14.4.15

DEFENSA DE LA POESÍA



En Torreón van a presentar la reedición mexicana de "Defensa de la Poesía" (Universidad Veracruzana, 2014), que la UV presentó el año pasado en el Festival de Guadalajara.


9.4.15



Jueves, 9 de abril de 2015
Publicaron la poesía reunida del autor y traductor Rodolfo Alonso


Epifanías de un poeta verdadero



La bellísima edición de Lengua viva se presenta hoy a las 18 en la Librería Universitaria, con el escritor y crítico Jorge Monteleone. A los 80 años, Alonso sigue sintiendo que es el mismo poeta que aquel que empezó a escribir.



Alonso había recibido el año pasado el Premio Rosa de Cobre, otorgado por la Biblioteca Nacional.
Por Silvina Friera
El llamado de la poesía irrumpe con una vibración arrolladora. Cómo impedir, por cualquier medio, que la más mínima parcela de realidad no se infiltre por alguna hendidura. Hay un joven de 13 o 14 años –la escena del recuerdo es nítida pero imprecisa en la cronología– que hacia fines de la década del ’40, un día de lluvia escribe, en pocas líneas, el principio de su itinerario poético: “Largos cuchillos de acero/ rasgan un paño ceniza.// Lejos, el horizonte agoniza...” Mucha agua ha corrido y corre por el río de la vida del poeta y traductor Rodolfo Alonso, “un poeta verdadero” –en palabras de Juan Gelman– que “ve la palabra ajena y la alberga, la transforma, la calcina para devolverla limpia al otro”. Muchos versos de sus poemas orbitan en el planeta diverso y único que despliega Alonso: “Yo canto/ lo que se me canta// Lo que canta/ se canta...” “Una tormenta limpia el cielo/ de la noche// Una tormenta/ limpia mi corazón...” “Yo no hablo/ para nadie// En el vacío/ es imposible respirar.” Cuántas epifanías concentradas que se quedan en las pupilas de la memoria: “De espaldas/ con la muerte/ no hay vida/ que no sea/ inaudita”. La bellísima edición de Lengua viva –su poesía reunida 1968-1993, publicada por la editorial cordobesa Eduvim– se presenta hoy a las 18 en la Librería Universitaria (Lavalle 1601) con el escritor y crítico Jorge Monteleone.
“Decir que Rodolfo Alonso es el mago de los poetas argentinos –y uno está tentado de decirlo cuando lee sus versos– es una afirmación peligrosa”, plantea Jorge Santiago Perednik (1952-2011) en el prólogo de Lengua viva, que reúne cuatro libros: Señora Vida (1979), Sol o sombra (1981), Jazmín del país (1988) y Música concreta (1994). “Llamarlo mago (...) quiere decir otra cosa: que todo lo que sus sentidos alcanzan, todo lo que su mente idea, se vuelca en el papel transformado en poesía. No saca conejos, no usa galera, pero tiene una varita mágica que alcanza las cosas y genera sobre ellas un efecto de reconversión poética.” Perednik –también poeta y creador de la revista Xul que murió tempranamente– subraya que la realidad política “tampoco escapa a la magia del poeta”. Y cita como ejemplo el poema “El rey está desnudo”, de 1979, escrito en plena dictadura militar: “Hay sombras allá afuera/ Algo horrible sucede/ Tuvimos hambre y frío/ También tuvimos miedo/ Nos agarró un temblor/ Nos agarró la noche/ La noche es muy oscura/ Las cosas están claras”. Al final de este elogioso texto, el prologuista afirma que Alonso “juega a ser todos los poetas; su estilo, a ser todos los estilos”.
El poeta más joven de la revista de vanguardia Poesía Buenos Aires editó su primer libro Salud o nada en 1954. Desde entonces se ha deslizado por la triple vertiente de la escritura poética, el ensayo y la traducción de poetas y narradores fundamentales como Fernando Pessoa, Cesare Pavese, Giuseppe Ungaretti, Paul Eluard, Marguerite Duras, Antonin Artaud, Eugenio Montale, Carlos Drummond de Andrade, Jacques Prévert, Pier Paolo Pasolini, André Breton, Charles Baudelaire y Manuel Bandeira, entre otros. “Diáfana, la poesía de Alonso, de más de cincuenta años de producción, muestra una rara coherencia, una unidad de registro tal que la datación pierde sentido, no se siente más fuerza o menos fuerza en los poemas según cuando se escribieron, si en la postadolescencia –Alonso comenzó casi niño a escribir– o en la reposada madurez, ya en la plena lucha por el lenguaje poético en un Buenos Aires sobresaltado por la realidad y por la poesía –analiza Noé Jitrik–. De un poema a otro reaparecen en toda su hondura los temas permanentes, como ilustrando la vieja teoría pascoliana acerca de que en el poeta el niño que fue permanece alojado, invulnerable al desgaste, en el corazón de su imaginario, con toda su pena, con toda su extrañeza. Correlativamente, el tono permanece, ha sido hallado y sigue alentando nuevas imágenes que las primitivas recuperan y cuya fuerza sigue alentando y haciendo surgir otros poemas.”
“Supongo que para los editores es más fácil publicar mi poesía por partes que hacer un bloque tan grande con todos mis libros juntos –comenta Alonso a Página/12–. A mí no me convence la idea de poesía completa o reunida porque se termina armando un libro tan grande que ni podés llevarlo a la cama.” El poeta advierte que los poemas políticos que señala Perednik en el prólogo “tienen legitimidad cuando nacen de una experiencia, no de un propósito o una intención”, porque nunca hubo ni habrá programa o plan, más allá de los treinta títulos que publicó –Entre dientes, El arte de callar y Poemas pendientes, por consignar apenas algunos libros de una larga lista– y los reconocimientos que recibió, como el segundo Premio Nacional de Poesía (1997) o el Premio Rosa de Cobre, que le otorgó la Biblioteca Nacional el año pasado. Extrañamente, o en realidad honradamente, continúa sintiendo que a los 80 años es el mismo poeta que al comienzo, aquel que trazó las primeras huellas de una pasión inextinguible un día de lluvia. “De repente, al recordar a Juan (Gelman), me di cuenta de que Lengua viva es el primer libro que no puedo enviarle”, dice el poeta con la emoción a flor de labios.
–Hay dos libros incluidos en su Poesía reunida que fueron escritos y publicados durante los años más oscuros del país. ¿Cómo fue escribir poesía durante la última dictadura?
–Uno escribe en secreto, escribe como para uno, pero al mismo tiempo la poesía circula de maneras muy misteriosas... Yo no pienso mucho, como siempre digo, la poesía me ocurre y se ve que tenía una sensación muy viva de dolor, de angustia, una especie de “asfixia moral”, como dijo Eugenio María de Hostos cuando se suicidó en otro país y en otro momento histórico. Las fechas de los poemas abarcan desde la dictadura de (Juan Carlos) Onganía y llegan hasta los comienzos del proceso. Uno de los primeros poemas es “Pobre país”. Lengua viva me atrae como título. La poesía es la lengua viva, no sólo en el sentido de que no es una lengua muerta o congelada, que no se habla, sino que es una lengua que está encarnada con la vida y la vida está encarnada en esa lengua. En el castellano usamos la misma palabra para designar el idioma –la lengua– y también el órgano con el cual se habla esa lengua. Entonces Lengua viva para mí tiene muchas resonancias. La poesía es lengua viva en el sentido de que es una lengua que está en circulación y al mismo tiempo es una lengua viviente que está enraizada en la vida y su esencia es estar en la vida y defender la vida.
–¿Por qué aparece tanto la lluvia en su poesía?
–La primera vez que escribí fue a los 13 o 14 años y fueron tres líneas muy cortas sobre la lluvia que entonces me rodeaba. La lluvia me toca hondo. Las flores y las hojas después de la lluvia me conmueven y eso aparece mucho en mis poemas. Un poeta gallego me dijo que en Galicia llueve cien días al año, así que puede ser que la cuestión de la lluvia venga de mis ancestros. Todos mis antepasados son labradores gallegos, según descubrimos con un primo. No siempre llueve en mis poemas porque también hay mucho sol, mucha mañana y mediodía también. Rilke dijo que la patria del hombre es su infancia; la primera vez que vi llover, para mí –primer hijo de una familia de inmigrantes que nací acá– Buenos Aires era como Babel, un lugar donde se hablaba todas las lenguas del mundo. Yo tuve que descubrir la ciudad de niño. Al principio la sentí levemente agresiva, diría que hostil. La lluvia, sin embargo, me devolvía un clima de confraternidad, como un aura. Juan L. Ortiz le puso a su obra completa En el aura del sauce, lo mío podría ser “En el aura de la lluvia”. La lluvia me permitía sentir que había una relación de fraternidad con los otros.
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31.3.15

Presentación de libro



Rodolfo Alonso y Jorge Monteleone en la presentación de "Lengua viva

26.1.15

La luz y las cenizas



Domingo, 18 de enero de 2015
La luz y las cenizas


Por Jacques Ancet
El final del año 2013 y el comienzo del 2014 fueron para mí muy sombríos. La enfermedad o los decesos sucesivos de personas muy allegadas me afectaron profundamente y como reacción a las sombras de la desgracia, se me impuso una sucesión de textos breves, pequeños ejercicios de palabras, como para respirar mejor. Muy pronto surgió el título, La luz y las cenizas, que manifiestamente se refería –claridad y tinieblas– a las contradicciones de la vida. En esos momentos, el 14 de enero de 2014 me llegaba la noticia de la muerte de Juan Gelman, al que sabía muy enfermo. Novedad tanto más conmocionante porque acababa de recibir de él, algunas horas antes, en respuesta al mail que yo le había enviado, un mensaje conmovedor, el último que debió de escribirme.
En ese torbellino de ausencias, la de Juan jugó un rol de catalizador: su gran figura empezó a emerger de toda esa oscuridad, al mismo tiempo que frases, fragmentos de versos, daban a algunas estrofas ya escritas un sentido y una tonalidad que iban a desembocar en esta “milonga”. Poco a poco el poema se convirtió en un dúo de voces –la mía atravesada por la de Juan– a las que vino a reunirse muy pronto la del gran poeta y traductor Rodolfo Alonso, también amigo de Juan, a quien, ante el dolor por la pérdida y para compartir el sentimiento, le había enviado una primera versión del poema que inmediatamente me propuso traducir.
¿Había manera de ser más fiel a la voz de Juan que en este trabajo polifónico –este concierto de voces– que siempre habitó su poesía? Poesía a la que el amor, la ternura y la amistad han dado la incomparable profundidad humana que es la suya.
Traducción de S. C.
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22.1.15

Don Quijote no se toca

Contratapa  |  Jueves, 22 de enero de 2015

Don Quijote no se toca

Por Rodolfo Alonso *
De veras, es el colmo. El colmo de la insensatez y del doble sentido. Y es también, al mismo tiempo, una clarísima evidencia. Una evidencia flagrante.
Que la autoerigida Real Academia de la Lengua, a quien nunca votó nadie y que osó acuñar para su lema aquello de “limpia, fija y da esplendor”, haya decidido encomendar a uno de sus miembros, novelista de aventuras, una poda ortopédica de la obra magna del idioma, nada menos que el Quijote, con el supuesto objetivo de conseguir que los reacios educandos y los escasos lectores, atosigados por la suprema banalidad de las pantallas, se animen así a abrir sus páginas, no tiene desperdicio.
¡Qué sátira sutilmente despiadada no arrancaría esta noticia al más que agudo madrileño Larra! ¡Qué nueva veta para el Ubú de Alfred Jarry, gema del humor negro! ¡Qué aguafuerte vitriólico no despertaría en nuestro nada complaciente Roberto Arlt!
Cada escritor galardonado con el Premio Cervantes se veía, hasta hoy, sutilmente obligado a intentar una enésima canonización del paradigma de la lengua: Don Quijote de la Mancha. ¿Cómo podrán encarar desafío semejante a partir de ahora? Es decir, ¿cómo intentarlo sin sentir que la cara se les afloja de vergüenza?
Porque lo que viene a reconocer paladinamente, a sabiendas o no, semejante desatino, lo que viene a poner de manifiesto no es que el texto del Quijote haya cambiado, sino que lo que ha cambiado es el contexto en que nos ha hundido hasta el fondo la sociedad globalizada de consumo, la tecnolátrica sociedad del espectáculo, única responsable de que resulte arduo, yermo, dificultoso el acceso a las alegres y luminosas páginas de un libro, ejemplar si los hay, que no consiguió sus primeras glorias ni en academias ni en salones, sino entre sus dignos contemporáneos iletrados del pueblo llano que, formando un círculo expectante en ventas y mesones de La Mancha, se deleitaban una y otra vez oyéndolo leer en alta voz a un parroquiano letrado.
(No olvidemos, al pasar, que algo muy semejante ocurrió entre nosotros con las ya celebradas ediciones iniciales del Martín Fierro, hoy esquivo al parecer para nuestros estudiantes pero que, recién nacido, desde lejanas pulperías de la pampa reunió en coro subyugado a tantos paisanos no alfabetos, que lo bebían con placer oyéndolo, una y otra vez, de los labios de algún gaucho lector.)
Y pensar que, en mi temprana adolescencia, nos sonreíamos sobradores de aquellas Selecciones del Reader’s Digest, por otro lado exitosa versión local de ese engendro primario de la cultura de masas norteamericana, con material tan predigerido que cada número culminaba con la versión, fieramente abreviada, de un best-seller. Y con tal repercusión que llegó a procrear, entonces, una similar aunque antónima Selecciones Soviéticas.
Pues “hoy la censura es el mercado”, como dijo hace ya tiempo George Steiner, uno de los últimos grandes humanistas europeos. Y por si no fuera suficiente, en una entrevista de Le Nouvel Observateur poco antes de morir, en 1998, reiteró el mexicano Octavio Paz: “Tocqueville vio eso bien. Habla de una vulgarización de la vida democrática y hasta de una incompatibilidad entre la poesía y la democracia moderna. La cuestión subsiste. Se habló del desastre del autoritarismo, sería preciso hablar del desastre del capitalismo liberal y democrático, en el dominio del pensamiento como en el de la vida cotidiana; la idolatría del dinero, el mercado transformado en valor único que expulsa a todos los otros”.
Realmente, no hay palabras. ¿Quién saldrá a respaldar, ahora, al ingenuo, infinito, sensato y único Don Quijote? Pues ningún otro que él mismo. Porque en el memorable capítulo sexto donde se trata del meticuloso escrutinio que, de la biblioteca del protagonista, hacen dos amigos de su aldea, sin duda un maravilloso ejemplo de la más acerada e ingeniosa crítica literaria, Cervantes pone en boca del cura entre inquisidor y adicto estas agudas conclusiones: “y lo mesmo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento”.
Tras de lo cual sólo me restaría agregar, no sin satisfacción y acaso en el aire de Sancho: si al mismísimo Cervantes le resultaba imposible imaginar que se pudiera traducir siquiera un gran poema de una lengua a otra, ¿cómo podría atreverse hoy Academia alguna a desmentirlo, no ya traduciendo sino tronchando, en la carne palpitante de su texto, a su creación?
Porque una gran obra literaria, un verdadero libro, cuando se logra es un ser soberano y autónomo de lenguaje vivo, orgánico, con su estructura, aliento, respiración, densidad, tono, timbre, ritmo. Y, por lo tanto, intocable, inalterable. Sagrado. Como toda vida.
* Poeta, traductor, ensayista.
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18.1.15



Domingo, 18 de enero de 2015
MILONGA PARA JUAN GELMAN


Los poemas dedicados a Juan Gelman por Jacques Ancet, su traductor al francés, fueron escritos entre el 13 y el 30 de enero de 2014, inequívocamente ligados al impacto por la noticia de su muerte, de la que acaba de cumplirse el primer aniversario. Publicado recientemente por Alción, Las cenizas y la luz –y publicado también en París por Caractères, bajo el título de La lumière et les cendres– cuenta con traducción y prólogo de Rodolfo Alonso. Todas formas de un duelo que a partir de una amistad de voces, no excluyen la felicidad del trabajo con la palabra, la rigurosidad, la alegría y la convocatoria de la luz.

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Por Susana Cella
La primera noticia que Jacques Ancet –poeta, ensayista y traductor francés nacido en Lyon– tuvo de la poesía de Juan Gelman fue en los años setenta mediante las grabaciones del Cuarteto Cedrón. En la década siguiente, el poeta español José Angel Valente, que figura en la lista de quienes fueron sucesivamente traducidos por Ancet (no sólo autores del siglo XX y contemporáneos como Vicente Aleixandre, Jorge Luis Borges, Luis Cernuda, Antonio Gamoneda, Ramón Gómez de la Serna, Roberto Juarroz, Alejandra Pizarnik, Xavier Villaurrutia, María Zambrano; sino también clásicos del Siglo de Oro: San Juan de la Cruz, Quevedo, Góngora), le dio a leer Citas y comentarios. El libro deslumbró a Ancet tanto por las referencias a los místicos españoles (interés y admiración que compartía con Gelman y Valente) como por todo lo que allí había en cuanto al diestro manejo de la lengua castellana en diversas vertientes –idioma en formación, lengua barroca, habla rioplatense– configurando esa expresión poética que indagaba en los meandros de historia del idioma en busca de la palabra sustraída y silenciada para convertirla en asilo y reconocimiento, en el lugar del antiexilio rescatando todas las voces, y entre ellas, como el propio Gelman dijo, las zonas exiliadas del idioma.
Pudo ver Ancet de qué modo Gelman recuperaba e integraba a su propia escritura desde lo que aparece como el nacimiento de nuestra lengua castellana –lo que se vería luego profundamente marcado en Dibaxu– y devenir, en esas voces múltiples que atestiguan el espesor temporal de las palabras y sus tránsitos espaciales, en un movimiento que va contra el olvido, resucitando sentidos. Ancet recurre para definir estos procedimientos a una expresión de José Lezama Lima, “poesía para la resurrección”.
Citas y comentarios fue para Ancet “una poesía de una intensidad impresionante y, sobre todo, un trabajo de referencias a los místicos de los cuales me ocupaba al mismo tiempo que traducía a Valente, quien recoge también esa herencia”. Una genealogía que no le era desconocida a Ancet dada su especialización en el castellano como lector y profesor en la Universidad de Sevilla. A lo que cabe agregar que, además de su empeñada tarea de traductor es autor de numerosos libros de poesía, narrativa y ensayo, que fue publicando sin solución de continuidad desde los años setenta a la actualidad.
Poco antes de la oportunidad de encarar Citas y Comentarios, Ancet había estado trabajando en la traducción de San Juan de la Cruz, y según su experiencia, el pasaje de un poeta al otro –de San Juan a Juan Gelman– o, en sus palabras, “del místico revolucionario” al “revolucionario místico” se dio “naturalmente”, como declara para señalar una suerte de nexo que reafirma la propuesta planteada por Gelman respecto de los poetas que incluye en sus Citas, o sea, el establecimiento de un diálogo posible, de una continuidad marcada por la palabra y la experiencia vital. Pero, además, Ancet va a evidenciar una común sensibilidad que lo acerca a Gelman: sus definidas posturas respecto de la violencia dictatorial. Así, puede reconocer que “para todo el sufrimiento y la violencia que son el telón de fondo de este libro y de otros de Juan Gelman, yo estaba, en cierto modo, preparado para experimentarlo íntimamente, porque acababa de escribir entre los años ’80 y ’82 un libro terrible, El silencio de los perros, hoy reeditado con un largo prólogo, inspirado directamente en los testimonios de torturas padecidas durante la dictadura argentina”.
MATERIAL SENSIBLE

Al promediar los ochenta, en una lectura de poesía compartida en el Palais de Chaillot, finalmente Ancet pudo encontrarse personalmente con Gelman y le preguntó si aceptaría que tradujese Citas y comentarios al francés. Luego de algunos inconvenientes (supuestamente ya había otro traductor), el pedido fue aceptado y sorteando demoras de edición, se concretó el proyecto en la década siguiente, y con no poca intervención de Ancet respecto del título más apropiado en la versión francesa, apareció como L’ opération d’amour. Para Ancet, “operación de amor” fue la imagen capaz de condensar todo lo que Gelman había puesto allí, su posibilidad de convertir –sin menoscabar ni diluir– el dolor en la ternura que impregna todo el libro, como afirma Ancet cuando ve una “verdadera transmutación en el sentido alquímico del término, desde las tinieblas a la luz, del horror al amor”. No poca huella quedaría para el poeta francés de esa contraposición, como iba a mostrar luego en su libro de luz y ceniza.
Si Citas y comentarios no habría sido el mejor título para el público francés, Ancet hizo surgir el suyo a partir de uno de los poemas de Gelman, la cita XXIX (Santa Teresa): “Amor particular muy tierno que // agranda la alma no cobarde/ como // desolación de vos/ fiebre de vos // silencio de vos lleno de tus voces // aprietamiento mío que va a dar // a alma llena de sol/ como después // de tempestades que callaron/ niños // que desollaron su penar/ o penas // que perdieron su nombre por desear // sabrosísimamente heridas de // tu operación de amor/ fuego encendido // como dolor ya no dolor”. Vale aclarar que las barras dobles indican el final de los versos mientras que las otras, a las que muchas veces recurrió Gelman, marcan precisos cortes en la sucesión de las palabras, estableciendo un ritmo, pausas y tonos que destacan la herida, la no juntura, lo lacerado, al tiempo que sostienen el esfuerzo por sostener el impulso a seguir nombrando.
La “amistad de voces”, según Ancet, quien así tituló uno de sus ensayos sobre poesía, continuó a partir de allí y se expandió en las traducciones de Hacia el Sur y Carta Abierta. Además de encuentros personales, como en ocasión del reportaje compartido en 2012 en Radio France Culture, según atestiguó el mismo Ancet, no fueron pocos los intercambios de correos electrónicos, muchos de ellos relativos a consultas y dudas del traductor frente a esos textos de los cuales, en su extremada pericia, Ancet fue capaz de enumerar, en lo que tuvo que afrontar como traductor, rasgos que hacen a la compleja escritura de Gelman: sus citas explícitas o no, el uso de las barras en el interior de los versos, las expresiones coloquiales, las derivas de palabras, los neologismos, las múltiples referencias al ámbito e idioma porteños. En definitiva, todo aquello que hace al estilo inconfundible de una de las figuras centrales de la poesía castellana.
Cuando aconteció la muerte de Gelman, además de una sucesión de notas que iban desde evocar al poeta en los diversos momentos de su trayectoria, de testimonios y memorias, hubo también una serie de homenajes viabilizados en poemas por parte de quienes fueron interlocutores más o menos directos, como por quienes a partir de la lectura de su obra, no dejaron de testimoniar el reconocimiento a esa voz que de algún modo los había apelado, a la cual un conjunto de poetas latinoamericanos quiso citar y evocar en poemas alejados de la retórica del epitafio, para en contrapartida mostrar la incidente presencia de la poesía de Gelman, inclyendo a quienes, como Ancet, aunó su condición de poeta y traductor.
LAS CENIZAS Y LA LUZ O “LA LUMIÈRE ET LES CENDRES”

Ancet escribe su poemario de homenaje a Gelman en medio del dolor, quizá como una suerte de duelo. Menos que una elegía se ve un contrapunto, no sólo entre dos lenguas, lo cual, por otra parte, estaría afirmando la cercanía entre traductor y traducido, sino sobre todo en ese territorio común de la escritura poética. Los poemas de Ancet trasuntan un motivo que evidentemente ya venía manifestándose en la labor diaria de diálogo y coincidencias –poéticas, ideológicas– cifrados en la visible presencia de los restos y su contrapartida: de lo que apagado arde (las cenizas) y de aquello que no sólo las hace visibles, sino que también anida en los poemas aun más oscuros, luz. De ahí ese texto La lumière et les cendres, que, por consideraciones rítmicas, se tradujo como Las cenizas y la luz. Anverso y reverso, en todo caso de un ritmo que pone en escena la fluencia de la escritura, capaz de revolverse, avanzar, replegarse sobre sí y aun andar. Los poemas, sucesivos, breves, condensados, parecen sondear al ausente, cada uno como una fragmentaria entrevisión tendida entre lo que fue vida y la sombra ardiente que de ella queda: “Existía en su palabra/ el resplandor de un desgarro/ se lo oía sin saber/ de dónde venía tal luz...” (XII). “la claridad se retira/ se le ve todavía un poco/ alza la mano la agita/ tiene todavía un rostro/ pero es una mancha negra/ sólo su voz sigue clara/ morir desmorir dice ella” (XXXIII).
El subtítulo “Milonga para Juan Gelman”, supone en el autor francés un más que probado conocimiento de los intersticios e historia de formas castellanas en sintonía con el interés por presentificar la densidad de la lengua a partir de la poesía de Gelman. Una suerte de empatía con ella por parte de Ancet posibilita ahondar en una labor de traducción (en la composición de los poemas) que rebasa lo lingüístico porque se trata, en ese movimiento traslaticio de una lengua a otra, de preservar lo que se comparte: continua indagación al entorno, a los otros, a sí mismo, mediante esa exploración peculiar que posibilita el lenguaje poético, atento siempre a aquello que simultáneamente se dice y se calla en sintonía con el contexto en que surge, se desarrolla y cambia, movimientos que Juan Gelman toma y expande en sus composiciones, citas y comentarios, como denominó a varios de sus textos, erigidos en constante oposición a las formas de cese de la palabra: exilio, distancia, silencio, muerte. Asordinado, el movimiento de Ancet aparece como eco de eso que fue extremo en Gelman. Ancet compuso treinta y cinco poemas breves en francés, que en esta edición aparecen enfrentados a la traducción castellana de Rodolfo Alonso. Las fechas no dejan dudas, entre el 13 y 30 de enero de 2014, como escritos al pie de la noticia.
IX
lo vemos en la humareda
blanca entre las ramas negras
se lo ve desperdigarse
perderse entre las hojas
deshacerse rehacerse
se lo ve como ella sin
verlo allí estar no estar
X
él podría estar muy cerca
tan cerca que no sabríamos
qué sabemos es que tiene
como una voz que murmura
pero que no es una voz
nos gustaría saber
qué es quisiéramos mucho
XII
existía en su palabra
el resplandor de un desgarro
se lo oía sin saber
de dónde venía tal luz
pronto parecían las cosas
nacer se extraviaba uno
no hallaba el día su nombre
XIV
se aleja se intenta ver
él es como ese que va
en la neblina una forma
sin forma una sombra inmóvil
que se agita no sabemos
a veces con una lumbre
silencio pleno de vos
UNA ESCRITURA A SEIS MANOS

“Componiendo a cuatro manos”, dice Rodolfo Alonso (el traductor al castellano de los poemas del traductor de Gelman al francés) al referirse a esos poemas que Ancet le envió para de algún modo compartir el dolor por la ausencia de Gelman y a la vez reponerlo en un trabajo que a ambos (y también a Gelman) les fue destinado, esto es, la traducción. “Con Juan, sin Juan” se titula el prólogo que Alonso escribe al poemario de Ancet, cuya versión castellana fueron elaborando Alonso y Ancet hasta notar que una tercera voz intervenía. El concierto a “cuatro manos” (Ancet/ Alonso) donde los intérpretes ensamblan una partitura, fue una actividad febril entre ambos, discutiendo vocablos, ritmos, métrica, etc., pero tomó un rumbo particular porque, dice Alonso, “fue como un descubrirse componiendo a cuatro manos que de pronto se volvieron seis”. No eran sólo las dos del autor francés junto a las otras dos del que las iba a pasar al castellano, sino más, la otra voz, como una tercera dimensión, porque aquellos versos de Gelman encriptados en los poemas de Ancet, tejidos en la Milonga, merecían ser, según el criterio de Alonso, vueltos a su referencia. De ahí la reposición, por parte de Alonso de las “citas” que Ancet entreteje en sus poemas o Alonso incorpora a su traducción. Por eso el libro incluye un “Listado de citas originales de Juan Gelman”, las que vale la pena leer en contrapunto con los poemas de Ancet y las versiones de Alonso. Así, por ejemplo:
XXII (Ancet)
del todo abran las ventanas
para hacer entrar al cielo
caballos del mundo ardiendo
amigos de bocas llenas
de naranjos compañeros
que entre la tortolica
con alas llenas de sangre
Hacia el sur (Gelman)
abren la ventana
para que entren los caballos del mundo/
el caballo encendido del sur/
Nidos.
Los compañeros que desembarcaron en la muerte
Tienen la boca llena de naranjos
La tortolica herida de amor hacía nido en sus tiros
XXXII (Ancet)
tengo decías dos llantos/
tuyo/ el de nacer/ el otro/
si te vas están allí
en tu aliento vos decías
me pisoteó el jabalí
del monte en este exilio
soy yo mismo una bestia
XXXII (Gelman)
com/ posiciones
Los dos llantos
tu corazón oye dos llantos/
el tuyo/ de nacer/
el otro/ si te vas
La puerta
el jabalí del monte me pisoteó/
...
en esta medianoche del exilio/
soy yo mismo una bestia/
Los poemas de Ancet se erigen como palabra en movimiento, capaz de citar y comentar una voz como la de Gelman, pero emplazando su propia condición, su tiempo y lugar, según los ritmos cambiantes de lo que solemos llamar realidad.
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16.1.15

¡Don Quijote no se toca!



Por Rodolfo Alonso *




De veras, es el colmo. El colmo de la insensatez y del doble sentido. Y es también, al mismo tiempo, una clarísima evidencia. Una evidencia flagrante.
            Que la autoerigida Real Academia de la Lengua, a quien nunca votó nadie, y que osó acuñar para su lema aquello de “limpia, fija y da esplendor”, haya decidido encomendar a uno de sus miembros, novelista de aventuras, una poda ortopédica de la obra magna del idioma, nada menos que el Quijote, con el supuesto objetivo de conseguir que los reacios educandos y los escasos lectores, atosigados por la suprema banalidad de las pantallas, se animen así a abrir sus páginas, no tiene desperdicio.
            ¡Qué sátira sutilmente despiadada no arrancaría esta noticia al más que agudo madrileño Larra! ¡Qué nueva veta para el Ubú de Alfred Jarry, gema del humor negro! ¡Qué aguafuerte vitriólico no despertaría en nuestro nada complaciente Roberto Arlt!
            Cada escritor galardonado con el Premio Cervantes se veía, hasta hoy, sutilmente obligado a intentar una enésima canonización del paradigma de la lengua: Don Quijote de la Mancha. ¿Cómo podrán encarar desafío semejante a partir de ahora? Es decir, ¿cómo intentarlo sin sentir que la cara se les afloja de vergüenza?
            Porque lo que viene a reconocer paladinamente, a sabiendas o no, semejante desatino, lo que viene a poner de manifiesto no es que el texto del Quijote haya cambiado, sino que lo que ha cambiado es el contexto en que nos ha hundido hasta el fondo la sociedad globalizada de consumo, la tecnolátrica sociedad del espectáculo, única responsable de que resulte arduo, yermo, inaccesible el acceso a las alegres y luminosas páginas de un libro, ejemplar si los hay, que no consiguió sus primeras glorias ni en academias ni en salones, sino entre sus dignos contemporáneos iletrados del pueblo llano que, formando un círculo expectante en ventas y mesones de La Mancha, se deleitaban una y otra vez oyéndolo leer en alta voz a un parroquiano letrado.
            (No olvidemos, al pasar, que algo muy semejante ocurrió entre nosotros con las ya celebradas ediciones iniciales del Martín Fierro, hoy esquivo al parecer para nuestros estudiantes pero que, recién nacido, desde lejanas pulperías de la pampa reunió en coro subyugado a tantos paisanos no alfabetos, que lo bebían con placer oyéndolo, una y otra vez, de los labios de algún gaucho lector.)
            ¡Y pensar que, en mi temprana adolescencia, nos sonreíamos sobradores de aquellas Selecciones del Reader´s Digest, por otro lado exitosa versión local de ese engendro primario de la cultura de masas norteamericana, con material tan predigerido que cada número culminaba con la versión, fieramente abreviada, de un best-seller! ¡Y con éxito tal que llegó a procrear, entonces, una similar aunque antónima Selecciones Soviéticas!
            Pues “hoy la censura es el mercado”, como dijo hace ya tiempo George Steiner, uno de los últimos grandes humanistas europeos. Y por si no fuera suficiente, en una entrevista de Le Nouvel Observateur poco antes de morir, en 1998, reiteró el mexicano Octavio Paz: “Tocqueville vio eso bien. Habla de una vulgarización de la vida democrática y hasta de una incompatibilidad entre la poesía y la democracia moderna. La cuestión subsiste. Se habló del desastre del autoritarismo, sería preciso hablar del desastre del capitalismo liberal y democrático, en el dominio del pensamiento como en el de la vida cotidiana; la idolatría del dinero, el mercado transformado en valor único que expulsa a todos los otros.”
            Realmente, no hay palabras. ¿Quién saldrá a respaldar, ahora, al ingenuo, infinito, sensato y único Don Quijote? Pues ningún otro que él mismo. Porque en el memorable capítulo sexto donde se trata del meticuloso escrutinio que, de la biblioteca del protagonista, hacen dos amigos de su aldea, sin duda un maravilloso ejemplo de la más acerada e ingeniosa crítica literaria, Cervantes pone en boca del cura entre inquisidor y adicto estas agudas conclusiones: “y lo mesmo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento”.
Tras de lo cual sólo me restaría agregar, no sin satisfacción y acaso en el aire de Sancho: ¿si al mismísimo Cervantes le resultaba imposible imaginar que se pudiera traducir siquiera un gran poema de una lengua a otra, cómo podría atreverse hoy Academia alguna a desmentirlo, no ya traduciendo sino tronchando, en la carne palpitante de su texto, a su inmortal creación?
            Porque una gran obra literaria, un verdadero libro, cuando se logra es un ser soberano y autónomo de lenguaje vivo, orgánico, con su estructura, aliento, respiración, densidad, tono, timbre, ritmo. Y, por lo tanto, intocable, inalterable. Sagrado. Como toda vida.



* Poeta, traductor, ensayista.