierna y discreta y límpida grandeza, bien podía encarnar como símbolo, como mito, sin duda a todo eso. Y permítanme recaer en la irremisible obviedad: “En el aura del sauce” bautizó nada menos que Juan L. Ortiz, a la primera edición de su poesía completa.
Aquel sucinto apunte de Saer, entonces, ese indicio de lo que para él significaba, de infancia a infancia, de lo que para su ser más profundo investía ese sauce que descubrió inclinando, o más bien derramando sobre el Sena su cabellera verde, me llevó a buscarlo, a buscarlos: a él y a ese prójimo árbol, durante el primer  viaje que me tocó hacer a París, con la irrefrenable ansiedad de imaginarme compartiendo todavía con él algo tan inefable como hondo. Y cuando lo encontré  exactamente donde dijo, detrás de Nôtre Dame, y lo descubrí tan alto y amplio y bello, con su verde cabellera bien hundida en el Sena, casi pierdo el avión porque no podía despegarme del bistró Esmeralda, que le está haciendo esquina, como si la sombra del querido Juani fuera a venir a encontrarme, caminando por la vereda de enfrente, hacia el sauce, junto a las rejas del jardín posterior que continúan el enorme paredón gris de Nôtre Dame, buscando aquella luz de infancia que nos dio, hasta a mí, porteño claro, el Litoral. ¿O es que el Mar Dulce, el río sin orillas, el Río de la Plata, no se hace mezclando al Paraná y al Uruguay? Donde los sauces brillan en su luz que canta.
           
            Pero esta historia como suele ocurrir no concluyó así. Uno o dos años después, otra vez en París, lo primero que se me ocurrió fue ir a reencontrarme con el sauce de Saer sobre el Sena. Llegué al bistró Esmeralda, miré hacia donde había estado, y sólo encontré el vacío. De inmediato sentí el dolor de una ardiente injusticia, de una infamia ultrajante. Al balbuceo entrecortado de mis preguntas, nadie supo responder con alguna exactitud. No sé entonces si el culpable fue la acostumbrada desidia municipal o la supuesta razón científica. Sólo sé que el ancho muñón liso como de guillotina donde había estado el bello árbol, que yo vi y fotografié pleno de vida, desbordante de vida, era enmarcado por el mismo cielo donde París había permitido erigirse al único rascacielos que, por ahora, ofende su perspectiva. Los dioses ciegan a los que quieren perder. Y la luz de ese sauce sólo intenta cantar ahora en ciertas líneas de poesía y en algunos testimonios fotográficos.
            Para consolarme, quizás, me dijeron que los sauces reviven, rebrotan, aún de esos muñones burdamente talados. Confiemos entonces, consolémonos, con otra luz, no menos inefable y no menos orgánica: la de la resiliencia. O que acaso, también, ¿por qué no?, hasta los burócratas replanten sauces jóvenes. Así sea.


* Poeta, traductor, ensayista.