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RODOLFO ALONSO EN EL FESTIVAL DE LA FERIA DEL LIBRO

         En la jornada inaugural del Festival Internacional de Poesía de la Feria del Libro, viernes 27 de abril a las 21 horas, Sala Victoria Ocampo, Pabellón Blanco, Rodolfo Alonso participará de una lectura con las poetas italianas Elisa Biagini y Vanna Andreini, junto con Roberto Raschella y María Julia De Ruschi.
         El evento se denomina Disperata vitalitá: Poesía de Italia y Argentina.

Sophia de Mello Breyner Andresen

UN DÍA BLANCO Y OTROS POEMAS

Selección, traducción y prólogo de Rodolfo Alonso
Alción Editora, Córdoba, 2018
Edición bilingüe





En la escritura, sucinta y clara, medida y contagiosa de la gran poeta portuguesa Sophia de Mello Breyner Andresen, como en la indeleble luz mediterránea de aquellos griegos que tanto amó, la belleza y la justicia no resultan más que una sola, misma musa. Y no sólo porque también ella nació y maduró en la plena luz de otro mar, que le trajo la serena nitidez de las cosas y los hechos naturales, hermanados aún con la belleza honesta de las formas creadas por manos artistas o artesanas.
Como logró expresar tan vívidamente en su radiante Arte poética, donde desde una simple manzana sobre un muro encalado contra el fondo del mar, o el ánfora esencial y milenaria de forma a la vez simple y eterna, forjada tanto en barro africano como heleno, la belleza sensualísima y pura se confunde, se hace una con la luz de otro sueño, la justicia, encarnada para siempre en el insaciable aullar de Antígona, la loba de la especie. “Y es por eso”. como bien dice Sophia, “que la poesía es una moral”.

Rodolfo Alonso





“La poesía se manifiesta de modo natural, orgánico, espontáneo, como con vida propia”, señala Alonso. 



CULTURA Y ESPECTÁCULOS
19 de febrero de 2018
Entrevista al poeta Rodolfo Alonso
“La poesía lograda es como la transmisión de un virus”
Es uno de los grandes autores de la poesía argentina. Dice ser “el primer asombrado” por la edición de El uso de la palabra, el tercer tomo de su Poesía reunida, que incluye su producción publicada entre 1956 y 1983.
Por Silvina Friera

Alonso repasa ese devenir editorial. “Primero fue Argonauta, la exigente y bella editorial de los Pellegrini, la que reunió en A favor del viento (1952-1956), todos mis poemas de adolescencia. Y luego fue Eduvim, una ejemplar y digna editorial universitaria de provincia, eficiente y fecunda, la que decidió continuar con Lengua viva (1968-1993) y con El uso de la palabra(1956-1983). Este año culmina con Ser sed (1983-2018)”, cuenta el poeta y traductor.

–En el texto “Hablar Claro con Rodolfo Alonso”, Fernand Verhesen plantea que el poema crea un “lo real” más evidente todavía que el de la realidad común, es decir “una poesía cotidiana de la vida extraordinaria”, advierte, citando sus palabras en “Poesía: lengua viva”. ¿Cómo se manifiesta esa “poesía cotidiana de la vida extraordinaria” en El uso de la palabra?

–Como ya me descubrí diciendo una vez, la poesía me ocurre. Es decir, nunca me lo propuse. No es fruto de una intención, un proyecto, una idea. Yo mismo soy el primer sorprendido. En un momento dado, algo se desencadena. Y a veces logra corporizarse en el poema. Cuando se logra. Algo pide su forma. Algo nos usa de instrumento, de medio. Y a la vez de fin, algo así como un sentido orgánico, que es simultáneamente, haciéndose y ser, fondo y forma, lenguaje y vida, palabra y acontecimiento, individual y/o colectivo. Vivida en carne propia, y también compartida, sé que eso que es más una experiencia, y con suerte una evidencia, no se presta a una “explicación”, no resiste ser analizado sólo por la razón. Me descubrí escribiendo, o siendo escrito, casi desde niño, ya desde un comienzo presentándose cuando quiere, a veces después de largos períodos de silencio, a veces hasta en forma reiterada. Y así se mantiene, hasta hoy.

–La brevedad y concisión de la mayoría de sus poemas llega al extremo de que un verso sea sólo una palabra. Por ejemplo en “Juicio de realidad”: “incierta/fácil/ tu mirada deslumbra/ en el mal/ inclinada/ segura…”. ¿De dónde viene este ir al hueso del poema, de la palabra? 

–Insisto, todo esto se manifiesta de modo natural, orgánico, espontáneo, como con vida propia. Y al mismo tiempo hecha de mi respiración, de mi aliento, de mi existir. Una de las formas de manifestarse fue siempre la tendencia a la brevedad, lo que se concentra para irradiar, la intensidad de la duración. Aunque luego llegó a haber otros momentos, de mayor expansión. Que llegó hasta cierto punto a algo así como culminar, precisamente en el libro al cual pertenece ese poema: Entre dientes. Es un momento límite, un libro realmente compuesto por pocas, muy pocas palabras. Aunque esa tendencia, ese manifestarse con lo mismo se mantuvo. Y aparece y desaparece, y vuelve a aparecer. No es apenas una manera, más bien lo siento como una respiración.

–En varios de los poemas reunidos en El uso de la palabra tienen mucha importancia los niños, por ejemplo en “El árbol de los niños”, “Donde aparece Miguel”, “La rueda del mundo”, “Migue bebe”, “Es la muerte”, “Ganar la vida”, “Siete maneras de mirar a un niño”, y muchos más. ¿Cómo explica esta recurrencia de que en su poesía aparezcan los niños?

–A mí también me gustaría saberlo. Y lamento que, como me viene ocurriendo, no logre “explicarme” mejor. Pero es que si pudiera “explicarse mejor”, ¿para qué aparecería el poema, para qué los poemas? La infancia es, y espero que siga siéndolo, la exaltación del descubrimiento, de uno mismo y el mundo, que incluye la desdicha pero también el amor y la amistad, la fraternidad, la primera mirada, el primer sol. Ya me tocó sentirme equiparándola, casi instintivamente, con el niño de la especie, el hombre primitivo, en su naturaleza y en estado de naturaleza, emocionándome con la sensación casi sagrada del primer hombre que echó la primera mirada, que lo vio todo por primera vez, con ojos nuevos, limpios, y que intentó decirlo todo por primera vez. La infancia humana, la infancia de la especie, ¿cómo no iba a tener relación con la poesía, pura mirada nueva, pura mirada límpida, puro descubrimiento?

–¿Por qué en “Relaciones” su poesía se volvió más narrativa y más expansiva?

–Como ya intenta expresarlo su dedicatoria inicial, homenaje a lo que dio en llamarse “poesía de circunstancias”, ese libro, Relaciones, reúne en su gran mayoría textos que no se imaginaban como poemas, porque surgían de la fértil y generosa solicitud de amigos de las otras artes: cine, pintura, dibujo, grabado, escultura… Pero que, también en su gran mayoría, no pudierondejar de manifestarse en lo que terminaron resultando: poemas. No es casualidad que se abra por el cine, convocado a la experiencia del medio metraje Faena, que comenzó introduciéndome en un mundo que no podía dejar de conmoverme: el matadero. Había allí una realidad desmedida, y que se me presentó como una desmedida metáfora, como variadas desmedidas metáforas, incluso históricas y sociales. 

–Le devuelvo un poema-pregunta: “¿Para salvar un minuto escribo en lugar de vivir?”. ¿Qué relación hay entre la escritura y la vida?

–Si el poema mismo no lo logra, ¿cómo podría yo? ¿El que haya tomado forma de pregunta no es ya una confesión, y al mismo tiempo en cierto modo una provocación? La vida es lo que somos, nos dieron y se escapa. El lenguaje no es un instrumento digamos preciso de comunicación. No conozco a nadie que viva en estado de diccionario. No usamos el lenguaje, somos lenguaje. El lenguaje nos constituye, el lenguaje nos usa. Como un mar, es a la vez claustro materno y mundo que nos hace. Y al hacernos nos sirve, pero a la vez también se sirve de nosotros. Si todo pudiera decirse claramente de una vez para siempre, ¿para qué seguiría sintiéndose la necesidad, la pulsión de seguir intentado el poema? ¿Acaso no está ya todo dicho? ¿Acaso no es necesario también seguir intentando, nuevo Sísifo, decirlo todo? El lenguaje es el umbral de nuestra condición humana.

–En el poema “Alrededores” el poeta afirma: “En poesía uno se expone”. ¿En qué sentido se expone Rodolfo Alonso?

–El lenguaje es ambiguo, como es ambigua la condición humana. Se dice, y no se dice, al mismo tiempo. Al mismo tiempo se es y no se es. “La prosa agota su valor de cambio”, escribió alguna vez el luminoso Paul Valéry. Y lo agota porque lo entrega, total y literalmente. Y yo me pregunto: ¿la poesía es entonces su contrario, lo que no termina de decir jamás del todo lo que quería o creía o sentía necesidad de decir? La poesía lograda, la poesía viva, precisamente porque está hecha de lengua viva, de lenguaje humano, quizá intenta lograr lo que alguna vez se planteó uno de los últimos grandes pensadores europeos: Ludwig Wittgenstein. Y lo cito de memoria: “Si entre el signo y lo designado hubiera un espacio, algo que impide su contacto, su concreción, entonces debería haber algo que va más allá de la lógica.” Y yo me descubrí imaginando que en realidad así estaba aludiendo a la poesía. Que el poema logrado, el lenguaje vivo, sigue intentando una y otra vez superar una carencia, hace de esa carencia su cantera. Lo que Roman Jakobson llamó “el rayo de la comunicación”.

–¿Por qué hay algunos poemas que tienen un tono más “rabioso” o enojado, como por ejemplo “La poesía miente”? ¿Quizá apela a ese tono en los poemas más políticos?

–Si uno no sigue sintiendo ante determinadas circunstancias que lo domina la indignación, quizá sería mejor que hubiese nacido muerto. Fue Baudelaire, el padre de la poesía moderna, quien en una de sus muchas fecundas concreciones, el poema en prosa, termina aludiendo a la poesía como “negación de la iniquidad”. Como lo sabían Vincent van Gogh o César Vallejo,la poesía no es el desarrollo de un tema, sino el emerger de una evidencia. Algo que un filósofo injustamente ninguneado, Husserl, supo decir como pocos: “la evidencia es la vivencia de la verdad”. La poesía lograda, entonces, el lenguaje realmente vivo, es más bien como un contagio, como la transmisión de un virus, cuando no como una experiencia que puede rozar la mística, o el zen, o la justa rebelión, el amor justo. No la información, sino el contagio. Aquellos rótulos que se solía adjudicar al objeto “poesía” para clasificarlo como los entomólogos: “política”, “social”, “amorosa”, por citar sólo algunos, no alcanzan ni a rozarla. Y ya que hablamos de Vallejo, recuerdo uno de sus libros más desgarradores: “España, aparta de mí este cáliz”, allí se vive la tragedia de la guerra civil, no se la informa.

–El poema “Juntando lo que va perdiéndose” transmite la sensación de que el poeta es una especie de “cartonero de lo que se pierde”. ¿Cómo lo ve usted? ¿Es así?

–Ese título, “Juntando lo que va perdiéndose”, transcribe una línea traducida por Domingo Bravo para su Diccionario quechua santiagueño. Me conmovió que un pensamiento tan profundo, y tan simple, perteneciera a nuestros aborígenes. A la vez, sentí en ello  una alusión a la poesía, y por lo tanto al poema, y al poeta. Vivimos en el devenir, y estamos hechos de tiempo pero, al mismo tiempo, de memoria. El recuerdo, “ese infinito inútil” para Ungaretti, me pareció siempre un tesoro, pero un tesoro vivo, orgánico. Somos lenguaje y somos tiempo. Y somos, a la vez, en consecuencia, memoria. El poema, la poesía, nace y al mismo tiempo está hecho todo eso. El incesante río del devenir, que somos y nos es, se une y nos devora, el devenir del gran Heráclito, es el fluir eterno y amenazado del vivir, ese “límite inmenso” de René Char, el instante sagrado y fugaz.

– “Vivir es un libro abierto/ morir es estar cerrado”, se lee en “Casi testamento”. ¿De qué manera logra este nivel de condensación? 

–Nada hay en todo esto que yo me haya propuesto. Eso pasó por mí, pasó en mí. Y tiene consecuencias que en mi caso se dan con un oído, y con un don de lenguas, de lengua, que no podía proponerme ni planear, que me ocurrió. Me he dejado llevar. No me he cerrado a eso que pasaba en mí, por mí, y que al hacerlo se volvía, desencadenaba eso que me llevó, que me lleva al poema. No puedo resistirme. Desde los orígenes, en los yacimientos de toda poesía legítimamente popular, que ya era culta sin saberlo, la concisión, la brevedad, el no dejarse dominar por el palabrerío, por la verborragia se adelantan a lo que será la “evolución” de la poesía. A lo largo de los siglos, nunca hubo una gran poesía, una poesía lograda –pienso en los trovadores, los isabelinos, el siglo de oro, el stilnovismo…– que no estuviera de manera misteriosa ligada con una gran lengua viva hablada por una comunidad, por un pueblo: una lengua viva, en uso. 

–Quizá en El uso de la palabra haya flotando en los blancos de las páginas algo de esa afirmación que postula que “la poesía es pintura que habla y la pintura poesía muda”, ¿no? ¿Qué importancia tiene el silencio?

–Nuestros hombres de campo, nuestros paisanos, eran hombres de pocas palabras. Y a la vez, hombres de palabra. Si a algo le temo de esta marejada digital que nos inunda, a este torrente ininterrumpido de imágenes y ruido universal que nos cerca, es a sus efectos deletéreos sobre la antaño espontánea capacidad creadora de lenguaje de la gente del común, del pueblo. Si algo detiene el fluir expresivo del lenguaje sin el cual este no tiene porvenir, ¿cómo podría resguardarse de ello la poesía? Como desdichadamente intuyo, si no hay silencio, si no hay el espacio de libertad y de excelencia que sólo permite el silencio, ¿cómo iba a haber gran poesía? Una vez más recordemos, al gran peruano universal César Vallejo, capaz de preguntarse “¿Y si después de tantas palabras / no sobrevive la palabra?”.




16.1.18

CON JUAN O SIN JUAN

Con Juan, sin Juan

Por Rodolfo Alonso











De pronto, me dí cuenta. El 14 de enero se cumplen cuatro años del día en que nos dejó (es un decir) Juan Gelman. Algo me había llevado, el sábado anterior, a releer la bellísima “milonga” que ya por entonces comenzó a dedicarle Jacques Ancet y, con su permiso, yo iba traduciendo casi simultáneamente. Son esos días que uno quiere olvidar, pero al final no puede. Nos falta y no nos falta. Y hace falta. Él está con nosotros, y al mismo tiempo ya no está. Y sin embargo está tan cerca… Como todos los grandes, él permanece bien vivo en su palabra viva. Pero me sigue quemando la gana de abrazarlo. Aunque sé bien lo que él mismo me diría. Si algo no le gustaba era, entre algunas otras cosas, el sentimentalismo. Pero no el corazón, claro, no el amor, la amistad, la poesía, la dignidad, la vida. A tu memoria, entonces, querido Juan, caliente y contagiosa.


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12.1.18

Encuentros con Heidegger




Martin Heidegger, René Char y Paul Celan.

CONTRATAPA
11 de enero de 2018

Encuentros con Heidegger

Por Rodolfo Alonso *

“En el curso de mi viaje a Francia”, escribe Martin Heidegger (1889-1976) en 1955, “estaría muy contento de conocer a Georges Braque y a René Char.” (Es decir, un pintor riguroso y ejemplar, mentor de la más pura vanguardia, y un poeta excepcional, activo militante juvenil en el surrealismo, que iba a abandonar por otras cumbres, y no mucho después heroico comandante del maquis, que combatió la ocupación nazi hasta su fin.) Se vieron con Char en el jardín de otro filósofo, Jean Beaufret, quien recuerda: “Bajo las ramas de un castaño, un filósofo y un poeta hablan de lo que saben y de lo que son.” Y señala que ambos “aprenden la lengua de su diálogo.”

Después habría tres encuentros más, siempre en verano. En 1966, y a invitación de René Char (1907-1988), primera permanencia de Heidegger en Thor, cerca del entrañable L´Isle-sur-Sorgue, en Provenza, lugar natal del poeta. En 1969, última de las tres estadías en Thor. Beaufret, François Fedier, François Vezin, Patrick Lévy y otros, participaron de los seminarios y entrevistas



En 1959, Char es vertido por primera vez al alemán. Entre sus traductores se encuentra el más que significativo poeta Paul Celan (1920-1970). Toda su familia fue tragada por el infierno de Auschwitz y él mismo había escapado por milagro. Pero hilos más sutiles que la traducción terminarían relacionándolos. Celan escribe a su mujer el 2 de agosto de 1967: “La lectura en Friburgo tuvo un éxito excepcional: mil doscientas personas me escucharon durante una hora conteniendo la respiración, después, Heidegger vino hacia mí”. La carta se detiene en ese punto. Era inusual que el filósofo acudiera a oír poetas. Paul Celan lo visita en su cabaña de la Selva Negra, y aunque se negó a fotografiarse juntos, a esa reunión alude su poema Todtnauberg. Para George Steiner hubo dos encuentros más (Heidegger volvió a escucharlo), en junio de 1968 y marzo de 1970, un mes antes de que Celan se arrojara finalmente al Sena. 

Según Steiner: “Somos testigos de una de las colisiones o conjunciones supremas entre la poesía y la filosofía en el pensamiento occidental (un fenómeno exquisitamente ‘triangular’ si tomamos en cuenta las inspiradas traducciones que Celan hiciera de Char)”. Y más adelante, “Cuando René Char, el gran poeta francés y líder de la Resistencia le dio la bienvenida a Heidegger, el gesto fue de fascinación anárquica y carismática reciprocidad. Char no sabía alemán; Heidegger hablaba poco francés. Ambos reverenciaban a Heráclito y la luz del sol.”

Steiner no se ahorra hoy ninguna afirmación sobre el nazismo del filósofo. ¿En ese entonces Char no intuía lo mismo que Celan? La cuestión sigue abierta, pero algo es real. El miércoles 26 de mayo de 1976, René Char despedía al filósofo con estas palabras: “Martin Heidegger ha muerto esta mañana. El sol que lo ha acostado le ha dejado sus útiles y no ha retenido más que la obra. Ese umbral es constante. La noche que se ha abierto ama de preferencia.”

Como las intensas, inmensas preguntas que inquietaron a los tres toda su vida, quizá también a nosotros sólo nos quedan más preguntas.

* Poeta, traductor, ensayista.

6.1.18

UN ESCRITOR MADURO Y JOVEN

UN ESCRITOR MADURO Y JOVEN

Por Rodolfo Alonso


 




1

Aunque resulte difícil asociar juventud y madurez, Fernando Vega (1986) convive felizmente con ambas. Y su primera novela, de tan logrado título: Un cielo inhóspito (Croquis, 2012), lo demuestra cabalmente. Dueño de una sorprendente seguridad --casi instintiva-- en cuanto a la estructura y a la escritura de la narración, tanto como a sus matices de tiempo y de lugar, el autor es capaz también de detenerse, de reflexionar y madurar. En aquella entrañable opera prima, que es ya una realidad y presagia un futuro, los lectores exigentes pueden internarse sin vacilaciones. No sólo se concreta un logro literario. También se evidencia algo más, algo tan reparador como auspicioso: nuestros adolescentes siguen viviendo los dolores y las alegrías del amor, ese sentimiento que la sociedad del espectáculo intentó borrarles. No es poca fortuna. Tanta como que siga habiendo novelas de iniciación, bildungsroman, retablos de esos atisbos de la vida adulta en que alguien que deja la infancia comienza a enfrentarse consigo mismo y con el mundo. Como lo certificó, insisto, Un cielo inhóspito.











6

“Narrar es como nadar”, afirma lúcidamente Cesare Pavese. Y es que un verdadero escritor también debe desplazarse en su elemento, el lenguaje, como el nadador en el agua: creando con su propio cuerpo un ritmo orgánico entre ambos, una respiración, un aliento vivo, una cadencia. No hay muchos autores hoy que, como Fernando Vega, tengan conciencia implícita de una verdad fundamental: la literatura es un arte del lenguaje. Y como tal nos demanda exigencia y devoción, entrega y vigilancia, inteligencia y corazón sí, pero sobre todo belleza. Una belleza que surja del fluir narrativo al mismo tiempo que lo constituye. Como ya demostró cabalmente su primera novela, Fernando Vega es capaz de un lenguaje encarnado, palabras tocantes donde la acción se respira como aroma de flor y el sentimiento nos seduce con el acorde de sus hechos. Así lo evidencia plenamente su reciente primer libro de cuentos: Líbranos del mal (Mil Botellas, 2017).




5.1.18

EL OTRO ROBERTO ARL

LA GACETA LITERARIA
El otro Roberto Arlt








Corría el año 1935. Aunque todavía no gozara de la justa fama que, a partir de la primera década después de su muerte, lo iba a convertir en uno de los más significativos escritores argentinos contemporáneos, Roberto Arlt (nacido, con el siglo, en abril de 1900, y que iba a fallecer el 26 de julio de 1942), ya había probado el éxito. Las agudas y desenfadadas columnas de sus Aguafuertes porteñas, que se publicaban cada mañana en el diario El Mundo desde unos cinco años antes, y que ya sumaban varios cientos, eran prácticamente devoradas por el público
17 Dic 2017 1 12
1

UN HOMBRE DE VISIÓN DESPREJUICIADA Y CRÍTICA. Hijo de inmigrantes muy pobres, Roberto Godofredo Christophersen Arlt (que tal era su nombre completo) podía hablar de los aspectos no sólo tristes sino inclusive siniestros de la vida cotidiana de su época
Por Rodolfo Alonso - Para LA GACETA - Olivos (Buenos Aires)
En 1930 aparecía su segunda novela: Los siete locos, un auténtico clásico de nuestra narrativa contemporánea con el que obtenía el Tercer Premio Municipal de Literatura. No era mucho pero, para un escritor que no se ocupaba en absoluto de sus relaciones públicas, sino más bien todo lo contrario, implicaba sin duda una forma de reconocimiento.
La repercusión de sus crónicas de cada día en El Mundo era tan relevante que, en 1933, se las recopila y se las edita en forma de libro por primera vez. Llevan el mismo título que su columna periodística: Aguafuertes porteñas, que se volvería prácticamente legendario. Como en esa técnica de las artes plásticas a que alude su denominación, el ácido despiadado pero en el fondo siempre compasivo y tierno de su visión, naturalmente desprejuiciada y sanamente crítica, los convertía en auténticos trozos de vida, retratos de costumbres en la gran tradición de Fray Mocho y de Roberto Payró, por supuesto nada complacientes. Y que, si en aquel momento tenían la vigorosa fuerza de lo inmediato, hoy se convierten tanto en testimonio vivo de un pasado como en otra demostración de la indudable pujanza de su pluma.
Hijo de inmigrantes muy humildes, Roberto Godofredo Christophersen Arlt (que tal era su nombre completo) podía hablar de los aspectos no sólo tristes sino inclusive siniestros de la vida cotidiana de su época, porque los había conocido de cerca. Por dentro, y desde abajo. Ser hijo de inmigrantes en la pujante y orgullosa urbe en desarrollo que era entonces Buenos Aires, no sin que entre sus destellos se comenzara a filtrar también un leve pero cada vez más penetrante aroma a decadencia (1935 es el año en que Discépolo estrena Cambalache, su tango más que visionario), no sólo era arduo sino también difícil. Pero mucho más difícil y arduo cuando se trataba de inmigrantes pobres, pertenecientes a una comunidad no demasiado numerosa y que, además chocaba con las dificultades de un idioma poco usual. Su padre, Carlos Arlt, un hombre al parecer autoritario y duro, era alemán de Posnen. Su madre, Carolina Iobstraibitzer, sensible y fantasiosa, quizá un tanto enfermiza, era de la Trieste entonces austriaca.
La dirección del diario El Mundo decide, a fines de 1934, enviar a Arlt de viaje a España y África del Norte. De allí surgieron sus coloridas Aguafuertes españolas, que se iban a publicar en libro durante 1936. Pero sólo mucho después, y para mi sorpresa, pude enterarme que –durante ese mismo viaje– Roberto Arlt había visitado Galicia y enviado desde allí una nueva serie de crónicas, que se publicaron en el diario bajo el nombre de Aguafuertes gallegas. Cuidadosamente recortadas y pegadas, sin duda por el encendido fervor de algún paisano, esas páginas de hace más de medio siglo me llegaron así, fraternalmente salvadas del olvido. Y bien que se lo merecían. (*)
Porque esas Aguafuertes gallegas no son solamente un nuevo ángulo de enfoque para enriquecer nuestra visión, cada vez felizmente más compleja y fecunda, de uno de los más originales escritores argentinos. También nos sirven, además, como auténtico lazo de unión entre ambas orillas, entre ambos mundos, no sólo para conocer mejor a esa realidad porteña y argentina donde lo gallego se halla tan profundamente entreverado, como una sutilísima levadura, sino también para recordar cómo era aquella Galicia de hace ochenta años, que quizá no sabía que estaba a punto de anegarse (como toda España) en la tragedia heroica de la guerra civil.
Y hay un ingrediente más, todavía, que –-a mi modesto entender-– hace especialísimas a esas Aguafuertes gallegas. Y no es otro que el hecho de que, siendo el mismísimo Roberto Arlt, como ya dije, también un hijo de inmigrantes, estaba en inmejorables condiciones de comprender, fraternizar y evaluar (“Nosotros no valoramos al gallego por una subconsciente razón de envidia. En las tierras donde nosotros continuamos siendo pobres, él se enriquece. Si nosotros, los argentinos, tuviéramos que emigrar a Galicia a ganarnos la vida, moriríamos de hambre. Y erróneamente definimos como estolidez lo que es temperamento de hombre de acción”) a ese otro pueblo al que sólo las más difíciles circunstancias económicas y sociales (como él mismo bien lo señala) había obligado a la emigración. Y que, sin embargo, sabía amar tan profundamente a su patria de adopción como a la propia.
Textos de dos amores, también, entonces, el de la patria lejana y el del mundo recién descubierto, las Aguafuertes gallegas de Roberto Arlt se vuelven (además de sus otros, muchos, innegables valores) como un espejo antípoda donde reflejar la doble relación de los inmigrantes con nuestro suelo y de los hijos de inmigrantes con la tierra de sus mayores.
© LA GACETA
Rodolfo Alonso – Poeta, traductor, ensayista.
NOTA:
* Aguafuertes gallegas, de Roberto Arlt, edición, prólogo y notas de Rodolfo Alonso, tuvo en 1997 dos primeras ediciones simultáneas: una en Galicia, de Ediciós do Castro, y otra en Buenos Aires, de Editorial Ameghino.