11.4.16

PRESENTAN EN LA FERIA EL PRIMER LIBRO EN GALLEGO DE RODOLFO ALONSO

                                                                    


En la Feria del Libro 2016, que tiene como ciudad invitada a Santiago   de   Compostela,   se   presenta   el   primer   libro   en   idioma gallego del poeta, traductor y ensayista argentino Rodolfo Alonso,de padres gallegos e infancia bilingüe.Se trata de “Cheiro de choiva”, con prólogo de X. L. Méndez Ferrín, y publicado por la editorial gallega Barbantesa a fines de 2015. El acto se llevará a cabo el miércoles 27 de abril, a las 17, en el stand de Galicia, con la  presencia del autor en diálogo con el escritor gallego Luis González Tosar, del PEN Club de Galicia.

Más información:

http://www.barbantesa.com/choiva.html


10.4.16

Las cartas y las fotos de un poeta



Martes, 12 de enero de 2016
La Universidad de Princeton adquirió el archivo de Rodolfo Alonso
Las cartas y las fotos de un poeta

La prestigiosa casa estadounidense de estudios reunirá el archivo epistolar y fotográfico del autor de Música concreta. Incluye cartas de Augusto Roa Bastos, Juan Gelman, Drummond de Andrade, Claudio Magris, Ernesto Sabato y María Elena Walsh, entre otros.

Por Silvina Friera
@“El paraíso es un sueño animal.” Este verso del poeta y traductor Rodolfo Alonso estuvo dando vueltas en la cabeza de Juan José Saer, según le confesó al poeta en una breve carta fechada el 14 de agosto de 1979. Desde París, el francés René Ménard (1908-1980) le escribió en octubre de 1964: “Sus palabras de amistad me resultan preciosas proviniendo de un hombre que me parece dar tanto valor a la poesía como para no disolverla en el discurso y la efusión gratuita, sino por el contrario asirla y respetarla en su estado de revelación, comprender lo que ella tiene a la vez de pudoroso y de violento y saber no traducir sino su grito sin añadirse indebidamente a ella”. Cada texto, letra por letra manuscrita al tembloroso pulso de una urgencia o mecanografiada, tiene su historia. Como si en la vida consumada en las palabras florecieran las voces del mundo. La universidad de Princeton adquirió el archivo epistolar y fotógrafico de Alonso, que incluye cartas de poetas, escritores y artistas como Augusto Roa Bastos, Juan Gelman, Carlos Drummond de Andrade, Claudio Magris, Francisco Madariaga, Ernesto Sabato, Héctor Tizón, Francisco Gandolfo, Raúl Gustavo Aguirre, Jorge Teillier, María Elena Walsh y Sara Facio, entre tantos otros.
El catálogo del archivo de Alonso –disponible en la web en http://findingaids.princeton.edu/collections/C1439– se suma al inmenso tesoro documental que tiene Princeton, diversos materiales de Octavio Paz, Italo Calvino, Miguel Angel Asturias, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Ángel Rama, Julio Cortázar, Alejandra Pizarnik, Juan José Saer, Ricardo Piglia, Bernardo Canal Feijóo, Manuel Mujica Láinez, Néstor Perlongher, Witold Gombrowicz y Tomás Eloy Martínez. El poeta más joven de la revista de vanguardia Poesía Buenos Aires, autor de Salud o nada, Señora vida, Jazmín del país, Música concreta y Entre dientes, por mencionar un par de títulos de los más de treinta libros que ha publicado, cuenta que la editorial británica Salt acaba de lanzar The art of keeping quiet (El arte de callar), el primer libro de Alonso que se publica en inglés, con prólogo de Gelman. “Soy el primer sorprendido”, reconoce el poeta a Página/12.
“Debería definirme como el animal menos epistológrafo del mundo. Y de hecho, ya no escribo prefacios. Pero aquí van unas pocas líneas para su libro Hago el amor”, le escribía Drummond de Andrade desde Río de Janeiro, el 3 de enero de 1968. A continuación sigue el texto prometido: “Una poesía que no usa las palabras por la sensualidad que desprenden, sino por el silencio que concentran: así es la de Rodolfo Alonso. Poesía que intenta expresar el máximo de valores en el mínimo de materia verbal. En verdad, escribir, bajo tamaña exigencia, es un acto de vida, liberada de violencias, mistificaciones y compromisos. Tal vez la ambición de este poeta –¿cómo saber con certeza la ambición de la poesía?– sea traer a la vida de todos los días el fuego de una llaga viva de amor, ardiendo en el mayor silencio de comprensión”. En noviembre de 2009, Magris se excusa ante el poeta y los editores italianos: “Mucho me disgusta que una ceremonia universitaria en la que estoy comprometido, me impida estar con ustedes festejando la obra (Il rumore del mondo) de un notabilísimo poeta y escritor que amo mucho, Rodolfo Alonso, y al cual debo también una generosa atención, sobre todo el descubrimiento de su poesía. Una intensa, bellísima poesía, con una gran fuerza intelectual, y un gran encanto fantástico, pero llena de imágenes que van al corazón (...) Estoy contento de que Trieste lo festeje como merece”.

–¿Cómo surgió lo de Princeton: le ofreció su correspondencia y fotos, o ellos se comunicaron para conseguir los materiales?

–No podía con los recortes periodísticos de mi vida. Ni reunir y ordenar mis cartas o mis fotos. Pensé en donar todo a un ente nacional. Pero no sólo por el neoliberalismo salvaje que nos saquea deducimos que, en el país, las políticas de estado no coinciden con los cambios de gobierno. De niño vi esfumarse los adobes de la Jabonería de Vieytes para abrir la 9 de Julio. O la casa de Dardo Rocha en la calle Lavalle. Vi liquidar archivos de diarios como El Mundo o Crítica y de la galería Witcomb. Ricardo Piglia me sugirió dos universidades norteamericanas. En Princeton aceptaron mis condiciones: todo se catalogaría y difundiría en la web, y podría consultarse. Yo recibiría lo que pidiera. Mis prevenciones cedieron al recibir, como muestra, el catálogo de otro escritor argentino: el comunista Alvaro Yunque.

–¿Qué período abarca la correspondencia y las fotos? ¿Cuántas cartas y fotos hay aproximadamente?

–Debería abrirse con mi adolescencia porque me descubrí escribiendo muy temprano. Pero mi juventud y mi bohemia lograron que perdiera bastante. Lo que más siento es una larga carta de Astor Pia- zzolla acusando recibo de mi primer libro. Y otra muy similar de Rafael Alberto Arrieta, el poeta que me deslumbró con sólo dos líneas en la escuela primaria. O una foto con el poeta jujeño Raúl Galán. Digamos que el archivo de Princeton comienza un poco después, y se va raleando cada vez más a partir de 1997, cuando empiezo a utilizar la computadora. Todavía no logré contar su contenido, pero son centenares de cartas y fotos.

–¿Qué función tiene hoy el epistolario en estos tiempos tan tecnologizados, donde la escritura pasa más por los mails, las redes sociales o a través de los mensajes de textos en los dispositivos móviles que por la “vieja” o quizá “anacrónica” carta?

–He aquí una cuestión que supera los alcances de esta entrevista. Ya en 1967, Pedro Salinas comienza su libro El defensor con una visionaria “Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar”. ¿Cómo conseguir que se evalúe hoy, envueltos como estamos por la marejada digital, la diferencia entre la tecnología como instrumento que nos sirve, y la tecnolatría como fin que nos domina? ¿Cómo lograr que se perciba como carencia el progresivo abandono de la mano y del lenguaje, los elementos esenciales de la condición humana? Aún no respondimos a nuestro César Vallejo: “¿Y si después de tantas palabras / no sobrevive la palabra?” Ni pensamos en lo que dijo Georges Braque, el gran pintor amigo de René Char: “Antes, el útil era la prolongación de la mano. Con la máquina, la mano se ha convertido en la prolongación del útil”.

–¿Los manuscritos de sus poemas, sus traducciones o artículos, irán también a Princeton o se quedarán en alguna institución del país?

–No sé... José Augusto Seabra, exigente poeta y humanista portugués –exiliado político en París y graduado en La Sorbona con la primera tesis sobre Pessoa, que dirigió Roland Barthes–, embajador en nuestro país con el cual congeniamos en cuanto se contactó conmigo, me hizo notar que toda la escuela de crítica generativa de Gérard Genette, se basaba básicamente en el análisis de los sucesivos manuscritos originales: escrituras y reescrituras, cambios, correcciones, añadidos, tachaduras y hasta errores de cada escritor. Desde entonces comencé a guardarlos, cuando los había, en una carpeta algo destartalada. Esos no irán a Princeton. Todavía no tengo claro su destino.
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Antonio Carrizo, la vida y el canto



Martes, 5 de enero de 2016
Opinión

                                                                    



Antonio Carrizo, la vida y el canto



Por Rodolfo Alonso *
Con justicia se lo ha recordado. La noticia de su muerte lo devolvió a una “actualidad”, de la cual pareció estar ausente desde hace siete años. Fue cuando injustamente lo derrumbó un cruel ACV, que al parecer lo privó desde entonces de lo que más amaba: la voz y la lectura. La voz, el feliz instrumento del trabajo que quiso: la radio, sobre todo, y la vida que más le gustaba, conversar limpiamente entre amigos, incluso y hasta casi siempre ocasionales, encontrados al paso, desde el mismísimo Borges hasta el más humilde transeúnte u hombre de trabajo. Y la lectura, la secreta y profunda devoción por los libros, de los que llegó a colmar su venerada biblioteca, no sólo con la mejor literatura sino también con los mejores volúmenes, incluso como objetos, espontáneamente sagrados para él, desde los incunables o las primeras ediciones, hasta el libro aparentemente usual pero siempre cargado, para él, de un recuerdo, un testimonio, una emoción compartida, una prueba de algo.
Como ocurrió con todos, lo conocí ejerciendo su oficio, en mi caso durante un evento cultural que él animaba, y como ocurrió con todos, él supo atravesar mi timidez haciéndome el honor de recordar mi nombre, con su sonrisa como una mano abierta. A partir de allí coincidimos muchas veces, en privado y en público, y nunca dejó de encontrar un rincón para charlar a solas, apenas un momento o un rato más largo, a veces mucho más largo, alrededor de la pasión secreta que él sabía compartíamos.
Era un hombre de pueblo, de General Villegas, y un hombre de su tiempo, cuando uno lo tenía para sentarse durante horas en cafés simplemente para charlar, para dejarse estar con amigos, hablar con los amigos. Todo un linaje popular que ejercía como debe ser, como había aprendido: con limpio orgullo, y sin negar ni pavonearse de toda una intensidad cultural asumida, personificada, en todos sus niveles, desde el legítimamente popular hasta el supuestamente culto, enaltecido todo por una humildad sincera, de fondo, llana y simple. Si le decían “maestro”, como solía ocurrir, pocas veces dejaba de enseñar: “Pero cómo voy a ser maestro, si terminé apenas la primaria”.
Pero es que la cultura verdadera, la profunda, la que vale la pena, no es sino difícilmente la que emana de estrados o academias, porque es más bien la que se nutre honesta, fiel y apasionada de aquello que él supo hacer visible con el título elegido para su programa radial quizá más exitoso: la vida y el canto. La evidencia, la vivencia de una verdad que sólo puede dar la vida, la experiencia, el contacto, y a partir de allí la conciencia de la exigencia y la inocencia, de la belleza lograda y milagrosa del canto, de la poesía hecha canción, de la belleza hecha verbo encarnado, luz contagiosa, palabra limpiamente dada, con la dignidad invalorable de la mano tendida de un hombre de pueblo. Como fue y seguirá siendo Antonio.
* Poeta, traductor, ensayista.
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16.11.15

Pasión de Pasolini

Contratapa  |  Sábado, 7 de noviembre de 2015
A CUARENTA AÑOS DE SU ASESINATO

Pasión de Pasolini


Por Rodolfo Alonso *




Fue asesinado el 2 de noviembre de 1975. Ya han pasado cuatro décadas y, sin embargo, su memoria continúa tibia, encendida. Si tuviéramos que preguntarnos por lo que mantiene aún hechas brasa a sus cenizas, no tendríamos sino que acudir a una de sus propias palabras recurrentes, la que utilizó inclusive en alguno de sus títulos: pasión. Y aunque causáramos todavía la extrañeza de algún que otro extraviado en la tramoya de los géneros, ésos mismos a quienes, de vivir él, hoy, no ahorraría ninguno de aquellos urticantes epigramas suyos con nombre y apellido, esa pasión encontró su fuego y su fondo y su forma en la poesía.
          Es verdad que el ensayo, la novela, el cine, la polémica, la crítica, el panfleto, la ironía y la injuria fueron algunas de las muchas apariencias que adoptó su insobornable pasión poética, pero ¿cuál de esos textos-imágenes o imágenes-textos puede alcanzar por ejemplo la densidad cabal, la grave hondura, la dolorosa belleza de sus indelebles versos “A las campanas de Orvieto”?
          No se negó a experiencia alguna, ni se negó a ningún combate. Heredero poco complaciente de una gran literatura y de una envidiable conciencia civil, devolvió al mejor neorrealismo su contacto con las nuevas asperezas en “Accatone” o “Mamma Roma”, despabiló a no pocos clericales con su “Ruiseñor de la Iglesia Católica” pero también reintegró un profundo sentido místico y humano al mejor cristianismo con “El Evangelio según San Mateo”, supo recuperar la saludable rugosidad primitiva de los clásicos griegos en su sabroso “Edipo Rey”, teorizó siempre entre “Pasión e ideología”, fue capaz de inquietar a un comunismo ya tan poco dogmático como el italiano dialogando fecunda y libremente con “Las cenizas de Gramsci”. No dejó insulto, ofensa o diatriba sin devolver. Y se sentía fieramente orgulloso de que su propio rostro, de agudos planos cortados a pico con sólida prestancia francamente popular, le diera un parecido con Sekú Turé, entonces Presidente de Guinea.


          Vio la luz en Boloña, pero sus raíces estaban en el viento. En el viento de Italia, que es África en el sur y Europa en el norte. En el viento del cambio y del nomadismo con que obligaron a su infancia los oficios de su padre. Nació en 1922, el año de “Trilce” y del modernismo brasileño. El año del “Ulises” y de “Tierra Baldía”, el año de la muerte de Proust. Pero también el año que siguió a la represión del Ejército Rojo contra los obreros revolucionarios de Kronstadt, o el año mismo de la Marcha sobre Roma, aquella caminata ostentosa que dio pie a los veinte años siniestros del fascismo. Su estrella aparecía entonces indisolublemente ligada con la historia, vivida ya no desde las bases sino desde el subsuelo, el humus mismo y a la vez fecundo pero también contradictorio de una inestable y tornadiza frontera entre lo proletario y lumpen, que conocería de primera agua al tener que volver a “adaptarse”, en 1949, a las violentas barriadas plebeyas de Roma, donde vuelve a envolverlo un dialecto, esta vez urbano y de avería. Porque en su sangre venían bullendo los jugos agridulces, macerados, fermentados, de la lengua friulana, heredada de su madre, nacida en aquella Casarsa donde él también tuvo que refugiarse, en 1943, durante la guerra.



          Y ya desde entonces, desde 1940, antes aún de los primeros pasos en una Universidad, el joven Pasolini no sólo escribe en friulano, sino que ésta es directamente la lengua de sus primeros libros, y suya es la intentona de una Academiuta da Lenga Furlana. Si alguno llega a preguntarse de qué se habla cuando alguien hace referencia a la lengua materna, he aquí una respuesta. Y por eso la vida y la obra de Pier Paolo Pasolini están indisolublemente ligadas con la poesía. Mejor dicho, con esa encarnación de una lengua viva que es la poesía lograda.
          Porque, a la vez, qué es lo que llaman un dialecto sino la irrupción visceral, orgánica, no controlada ni regimentada, no socializada administrativamente aún, de una comunidad sumergida junto con su lengua. Lo que ello arrastra, hecho luego teoría, aunque en verso, claro, sigue y seguirá siendo para Pasolini una verdad primaria, elemental, en el mejor sentido, tan bellamente bárbara como sanamente fecunda: “Todos juran ser puros: / puros en la lengua... naturalmente: / señal de que está sucia el alma”. Y también, magníficamente: “¡La Lengua es oscura / no límpida -- y la Razón es límpida, / no oscura!”. Y más aún: “Son infinitos los dialectos, las jergas, / el pronunciar, porque es infinita / la forma de la vida: / no hay que hacerlos callar, hay que poseerlos...”.


          Asesinado en 1975, lo que mantiene vivas, todavía hoy, como decíamos, a las cenizas de Pier Paolo Pasolini, es lo mismo que lo volvió ineludiblemente poeta: la conciencia visceral, empática, de que la lengua es un organismo vivo, en combustión, activo, que gasta y que consume, que vive y muere, hecho a la vez de sublimaciones y detritus, pura y feroz materia nunca inerte, como la vida misma, gran mar nutricio y a la vez devorador, matriz y forma inevitable de lo humano, lengua viva en los hombres, de los hombres, por los hombres.


*




EL CIELO TRANSPARENTA...

El cielo transparenta un leve signo
sobre mí... Sólo es cándida sombra,
una nube. (Reconozco esa sombra,
la no dicha palabra... la herida...
Ah, mi conciencia sola como el cielo.)
El henil y las losas me devuelven
el claro azul de la luna en los ojos.
¿Quién me pone de frente con mi vida?
y ya un aire celeste de lo alto
ha alejado las nubes: ni una sombra
en el cielo desnudo.
PIER PAOLO PASOLINI
(Traducción de Rodolfo Alonso)


*


* Poeta, traductor, ensayista.


13.10.15

"La Radio Galega entrevistó a RA"


(Comunicado de prensa / Agradeceremos su difusión:)



LA RADIO GALEGA ENTREVISTÓ A RODOLFO ALONSO

Con motivo de la aparición de “Cheiro de choiva” (Barbantesa Editora, Cangas, 2015), primer libro de Rodolfo Alonso publicado en idioma gallego, la Radio Galega le efectuó la siguiente entrevista, a cargo de la escritora Ana Romaní.
Se la puede escuchar por los siguientes links:

http://www.crtvg.es/rg/destacados/diario-cultural-diario-cultural-do-dia-23-09-2015-1459726

https://www.facebook.com/diariocultural

https://twitter.com/diariocultural_

    Por su parte, Rocinante Editora ha adquirido los derechos para publicar en gallego otro libro de Rodolfo Alonso: “Tango del gallego hijo”, relatos autobiográficos.
    Como se recordará, Rodolfo Alonso es un poeta, traductor y ensayista argentino, de padres gallegos e infancia bilingüe.


2.10.15

Palabra de Pavese


Es 27 de agosto y Contratapa.

Por Rodolfo Alonso *


Piamontés universal, Cesare Pavese es sin duda uno de los más significativos escritores italianos del siglo XX. Nacido el 9 de setiembre de 1908 en el medio campesino de Santo Stefano Belbo, hijo de un secretario de juzgado en Turín, iba a concluir poniendo fin a su vida (“Palabras no. Un gesto. No escribiré más”, son las líneas finales de su indeleble diario, El oficio de vivir), en un cuarto de hotel en Turín, el 27 de agosto de 1950. Esa vida y esa obra se irían cubriendo (y los argentinos fuimos tal vez de los primeros en percibirlo fuera de Italia) de significados a la vez entrañables y nítidos, donde conviven voces ancestrales y moderna lucidez, cuya riqueza, perfección formal, perdurabilidad y resonancia permiten considerarlo un auténtico clásico.
Dueño de una apasionada inteligencia, una bella sensibilidad y una indomable voluntad de raciocinio, en pocos como en él se reunieron en su época, a la vez como evidencia estética y como testimonio intelectual, por un lado la entereza de un humanismo capaz de pensar y de intentar un mundo para todos (“en medio de la sangre y el fragor de los días que vivimos va articulándose una concepción distinta del hombre. El hombre nuevo será puesto en condiciones de vivir la propia cultura y de reproducirla para los otros, no en abstracto, sino en un intercambio cotidiano y fecundo de vida”). Junto a ello, la devoción por una belleza que no se niega a ninguna verdad, por aparentemente oscura que parezca (“La fuente de la poesía es siempre un misterio, una inspiración, una conmovida perplejidad ante lo irracional, tierra desconocida”). En esa tensión, que no supo dejar fuera a su propia vida, alcanza una hondura y calidad especialmente tocantes. Y aunque el suicidio parece constituir el broche de la angustia, una tozuda, lúcida y fecunda voluntad de vida, de belleza y de trabajo emerge limpiamente de sus palabras.
         Su juventud creció con el fascismo, que lo arrestó el 15 de mayo de 1935 y lo confinó, como opositor político, en Brancaleone Calabro, de donde volvió en marzo de 1936. Pero no cambiado. A la bochinchera y grandilocuente cultura oficial del fascismo supo enfrentarse, lúcidamente, como su impar compañero de generación, Elio Vittorini, con la traducción y el análisis crítico de la gran literatura norteamericana. Heredero de un mundo campesino que nunca cesó de nutrirlo, su primer libro, Trabajar cansa (Solaria, 1936, con reedición aumentada de Einaudi, 1943), es un nuevo ciclo abierto y cerrado por él en la poesía italiana moderna, tanto como una revisión exhaustiva de ese mundo natal, lleno de atavismos que, a pura luz de razón, se convierten en auténticas iluminaciones. Y ese mundo está siempre presente en su gran narrativa. Y hasta en sus resplandecientes ensayos, donde la percepción del claro espacio mítico que es el campo, la viña, el bosque, la sangre, la noche, los astros, se convierte en alimento de esclarecedoras conclusiones.
         Llegó a triunfar en Turín, la gran ciudad de sus sueños de infancia, como intelectual y como artista: pudo ser director literario de la prestigiosa editorial Einaudi, y poco antes de morir recibió el consagratorio Premio Strega. ”Narrar es como nadar”, supo decir, aludiendo a los ritmos combinados con que el nadador desplaza su cuerpo en el agua, y también “Narrar es monótono”, por supuesto en el sentido de la insistencia, de la persistencia en un tono, en un clima, que nunca es puramente verbal aunque está hecho de lenguaje. Las palabras de los hombres a las que supo aludir cálida y sabiamente como “esas tiernas cosas, intratables y vivas”.
         Ítalo Calvino advirtió lo imposible de imaginar hacia dónde habrían llevado a Pavese las inquietudes etnográficas y antropológicas que lo apasionaban. Y percibió su compleja y angustiada personalidad, esa voluntad de razón iluminista que sin embargo no abandona una temblorosa auscultación instintiva. Mucho de ello se advierte en los inteligentes y lúcidos ensayos que reunimos y tradujimos con Hugo Gola, no mucho después de su muerte, con el título de El oficio de poeta (Nueva Visión 1957), donde en El mito escribe: “Antes que fábula, casi maravilloso, el mito fue una simple norma, un comportamiento significativo, un rito que santificó la realidad.  Y fue también el impulso, la carga magnética que pudo, ella sola, inducir a los hombres a realizar obras.”
         Hay en todo Pavese la felicidad del trabajo consumado, esa satisfacción por el logro tras el esfuerzo, pero también la insatisfacción permanente ante el vacío posterior, ante la incapacidad de volver a colmarlo o el temor de no lograrlo. A ese vacío aludió como uno de los motivos de su suicidio, y aunque nunca lo sepamos con exactitud (¿quién podría?), se hace imposible no advertir que el hombre capaz de realizar en sólo 42  años de vida una obra semejante, difícilmente estuviera terminado como artista. El mismo que, horas antes de tomar una trágica decisión, escribía en su diario: “Mi parte pública la he hecho –lo que podía--. He trabajado, he dado poesía a los hombres, he compartido las penas de muchos.”
         No pocas veces reiteró Pavese que consideraba a Diálogos con Leucó “la cosa menos infeliz que yo haya escrito”. ¿Cómo no coincidir con él ante esos diálogos de transido lirismo y honda resonancia, que logran el casi milagroso resurgir, como una moderna fuente de vida, de los fundacionales mitos griegos? Y recordemos que ese libro quedó abierto junto a su lecho, en el cuarto de hotel donde se suicidó. Que su palabra fue escuchada, lo probaron tanto su persistente repercusión como la estima de sus contemporáneos. Emilio Cecchi lo dijo quizá mejor que nadie: “Reconozcamos, una vez más, que de su generación Pavese fue de los espíritus no sólo artísticamente más dotados, sino, en el conjunto de todas las facultades, intelectual y moralmente más ejemplares.”






* Poeta, traductor, ensayista.



 "Página/12"  27 de agosto de 2015


VIVIR ES ROTUNDO

RODOLFO ALONSO: VIVIR ES ROTUNDO


Por Jorge Monteleone


Lengua viva
Poesía reunida 1968-1993
Rodolfo Alonso
Eduvim, Córdoba, 2014


         Hace mucho tiempo que la vida acontece en la poesía de Rodolfo Alonso. Hace mucho tiempo que la vida aparece manifiesta en la poesía de Rodolfo Alonso, como si la poesía misma fuera el sentido intrínseco de la vida, o como si la vida tuviera su ser implícito en la lengua poética que la vuelve viva. No porque la vida no sea redundantemente viva, sino porque la vida vive como un incremento de sí misma en la medida en que es nombrada. Pero a la vez el que nombra es el poeta, que vive y posee un cuerpo que la vida atraviesa: así la vida respirada es también la vida como nombre y hálito, como si cada palabra fuera una respiración. La vida es vida porque se vuelve palabra, pero se vuelve palabra porque alguien la vive nombrándola. “Hablar ---escribe Rodolfo Alonso--- es la riqueza de mi cuerpo”, “Una palabra emerge / crece vibra / y ocupa su lugar / en el espacio // Pero en el centro / ávido / de ese espacio / que la irisa / y que la hace / enriquecerse / no hay sino cuerpo // Cuerpos / que irrigar, no / enrigidecer”. Así la palabra encarna la vida y la vida es palabra encarnada. La palabra encarnada no como verbo divino, sino como testimonio. La palabra es lo que la vida atestigua, el modo en el que la vida misma se vuelve testimonio. Y lo que testimonia es lo que vive viviendo en la palabra que un cuerpo nombra
         La poesía es entonces lengua viva ---el nombre de esta compilación--- en cuanto la vida se torna poesía. Escribí hace unos años que la vida es el espacio donde la poesía de Alonso tiene lugar. “Tú confirmas la vida con tu voz” escribió en su primer libro. La vida confirmada en la voz es para Rodolfo Alonso la voz poética. “La gran vida” es el título de un poema de su segundo libro. La gran vida es para Alonso esa suplementariedad, esa exageración de lo vivido que se halla en los hechos transfigurados en el poema. “La vida no da más de lo que se le pide” escribió en el tercero. Y lo que Rodolfo Alonso le pide a la vida es el poema. Tituló a su antología de 1952 a 2008: La vida entera. El primer libro incluido en Lengua viva se llama Señora Vida (1979). No me parece, decía, un lugar común ni una casualidad. La noción de vida lleva al poema de Alonso el acontecimiento. La poesía de Rodolfo Alonso es una poesía donde lo que acontece, lo que se halla pendiente del tiempo, se transforma, por vía poética, en un acontecimiento. Por eso su poesía produce un curioso efecto: los poemas parecen a la vez un artefacto, es decir, un objeto más agregado al mundo donde el artificio es ostensible ---es decir, se halla alejado de la vida--- y a la vez tienen el aire casual de aquello que simula un jirón del mundo, un fragmento dicho al pasar, como si fuera un diario ---lo periódico, la circunstancia elevada a una categoría epifánica. La vida es lo que acontece y como tal se transforma en una presencia insoslayable, que el poeta de pronto, ve.
         En “La canción de las hojas”, del segundo libro de esta compilación, Sol o sombra (1981) se lee: “Vida que se desvive / por vivir, vida viva, / maravilla sedienta / coronada de ecos. // Cada murmullo late / atento a cada hoja, / silencio suspendido / por una boca eterna”. Pero me interesa un contraste no dicho en ese libro. Los poemas incluidos están fechados entre 1979 y 1981. Es decir fueron escritos durante la dictadura argentina más sangrienta de la historia. La poesía argentina no sólo es testimonio de la vida, sino un síntoma de la historia. Y en ese libro hay inflexiones que dicen ---como lo hicieron todos los poetas de la época--- lo que no se puede decir. Hay un poema muy breve, “Soy escrito”, que reza: “Escribo soy escrito / lenguaje mi país  // Me baño en una lengua / donde se lava el mundo. ¿Cómo era posible escribir poesía en esos años? ¿Cómo era posible escribir, lo dije muchas veces, con una lengua culpable? Del único modo en el cual la poesía puede tener lugar. Si no puede tomar la palabra del desaparecido, hablar por él ---un ejercicio de la vergüenza, como pensaría Agamben, ser testigo en la medida en que hablo por otro que no está--- al menos saneará la lengua, la poesía escribe al sujeto y al país y en ese escribirse lava el mundo, como las aguas lustrales de un origen o un bautismo. Usa la lengua para nombrar lo que está interdicto, usa, con la lengua oral de su país, lo que no existe, como en “Oratoria de un hombre confuso”: “La libertá es redonda / fecunda indeseable nutritiva / pequeña amartillada // La libertá es temible // La libertad se ve como se palpa / rugosa primitiva // La libertá andrajosa / en la penumbra desollada”. Y si la poesía es la vida, lo que es en la medida en que puede decir la palabra libertá en la lengua materna en medio de la penumbra desollada. Y si la poesía sólo puede encarnarse en un cuerpo, lo que nombra en la penumbra es un cuerpo desollado. La poesía es así luz para la sombra ---así se llama el libro: Sol o sombra---, la poesía es disyunción respecto de la sombra. Sol: “recuerdo con auténtico dolor tanto garguero hendido, tantas vísceras víctimas de su llama, tanto hígado corroído por el vino común, tanto viento pasado. Y el sol, feroz, cuartea la tierra. Y esas hojas que vuelan en la brisa contra el opaco cielo ni siquiera dan sombra” se lee en “Discépolos”. Pero también la poesía es testimonio de la sombra y puede leerse solo sombra. Así la poesía cuando nombra lo que ella no es también es un ejercicio nutricio de resistencia: la poesía como negación. Dedicado a Herman Melville, que hacía decir a Bartleby que preferiría no hacerlo, en este libro el poeta dice NO, afirma el NO: “Afirmarse en el no, ahondar el no, pulirlo, el no limpio de polvo y ambición, el positivo no, el no pequeño atronador, cara de hombre, altura de hombre, tan vivo como un álamo, un arroyo, una foca”. Ahora el NO es la afirmación de la vida, el no del poema hace la vida sustantiva en nombre de la libertá. En el tercer libro, Jazmín del país, la poesía aparece como lo contradictorio: “Bajo el bárbaro cielo / la despiadada noche // Los rescoldos del miedo / inspirando al horror // Comidos digeridos / por la ávida nada // El ojo insobornable / que tiembla en el vacío”. La poesía como el ejercicio soberano contra la muerte, como esos dos versos puros levantados del poema “Anti-funeral”: “Fiera vida feroz / y ferozmente amada”.
         En la poesía de Rodolfo Alonso el vivir es rotundo, la libertá es redonda. Esa palabra rotundo, también es redonda y tiene la misma raíz: redondo es lo que también rueda, rota, lo que circula, lo que se mueve, muta, avanza. El no progresista es aquello  que no afirma la inmovilidad, lo que está quieto: “Estaba yo tan hondamente / desorientado y angustiado, / desanimado y aún confuso, / que alguien me dijo: “Quédate / quieto y sólo deja, / oye a la vida fluir en ti. // ¿Pero es que entonces fluye / la vida, todo fluye / y ha de quedarse quieto uno?” pregunta un poema del primer libro, “En el mismo río”. La respuesta es la propia poesía de Rodolfo Alonso. La poesía de Rodolfo Alonso es profundamente dinámica, pero como manifestación orgánica de la vida mutable. Y si esos poemas escritos entre 1968 y 1979 reconocían la vida hasta en la muerte, los poemas de los dos libros siguientes, Jazmín del país y Música concreta son la manifestación yo diría la asunción de la potencia poética. No se trata sólo del vivir rotundo, sino de la vida poética misma, de la capacidad de vivir poéticamente. La poesía, no como una moral, sino como una ética. Pero no se trata de una ética referida a la institución de lo social, aunque se manifieste en ese espacio, que es el espacio de intercambio simbólico de la palabra. Se manifiesta en un mas allá de la lengua que es otra vez el espacio de manifestación de la vida: es la vida en el mundo. La poesía nombra la vida encarnada en el mundo. Y al hacerlo ilumina súbitamente las caras, como la de Espartaco, en el agon de la libertad: “Por un momento / el preciso relámpago / rasga esta selva oscura // Alumbra un rostro de hombre / ojos de un fuego inmenso / el momento preciso”.
         Así el poeta atestigua la vida que acontece como un relámpago en la redención del instante.”Immortale é chi accetta l´istante” es el epígrafe de Pavese que cita Alonso en el poema “Pavese como Ovidio”. Ese instante, que relampaguea en la historia, es aquello que la poesía va a nombrar incesante. Y en ella, en la voz y la palabra, pasa así todo el mundo, y pasan también las cosas ardidas, y el fresno y el ave: pasa también el nombre de todas las cosas, como incandescencias, como fuga estelar, como reverberación y rumor. No hay olvido en la poesía aunque sea olvidada e ignorada, como le reza al Leteo: “Intensa invicta insomne / inquietante invisible / invasora invadida”. Y ese nombrar es colectivo, nunca individual. Rodolfo Alonso sabe que al nombrar el árbol, como el joven fresno, nombra también el coro de las voces que miran, donde se halla la huella de la vida: “Fiel rastro de lo vivo / primavera insaciable // El joven fresno estalla / y alguien cree que resurge // ¿En el cuerpo del habla / florecerán las voces?”. La poesía en la vida se despliega en el mundo a través del nosotros:

¿NOSOTROS?

nos otros
nuestros otros
nosotros somos otros
somos el otro nos
somos el otro
somos el otro nuestro
el otro es nos
el otro es nuestro
no sin otros
nuestros
nuestros nos
nuestros nosotros
nuestros otros nosotros

no es otros
nuestro otro

el nos es otros
en el desierto refulgente
estrepitoso y trepidante
en el lago de sed
en el hambre lujosa
la tumba sin silencio


El libro Música concreta renueva esa profesión de fe, pero por algo que nos conmueve y nos convoca. La vida del poeta Rodolfo Alonso. Todos podemos atestiguar que la vida de este poeta es la de una vida poética, que su vivir rotundo es una vida dedicada a la poesía. La música se vuelve concreta en este cuerpo que la profirió: la vida es así corporal y personal, halla en el nombre de Alonso una de sus encarnaciones. Rodolfo Alonso, como el sujeto de su poema, “Ha dicho”:

HE DICHO

A la sombra del miedo
ante los vastos rumbos
bajo cielos gigantes
he dicho

Con muchísimo gusto
contra la inmensa muerte
de una cierta manera
he dicho

Desde el lugar común
en medio de la lluvia
entre tanto entre todos
he dicho

Hacia los grandes vientos
hasta que el día llegue
para ser uno mismo
he dicho

Por hacer compañía
según ruedan los astros
sin pensarlo dos veces
he dicho

So pena de penar
sobre las propias huellas
tras las huellas de muchos
he dicho

Así el poema predica y se predica atravesando el vacío, el desierto, incluso la nada. Así el poema reproduce en el tiempo la vida vivida como rumor del mundo. Arroyo, río, yo: el tiempo que fluye en la vida del poeta se arremolina en el poema como una piedra, o como el guijarro que se vuelve perla en la ostra. Esa voz que es de todos y de nadie, que es la voz de la vida y el rumor del mundo, atraviesa el cuerpo del poema y al decirla, se dice: “Es una voz de aliento, que se siente muy cerca y llega desde lejos. Hija del cielo y de la sierra, de las ramas y del agua, de la piedra y el pájaro, en la ciudad ajena y estruendosa, inhóspita e indócil, se hace un íntimo río que nos impregna y transcurre desde siempre, en la mirada y su memoria.”
         Ese vivir rotundo halla en el cuerpo del poeta el tiempo como un hiato: el poema de cada poeta obra en ese hiato de la vida con fondo de muerte. Todo poeta sabe íntimamente que su ejercicio adamantino contra la muerte es una garantía de que un día su voz de vida será la voz de un muerto, y ese fantasma todavía proferirá la vida, la vida misma, toda la vida clamando en el desierto. Esta poesía es el aquí y ahora de todos los tiempos, los mundos, en el nombrarse a sí misma de la vida en el poema. Cada poeta, todo poeta, Rodolfo Alonso, dirá como en el poema “Entretanto”: “He conducido mi cuerpo hasta aquí / Lo que me ha conducido ha conducido // Me ha conducido mi cuerpo hacia mí / Me ha conducido la muerte hasta mí”.

         Y, con esa condición inexorable de cada palabra encarnada y dicha, con la sabiduría de advertir que “Todavía / hay sol, dioses y olvido”, asimismo Rodolfo Alonso dice el extraordinario poema “Tormenta de Qumrán”, llega del desierto la evidencia desmesurada del viento, llega esa palabra del viento como una borrasca, llega una palabra de la vida como algo santo, el verbo que se hace carne incesantemente en la duración del mundo, la vida que se empecina, la alegría del habla: “Del viento del desierto, saludable, / incómodo, inmortal, sólo podía / esperarse algo santo: el espesor / ácidamente vivo de la verdad / desnuda”.