14.4.15
DEFENSA DE LA POESÍA
9.4.15
Jueves, 9 de abril de 2015
Publicaron la poesía reunida del autor y traductor Rodolfo Alonso
Epifanías de un poeta verdadero
La bellísima edición de Lengua viva se presenta hoy a las 18 en la Librería Universitaria, con el escritor y crítico Jorge Monteleone. A los 80 años, Alonso sigue sintiendo que es el mismo poeta que aquel que empezó a escribir.
Alonso había recibido el año pasado el Premio Rosa de Cobre, otorgado por la Biblioteca Nacional.
Por Silvina Friera
El llamado de la poesía irrumpe con una vibración arrolladora. Cómo impedir, por cualquier medio, que la más mínima parcela de realidad no se infiltre por alguna hendidura. Hay un joven de 13 o 14 años –la escena del recuerdo es nítida pero imprecisa en la cronología– que hacia fines de la década del ’40, un día de lluvia escribe, en pocas líneas, el principio de su itinerario poético: “Largos cuchillos de acero/ rasgan un paño ceniza.// Lejos, el horizonte agoniza...” Mucha agua ha corrido y corre por el río de la vida del poeta y traductor Rodolfo Alonso, “un poeta verdadero” –en palabras de Juan Gelman– que “ve la palabra ajena y la alberga, la transforma, la calcina para devolverla limpia al otro”. Muchos versos de sus poemas orbitan en el planeta diverso y único que despliega Alonso: “Yo canto/ lo que se me canta// Lo que canta/ se canta...” “Una tormenta limpia el cielo/ de la noche// Una tormenta/ limpia mi corazón...” “Yo no hablo/ para nadie// En el vacío/ es imposible respirar.” Cuántas epifanías concentradas que se quedan en las pupilas de la memoria: “De espaldas/ con la muerte/ no hay vida/ que no sea/ inaudita”. La bellísima edición de Lengua viva –su poesía reunida 1968-1993, publicada por la editorial cordobesa Eduvim– se presenta hoy a las 18 en la Librería Universitaria (Lavalle 1601) con el escritor y crítico Jorge Monteleone.
“Decir que Rodolfo Alonso es el mago de los poetas argentinos –y uno está tentado de decirlo cuando lee sus versos– es una afirmación peligrosa”, plantea Jorge Santiago Perednik (1952-2011) en el prólogo de Lengua viva, que reúne cuatro libros: Señora Vida (1979), Sol o sombra (1981), Jazmín del país (1988) y Música concreta (1994). “Llamarlo mago (...) quiere decir otra cosa: que todo lo que sus sentidos alcanzan, todo lo que su mente idea, se vuelca en el papel transformado en poesía. No saca conejos, no usa galera, pero tiene una varita mágica que alcanza las cosas y genera sobre ellas un efecto de reconversión poética.” Perednik –también poeta y creador de la revista Xul que murió tempranamente– subraya que la realidad política “tampoco escapa a la magia del poeta”. Y cita como ejemplo el poema “El rey está desnudo”, de 1979, escrito en plena dictadura militar: “Hay sombras allá afuera/ Algo horrible sucede/ Tuvimos hambre y frío/ También tuvimos miedo/ Nos agarró un temblor/ Nos agarró la noche/ La noche es muy oscura/ Las cosas están claras”. Al final de este elogioso texto, el prologuista afirma que Alonso “juega a ser todos los poetas; su estilo, a ser todos los estilos”.
El poeta más joven de la revista de vanguardia Poesía Buenos Aires editó su primer libro Salud o nada en 1954. Desde entonces se ha deslizado por la triple vertiente de la escritura poética, el ensayo y la traducción de poetas y narradores fundamentales como Fernando Pessoa, Cesare Pavese, Giuseppe Ungaretti, Paul Eluard, Marguerite Duras, Antonin Artaud, Eugenio Montale, Carlos Drummond de Andrade, Jacques Prévert, Pier Paolo Pasolini, André Breton, Charles Baudelaire y Manuel Bandeira, entre otros. “Diáfana, la poesía de Alonso, de más de cincuenta años de producción, muestra una rara coherencia, una unidad de registro tal que la datación pierde sentido, no se siente más fuerza o menos fuerza en los poemas según cuando se escribieron, si en la postadolescencia –Alonso comenzó casi niño a escribir– o en la reposada madurez, ya en la plena lucha por el lenguaje poético en un Buenos Aires sobresaltado por la realidad y por la poesía –analiza Noé Jitrik–. De un poema a otro reaparecen en toda su hondura los temas permanentes, como ilustrando la vieja teoría pascoliana acerca de que en el poeta el niño que fue permanece alojado, invulnerable al desgaste, en el corazón de su imaginario, con toda su pena, con toda su extrañeza. Correlativamente, el tono permanece, ha sido hallado y sigue alentando nuevas imágenes que las primitivas recuperan y cuya fuerza sigue alentando y haciendo surgir otros poemas.”
“Supongo que para los editores es más fácil publicar mi poesía por partes que hacer un bloque tan grande con todos mis libros juntos –comenta Alonso a Página/12–. A mí no me convence la idea de poesía completa o reunida porque se termina armando un libro tan grande que ni podés llevarlo a la cama.” El poeta advierte que los poemas políticos que señala Perednik en el prólogo “tienen legitimidad cuando nacen de una experiencia, no de un propósito o una intención”, porque nunca hubo ni habrá programa o plan, más allá de los treinta títulos que publicó –Entre dientes, El arte de callar y Poemas pendientes, por consignar apenas algunos libros de una larga lista– y los reconocimientos que recibió, como el segundo Premio Nacional de Poesía (1997) o el Premio Rosa de Cobre, que le otorgó la Biblioteca Nacional el año pasado. Extrañamente, o en realidad honradamente, continúa sintiendo que a los 80 años es el mismo poeta que al comienzo, aquel que trazó las primeras huellas de una pasión inextinguible un día de lluvia. “De repente, al recordar a Juan (Gelman), me di cuenta de que Lengua viva es el primer libro que no puedo enviarle”, dice el poeta con la emoción a flor de labios.
–Hay dos libros incluidos en su Poesía reunida que fueron escritos y publicados durante los años más oscuros del país. ¿Cómo fue escribir poesía durante la última dictadura?
–Uno escribe en secreto, escribe como para uno, pero al mismo tiempo la poesía circula de maneras muy misteriosas... Yo no pienso mucho, como siempre digo, la poesía me ocurre y se ve que tenía una sensación muy viva de dolor, de angustia, una especie de “asfixia moral”, como dijo Eugenio María de Hostos cuando se suicidó en otro país y en otro momento histórico. Las fechas de los poemas abarcan desde la dictadura de (Juan Carlos) Onganía y llegan hasta los comienzos del proceso. Uno de los primeros poemas es “Pobre país”. Lengua viva me atrae como título. La poesía es la lengua viva, no sólo en el sentido de que no es una lengua muerta o congelada, que no se habla, sino que es una lengua que está encarnada con la vida y la vida está encarnada en esa lengua. En el castellano usamos la misma palabra para designar el idioma –la lengua– y también el órgano con el cual se habla esa lengua. Entonces Lengua viva para mí tiene muchas resonancias. La poesía es lengua viva en el sentido de que es una lengua que está en circulación y al mismo tiempo es una lengua viviente que está enraizada en la vida y su esencia es estar en la vida y defender la vida.
–¿Por qué aparece tanto la lluvia en su poesía?
–La primera vez que escribí fue a los 13 o 14 años y fueron tres líneas muy cortas sobre la lluvia que entonces me rodeaba. La lluvia me toca hondo. Las flores y las hojas después de la lluvia me conmueven y eso aparece mucho en mis poemas. Un poeta gallego me dijo que en Galicia llueve cien días al año, así que puede ser que la cuestión de la lluvia venga de mis ancestros. Todos mis antepasados son labradores gallegos, según descubrimos con un primo. No siempre llueve en mis poemas porque también hay mucho sol, mucha mañana y mediodía también. Rilke dijo que la patria del hombre es su infancia; la primera vez que vi llover, para mí –primer hijo de una familia de inmigrantes que nací acá– Buenos Aires era como Babel, un lugar donde se hablaba todas las lenguas del mundo. Yo tuve que descubrir la ciudad de niño. Al principio la sentí levemente agresiva, diría que hostil. La lluvia, sin embargo, me devolvía un clima de confraternidad, como un aura. Juan L. Ortiz le puso a su obra completa En el aura del sauce, lo mío podría ser “En el aura de la lluvia”. La lluvia me permitía sentir que había una relación de fraternidad con los otros.
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31.3.15
26.1.15
La luz y las cenizas
Domingo, 18 de enero de 2015
La luz y las cenizas
Por Jacques Ancet
El final del año 2013 y el comienzo del 2014 fueron para mí muy sombríos. La enfermedad o los decesos sucesivos de personas muy allegadas me afectaron profundamente y como reacción a las sombras de la desgracia, se me impuso una sucesión de textos breves, pequeños ejercicios de palabras, como para respirar mejor. Muy pronto surgió el título, La luz y las cenizas, que manifiestamente se refería –claridad y tinieblas– a las contradicciones de la vida. En esos momentos, el 14 de enero de 2014 me llegaba la noticia de la muerte de Juan Gelman, al que sabía muy enfermo. Novedad tanto más conmocionante porque acababa de recibir de él, algunas horas antes, en respuesta al mail que yo le había enviado, un mensaje conmovedor, el último que debió de escribirme.
En ese torbellino de ausencias, la de Juan jugó un rol de catalizador: su gran figura empezó a emerger de toda esa oscuridad, al mismo tiempo que frases, fragmentos de versos, daban a algunas estrofas ya escritas un sentido y una tonalidad que iban a desembocar en esta “milonga”. Poco a poco el poema se convirtió en un dúo de voces –la mía atravesada por la de Juan– a las que vino a reunirse muy pronto la del gran poeta y traductor Rodolfo Alonso, también amigo de Juan, a quien, ante el dolor por la pérdida y para compartir el sentimiento, le había enviado una primera versión del poema que inmediatamente me propuso traducir.
¿Había manera de ser más fiel a la voz de Juan que en este trabajo polifónico –este concierto de voces– que siempre habitó su poesía? Poesía a la que el amor, la ternura y la amistad han dado la incomparable profundidad humana que es la suya.
Traducción de S. C.
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22.1.15
Don Quijote no se toca
Don Quijote no se toca
Por Rodolfo Alonso *
De veras, es el colmo. El colmo de la insensatez
y del doble sentido. Y es también, al mismo tiempo, una clarísima evidencia.
Una evidencia flagrante.
Que
la autoerigida Real Academia de la Lengua, a quien nunca votó nadie y que osó
acuñar para su lema aquello de “limpia, fija y da esplendor”, haya decidido
encomendar a uno de sus miembros, novelista de aventuras, una poda ortopédica
de la obra magna del idioma, nada menos que el Quijote, con el supuesto
objetivo de conseguir que los reacios educandos y los escasos lectores,
atosigados por la suprema banalidad de las pantallas, se animen así a abrir sus
páginas, no tiene desperdicio.
¡Qué
sátira sutilmente despiadada no arrancaría esta noticia al más que agudo
madrileño Larra! ¡Qué nueva veta para el Ubú de Alfred Jarry, gema del humor
negro! ¡Qué aguafuerte vitriólico no despertaría en nuestro nada complaciente
Roberto Arlt!
Cada
escritor galardonado con el Premio Cervantes se veía, hasta hoy, sutilmente
obligado a intentar una enésima canonización del paradigma de la lengua: Don
Quijote de la Mancha. ¿Cómo podrán encarar desafío semejante a partir de ahora?
Es decir, ¿cómo intentarlo sin sentir que la cara se les afloja de vergüenza?
Porque
lo que viene a reconocer paladinamente, a sabiendas o no, semejante desatino,
lo que viene a poner de manifiesto no es que el texto del Quijote haya
cambiado, sino que lo que ha cambiado es el contexto en que nos ha hundido
hasta el fondo la sociedad globalizada de consumo, la tecnolátrica sociedad del
espectáculo, única responsable de que resulte arduo, yermo, dificultoso el
acceso a las alegres y luminosas páginas de un libro, ejemplar si los hay, que
no consiguió sus primeras glorias ni en academias ni en salones, sino entre sus
dignos contemporáneos iletrados del pueblo llano que, formando un círculo
expectante en ventas y mesones de La Mancha, se deleitaban una y otra vez
oyéndolo leer en alta voz a un parroquiano letrado.
(No
olvidemos, al pasar, que algo muy semejante ocurrió entre nosotros con las ya
celebradas ediciones iniciales del Martín Fierro, hoy esquivo al parecer para
nuestros estudiantes pero que, recién nacido, desde lejanas pulperías de la
pampa reunió en coro subyugado a tantos paisanos no alfabetos, que lo bebían con
placer oyéndolo, una y otra vez, de los labios de algún gaucho lector.)
Y
pensar que, en mi temprana adolescencia, nos sonreíamos sobradores de aquellas
Selecciones del Reader’s Digest, por otro lado exitosa versión local de ese
engendro primario de la cultura de masas norteamericana, con material tan
predigerido que cada número culminaba con la versión, fieramente abreviada, de
un best-seller. Y con tal repercusión que llegó a procrear, entonces, una
similar aunque antónima Selecciones Soviéticas.
Pues
“hoy la censura es el mercado”, como dijo hace ya tiempo George Steiner, uno de
los últimos grandes humanistas europeos. Y por si no fuera suficiente, en una
entrevista de Le Nouvel Observateur poco antes de morir, en 1998, reiteró el
mexicano Octavio Paz: “Tocqueville vio eso bien. Habla de una vulgarización de
la vida democrática y hasta de una incompatibilidad entre la poesía y la
democracia moderna. La cuestión subsiste. Se habló del desastre del
autoritarismo, sería preciso hablar del desastre del capitalismo liberal y
democrático, en el dominio del pensamiento como en el de la vida cotidiana; la
idolatría del dinero, el mercado transformado en valor único que expulsa a
todos los otros”.
Realmente,
no hay palabras. ¿Quién saldrá a respaldar, ahora, al ingenuo, infinito,
sensato y único Don Quijote? Pues ningún otro que él mismo. Porque en el
memorable capítulo sexto donde se trata del meticuloso escrutinio que, de la
biblioteca del protagonista, hacen dos amigos de su aldea, sin duda un
maravilloso ejemplo de la más acerada e ingeniosa crítica literaria, Cervantes
pone en boca del cura entre inquisidor y adicto estas agudas conclusiones: “y
lo mesmo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra
lengua: que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás
llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento”.
Tras
de lo cual sólo me restaría agregar, no sin satisfacción y acaso en el aire de
Sancho: si al mismísimo Cervantes le resultaba imposible imaginar que se pudiera
traducir siquiera un gran poema de una lengua a otra, ¿cómo podría atreverse
hoy Academia alguna a desmentirlo, no ya traduciendo sino tronchando, en la
carne palpitante de su texto, a su creación?
Porque
una gran obra literaria, un verdadero libro, cuando se logra es un ser soberano
y autónomo de lenguaje vivo, orgánico, con su estructura, aliento, respiración,
densidad, tono, timbre, ritmo. Y, por lo tanto, intocable, inalterable.
Sagrado. Como toda vida.
*
Poeta, traductor, ensayista.
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18.1.15
Domingo, 18 de enero de 2015
MILONGA PARA JUAN GELMAN
Los poemas dedicados a Juan Gelman por Jacques Ancet, su traductor al francés, fueron escritos entre el 13 y el 30 de enero de 2014, inequívocamente ligados al impacto por la noticia de su muerte, de la que acaba de cumplirse el primer aniversario. Publicado recientemente por Alción, Las cenizas y la luz –y publicado también en París por Caractères, bajo el título de La lumière et les cendres– cuenta con traducción y prólogo de Rodolfo Alonso. Todas formas de un duelo que a partir de una amistad de voces, no excluyen la felicidad del trabajo con la palabra, la rigurosidad, la alegría y la convocatoria de la luz.
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Por Susana Cella
La primera noticia que Jacques Ancet –poeta, ensayista y traductor francés nacido en Lyon– tuvo de la poesía de Juan Gelman fue en los años setenta mediante las grabaciones del Cuarteto Cedrón. En la década siguiente, el poeta español José Angel Valente, que figura en la lista de quienes fueron sucesivamente traducidos por Ancet (no sólo autores del siglo XX y contemporáneos como Vicente Aleixandre, Jorge Luis Borges, Luis Cernuda, Antonio Gamoneda, Ramón Gómez de la Serna, Roberto Juarroz, Alejandra Pizarnik, Xavier Villaurrutia, María Zambrano; sino también clásicos del Siglo de Oro: San Juan de la Cruz, Quevedo, Góngora), le dio a leer Citas y comentarios. El libro deslumbró a Ancet tanto por las referencias a los místicos españoles (interés y admiración que compartía con Gelman y Valente) como por todo lo que allí había en cuanto al diestro manejo de la lengua castellana en diversas vertientes –idioma en formación, lengua barroca, habla rioplatense– configurando esa expresión poética que indagaba en los meandros de historia del idioma en busca de la palabra sustraída y silenciada para convertirla en asilo y reconocimiento, en el lugar del antiexilio rescatando todas las voces, y entre ellas, como el propio Gelman dijo, las zonas exiliadas del idioma.
Pudo ver Ancet de qué modo Gelman recuperaba e integraba a su propia escritura desde lo que aparece como el nacimiento de nuestra lengua castellana –lo que se vería luego profundamente marcado en Dibaxu– y devenir, en esas voces múltiples que atestiguan el espesor temporal de las palabras y sus tránsitos espaciales, en un movimiento que va contra el olvido, resucitando sentidos. Ancet recurre para definir estos procedimientos a una expresión de José Lezama Lima, “poesía para la resurrección”.
Citas y comentarios fue para Ancet “una poesía de una intensidad impresionante y, sobre todo, un trabajo de referencias a los místicos de los cuales me ocupaba al mismo tiempo que traducía a Valente, quien recoge también esa herencia”. Una genealogía que no le era desconocida a Ancet dada su especialización en el castellano como lector y profesor en la Universidad de Sevilla. A lo que cabe agregar que, además de su empeñada tarea de traductor es autor de numerosos libros de poesía, narrativa y ensayo, que fue publicando sin solución de continuidad desde los años setenta a la actualidad.
Poco antes de la oportunidad de encarar Citas y Comentarios, Ancet había estado trabajando en la traducción de San Juan de la Cruz, y según su experiencia, el pasaje de un poeta al otro –de San Juan a Juan Gelman– o, en sus palabras, “del místico revolucionario” al “revolucionario místico” se dio “naturalmente”, como declara para señalar una suerte de nexo que reafirma la propuesta planteada por Gelman respecto de los poetas que incluye en sus Citas, o sea, el establecimiento de un diálogo posible, de una continuidad marcada por la palabra y la experiencia vital. Pero, además, Ancet va a evidenciar una común sensibilidad que lo acerca a Gelman: sus definidas posturas respecto de la violencia dictatorial. Así, puede reconocer que “para todo el sufrimiento y la violencia que son el telón de fondo de este libro y de otros de Juan Gelman, yo estaba, en cierto modo, preparado para experimentarlo íntimamente, porque acababa de escribir entre los años ’80 y ’82 un libro terrible, El silencio de los perros, hoy reeditado con un largo prólogo, inspirado directamente en los testimonios de torturas padecidas durante la dictadura argentina”.
MATERIAL SENSIBLE
Al promediar los ochenta, en una lectura de poesía compartida en el Palais de Chaillot, finalmente Ancet pudo encontrarse personalmente con Gelman y le preguntó si aceptaría que tradujese Citas y comentarios al francés. Luego de algunos inconvenientes (supuestamente ya había otro traductor), el pedido fue aceptado y sorteando demoras de edición, se concretó el proyecto en la década siguiente, y con no poca intervención de Ancet respecto del título más apropiado en la versión francesa, apareció como L’ opération d’amour. Para Ancet, “operación de amor” fue la imagen capaz de condensar todo lo que Gelman había puesto allí, su posibilidad de convertir –sin menoscabar ni diluir– el dolor en la ternura que impregna todo el libro, como afirma Ancet cuando ve una “verdadera transmutación en el sentido alquímico del término, desde las tinieblas a la luz, del horror al amor”. No poca huella quedaría para el poeta francés de esa contraposición, como iba a mostrar luego en su libro de luz y ceniza.
Si Citas y comentarios no habría sido el mejor título para el público francés, Ancet hizo surgir el suyo a partir de uno de los poemas de Gelman, la cita XXIX (Santa Teresa): “Amor particular muy tierno que // agranda la alma no cobarde/ como // desolación de vos/ fiebre de vos // silencio de vos lleno de tus voces // aprietamiento mío que va a dar // a alma llena de sol/ como después // de tempestades que callaron/ niños // que desollaron su penar/ o penas // que perdieron su nombre por desear // sabrosísimamente heridas de // tu operación de amor/ fuego encendido // como dolor ya no dolor”. Vale aclarar que las barras dobles indican el final de los versos mientras que las otras, a las que muchas veces recurrió Gelman, marcan precisos cortes en la sucesión de las palabras, estableciendo un ritmo, pausas y tonos que destacan la herida, la no juntura, lo lacerado, al tiempo que sostienen el esfuerzo por sostener el impulso a seguir nombrando.
La “amistad de voces”, según Ancet, quien así tituló uno de sus ensayos sobre poesía, continuó a partir de allí y se expandió en las traducciones de Hacia el Sur y Carta Abierta. Además de encuentros personales, como en ocasión del reportaje compartido en 2012 en Radio France Culture, según atestiguó el mismo Ancet, no fueron pocos los intercambios de correos electrónicos, muchos de ellos relativos a consultas y dudas del traductor frente a esos textos de los cuales, en su extremada pericia, Ancet fue capaz de enumerar, en lo que tuvo que afrontar como traductor, rasgos que hacen a la compleja escritura de Gelman: sus citas explícitas o no, el uso de las barras en el interior de los versos, las expresiones coloquiales, las derivas de palabras, los neologismos, las múltiples referencias al ámbito e idioma porteños. En definitiva, todo aquello que hace al estilo inconfundible de una de las figuras centrales de la poesía castellana.
Cuando aconteció la muerte de Gelman, además de una sucesión de notas que iban desde evocar al poeta en los diversos momentos de su trayectoria, de testimonios y memorias, hubo también una serie de homenajes viabilizados en poemas por parte de quienes fueron interlocutores más o menos directos, como por quienes a partir de la lectura de su obra, no dejaron de testimoniar el reconocimiento a esa voz que de algún modo los había apelado, a la cual un conjunto de poetas latinoamericanos quiso citar y evocar en poemas alejados de la retórica del epitafio, para en contrapartida mostrar la incidente presencia de la poesía de Gelman, inclyendo a quienes, como Ancet, aunó su condición de poeta y traductor.
LAS CENIZAS Y LA LUZ O “LA LUMIÈRE ET LES CENDRES”
Ancet escribe su poemario de homenaje a Gelman en medio del dolor, quizá como una suerte de duelo. Menos que una elegía se ve un contrapunto, no sólo entre dos lenguas, lo cual, por otra parte, estaría afirmando la cercanía entre traductor y traducido, sino sobre todo en ese territorio común de la escritura poética. Los poemas de Ancet trasuntan un motivo que evidentemente ya venía manifestándose en la labor diaria de diálogo y coincidencias –poéticas, ideológicas– cifrados en la visible presencia de los restos y su contrapartida: de lo que apagado arde (las cenizas) y de aquello que no sólo las hace visibles, sino que también anida en los poemas aun más oscuros, luz. De ahí ese texto La lumière et les cendres, que, por consideraciones rítmicas, se tradujo como Las cenizas y la luz. Anverso y reverso, en todo caso de un ritmo que pone en escena la fluencia de la escritura, capaz de revolverse, avanzar, replegarse sobre sí y aun andar. Los poemas, sucesivos, breves, condensados, parecen sondear al ausente, cada uno como una fragmentaria entrevisión tendida entre lo que fue vida y la sombra ardiente que de ella queda: “Existía en su palabra/ el resplandor de un desgarro/ se lo oía sin saber/ de dónde venía tal luz...” (XII). “la claridad se retira/ se le ve todavía un poco/ alza la mano la agita/ tiene todavía un rostro/ pero es una mancha negra/ sólo su voz sigue clara/ morir desmorir dice ella” (XXXIII).
El subtítulo “Milonga para Juan Gelman”, supone en el autor francés un más que probado conocimiento de los intersticios e historia de formas castellanas en sintonía con el interés por presentificar la densidad de la lengua a partir de la poesía de Gelman. Una suerte de empatía con ella por parte de Ancet posibilita ahondar en una labor de traducción (en la composición de los poemas) que rebasa lo lingüístico porque se trata, en ese movimiento traslaticio de una lengua a otra, de preservar lo que se comparte: continua indagación al entorno, a los otros, a sí mismo, mediante esa exploración peculiar que posibilita el lenguaje poético, atento siempre a aquello que simultáneamente se dice y se calla en sintonía con el contexto en que surge, se desarrolla y cambia, movimientos que Juan Gelman toma y expande en sus composiciones, citas y comentarios, como denominó a varios de sus textos, erigidos en constante oposición a las formas de cese de la palabra: exilio, distancia, silencio, muerte. Asordinado, el movimiento de Ancet aparece como eco de eso que fue extremo en Gelman. Ancet compuso treinta y cinco poemas breves en francés, que en esta edición aparecen enfrentados a la traducción castellana de Rodolfo Alonso. Las fechas no dejan dudas, entre el 13 y 30 de enero de 2014, como escritos al pie de la noticia.
IX
lo vemos en la humareda
blanca entre las ramas negras
se lo ve desperdigarse
perderse entre las hojas
deshacerse rehacerse
se lo ve como ella sin
verlo allí estar no estar
X
él podría estar muy cerca
tan cerca que no sabríamos
qué sabemos es que tiene
como una voz que murmura
pero que no es una voz
nos gustaría saber
qué es quisiéramos mucho
XII
existía en su palabra
el resplandor de un desgarro
se lo oía sin saber
de dónde venía tal luz
pronto parecían las cosas
nacer se extraviaba uno
no hallaba el día su nombre
XIV
se aleja se intenta ver
él es como ese que va
en la neblina una forma
sin forma una sombra inmóvil
que se agita no sabemos
a veces con una lumbre
silencio pleno de vos
UNA ESCRITURA A SEIS MANOS
“Componiendo a cuatro manos”, dice Rodolfo Alonso (el traductor al castellano de los poemas del traductor de Gelman al francés) al referirse a esos poemas que Ancet le envió para de algún modo compartir el dolor por la ausencia de Gelman y a la vez reponerlo en un trabajo que a ambos (y también a Gelman) les fue destinado, esto es, la traducción. “Con Juan, sin Juan” se titula el prólogo que Alonso escribe al poemario de Ancet, cuya versión castellana fueron elaborando Alonso y Ancet hasta notar que una tercera voz intervenía. El concierto a “cuatro manos” (Ancet/ Alonso) donde los intérpretes ensamblan una partitura, fue una actividad febril entre ambos, discutiendo vocablos, ritmos, métrica, etc., pero tomó un rumbo particular porque, dice Alonso, “fue como un descubrirse componiendo a cuatro manos que de pronto se volvieron seis”. No eran sólo las dos del autor francés junto a las otras dos del que las iba a pasar al castellano, sino más, la otra voz, como una tercera dimensión, porque aquellos versos de Gelman encriptados en los poemas de Ancet, tejidos en la Milonga, merecían ser, según el criterio de Alonso, vueltos a su referencia. De ahí la reposición, por parte de Alonso de las “citas” que Ancet entreteje en sus poemas o Alonso incorpora a su traducción. Por eso el libro incluye un “Listado de citas originales de Juan Gelman”, las que vale la pena leer en contrapunto con los poemas de Ancet y las versiones de Alonso. Así, por ejemplo:
XXII (Ancet)
del todo abran las ventanas
para hacer entrar al cielo
caballos del mundo ardiendo
amigos de bocas llenas
de naranjos compañeros
que entre la tortolica
con alas llenas de sangre
Hacia el sur (Gelman)
abren la ventana
para que entren los caballos del mundo/
el caballo encendido del sur/
Nidos.
Los compañeros que desembarcaron en la muerte
Tienen la boca llena de naranjos
La tortolica herida de amor hacía nido en sus tiros
XXXII (Ancet)
tengo decías dos llantos/
tuyo/ el de nacer/ el otro/
si te vas están allí
en tu aliento vos decías
me pisoteó el jabalí
del monte en este exilio
soy yo mismo una bestia
XXXII (Gelman)
com/ posiciones
Los dos llantos
tu corazón oye dos llantos/
el tuyo/ de nacer/
el otro/ si te vas
La puerta
el jabalí del monte me pisoteó/
...
en esta medianoche del exilio/
soy yo mismo una bestia/
Los poemas de Ancet se erigen como palabra en movimiento, capaz de citar y comentar una voz como la de Gelman, pero emplazando su propia condición, su tiempo y lugar, según los ritmos cambiantes de lo que solemos llamar realidad.
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16.1.15
¡Don Quijote no se toca!
Por Rodolfo Alonso *
De veras, es el colmo. El colmo de
la insensatez y del doble sentido. Y es también, al mismo tiempo, una clarísima
evidencia. Una evidencia flagrante.
Que
la autoerigida Real Academia de la Lengua, a quien nunca votó nadie, y que osó
acuñar para su lema aquello de “limpia, fija y da esplendor”, haya decidido
encomendar a uno de sus miembros, novelista de aventuras, una poda ortopédica
de la obra magna del idioma, nada menos que el Quijote, con el supuesto objetivo de conseguir que los reacios
educandos y los escasos lectores, atosigados por la suprema banalidad de las
pantallas, se animen así a abrir sus páginas, no tiene desperdicio.
¡Qué
sátira sutilmente despiadada no arrancaría esta noticia al más que agudo
madrileño Larra! ¡Qué nueva veta para el Ubú
de Alfred Jarry, gema del humor negro! ¡Qué aguafuerte vitriólico no
despertaría en nuestro nada complaciente Roberto Arlt!
Cada
escritor galardonado con el Premio Cervantes se veía, hasta hoy, sutilmente
obligado a intentar una enésima canonización del paradigma de la lengua: Don Quijote de la Mancha. ¿Cómo podrán
encarar desafío semejante a partir de ahora? Es decir, ¿cómo intentarlo sin
sentir que la cara se les afloja de vergüenza?
Porque
lo que viene a reconocer paladinamente, a sabiendas o no, semejante desatino, lo
que viene a poner de manifiesto no es que el texto del Quijote haya cambiado, sino que lo que ha cambiado es el contexto
en que nos ha hundido hasta el fondo la sociedad globalizada de consumo, la tecnolátrica
sociedad del espectáculo, única responsable de que resulte arduo, yermo,
inaccesible el acceso a las alegres y luminosas páginas de un libro, ejemplar
si los hay, que no consiguió sus primeras glorias ni en academias ni en salones,
sino entre sus dignos contemporáneos iletrados del pueblo llano que, formando
un círculo expectante en ventas y mesones de La Mancha, se deleitaban una y
otra vez oyéndolo leer en alta voz a un parroquiano letrado.
(No
olvidemos, al pasar, que algo muy semejante ocurrió entre nosotros con las ya celebradas
ediciones iniciales del Martín Fierro,
hoy esquivo al parecer para nuestros estudiantes pero que, recién nacido, desde
lejanas pulperías de la pampa reunió en coro subyugado a tantos paisanos no
alfabetos, que lo bebían con placer oyéndolo, una y otra vez, de los labios de
algún gaucho lector.)
¡Y
pensar que, en mi temprana adolescencia, nos sonreíamos sobradores de aquellas Selecciones del Reader´s Digest, por
otro lado exitosa versión local de ese engendro primario de la cultura de masas
norteamericana, con material tan predigerido que cada número culminaba con la
versión, fieramente abreviada, de un best-seller!
¡Y con éxito tal que llegó a procrear, entonces, una similar aunque antónima Selecciones Soviéticas!
Pues
“hoy la censura es el mercado”, como dijo hace ya tiempo George Steiner, uno de
los últimos grandes humanistas europeos. Y por si no fuera suficiente, en una
entrevista de Le Nouvel Observateur
poco antes de morir, en 1998, reiteró el mexicano Octavio Paz: “Tocqueville vio
eso bien. Habla de una vulgarización de la vida democrática y hasta de una
incompatibilidad entre la poesía y la democracia moderna. La cuestión subsiste.
Se habló del desastre del autoritarismo, sería preciso hablar del desastre del
capitalismo liberal y democrático, en el dominio del pensamiento como en el de
la vida cotidiana; la idolatría del dinero, el mercado transformado en valor
único que expulsa a todos los otros.”
Realmente,
no hay palabras. ¿Quién saldrá a respaldar, ahora, al ingenuo, infinito, sensato
y único Don Quijote? Pues ningún otro
que él mismo. Porque en el memorable capítulo sexto donde se trata del
meticuloso escrutinio que, de la biblioteca del protagonista, hacen dos amigos
de su aldea, sin duda un maravilloso ejemplo de la más acerada e ingeniosa
crítica literaria, Cervantes pone en boca del cura entre inquisidor y adicto
estas agudas conclusiones: “y lo mesmo harán todos aquellos que los libros de
verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y
habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer
nacimiento”.
Tras de lo
cual sólo me restaría agregar, no sin satisfacción y acaso en el aire de Sancho:
¿si al mismísimo Cervantes le resultaba imposible imaginar que se
pudiera traducir siquiera un gran poema de una lengua a otra, cómo podría
atreverse hoy Academia alguna a desmentirlo, no ya traduciendo sino tronchando,
en la carne palpitante de su texto, a su inmortal creación?
Porque
una gran obra literaria, un verdadero libro, cuando se logra es un ser soberano
y autónomo de lenguaje vivo, orgánico, con su estructura, aliento, respiración,
densidad, tono, timbre, ritmo. Y, por lo tanto, intocable, inalterable. Sagrado.
Como toda vida.
* Poeta, traductor,
ensayista.
13.12.14
Dolor y lucha por Ayotzinapa
Por Rodolfo Alonso *
Un fantasma recorre
México. Un fantasma que en realidad son muchos, demasiados. Sólo desde 2006, no
menos de 10.000 desaparecidos y más de 120.000 asesinados. En los 2 años que
lleva de presidente el neoliberal Peña Nieto (del largamente hegemónico PRI),
ya van 7.000 desapariciones forzadas. Es el trágico balance, trágicamente
provisorio, de la histórica corrupción político-institucional que se ha
ensamblado ahora nada menos que con las sanguinarias bandas del narcotráfico.
Pero una gota más que densa ha
derramado el vaso de sangre que está apurando el pueblo hermano. Y a partir de
la noche del 26 de septiembre, con la ignominiosa desaparición y muy probable
masacre de 43 jóvenes normalistas agrarios en Ayotzinapa, la sociedad mexicana ha
recuperado lo mejor de su legendaria tradición de rebeldía, y a lo largo y ancho
del país continúa expresando masiva y pacíficamente sus más que justos reclamos
de verdad y justicia.
Y para nosotros, los argentinos, que
tanto sufrimos crímenes similares, con la duplicada emoción de que reaparezcan
allí, espontáneamente, algunas de nuestras históricas consignas: “Con vida los
llevaron, con vida los queremos”. Y con el honor de que sea nuestro muy digno
Equipo Argentino de Antropología Forense (que acaba de firmar un convenio
semejante con Vietnam), quien se encuentra trabajando arduamente y ha
identificado ya los restos quemados de uno de los estudiantes desaparecidos.
En semejante contexto, la alegría de
que Argentina fuera por segunda vez “invitada de honor” a la célebre Feria
Internacional del Libro de Guadalajara, la mayor de nuestro idioma, no dejó de
producirme cierta leve aprensión. ¿Cómo podríamos hacer convivir nuestra justificada
euforia con el hondo, desgarrado dolor que sentimos como hermanos de la patria
grande?
Aprensión que pronto fue desechada. Ya en la
prolongada ceremonia de inauguración, entre casi una decena de discursos, y
dejando aparte el memorable texto final de ese gran intelectual que es el italiano
Claudio Magris, galardonado en la ocasión (y con quien coincidimos tanto en La Habana como en su Trieste
natal), el discurso más claro y vehemente me pareció el de nuestro canciller
Héctor Timmerman, que no sólo recordó a los pueblos originarios sino también la
estrecha, profunda, dolorosa relación que ligaba a nuestros desaparecidos con
los del hermano país azteca. (Sin olvidar a los fondos buitre.)
Y ya el primer día surgió de nuestra
delegación un manifiesto de solidaridad fraternal con el agredido pueblo mexicano,
resaltando la relación con nuestra propia historia, que muchos firmamos y que,
me temo, no alcanzó tal vez la debida difusión ni aquí ni allá. Solidaridad que
se volvió a poner de manifiesto en no pocas intervenciones de nuestra
delegación. Invitado por la
Feria a abrir su Salón de la Poesía , me descubrí susurrando
al concluir, no sin respetuosa emoción: “Yo también soy Ayotzinapa”.
Pero
nada fue tan conmovedor como el comienzo de aquella mesa dedicada a la estrecha
relación de nuestro Juan Gelman con los derechos humanos, cuando su viuda Mara
Lamadrid, su nieta recuperada Macarena Gelman y su gran amigo Horacio Verbitsky
no sólo alzaron ambas banderas sino también 43 fotos de otros estudiantes
argentinos, desaparecidos del Colegio Nacional de Buenos Aires.
Estamos seguros de que esta
extraordinaria lucha del pueblo mexicano continuará. Y que, como los
“indignados” españoles, ante la desidia, corrupción y cinismo de sus partidos,
incluso los supuestamente progresistas, será capaz de crear y aún de enarbolar
una nueva fuerza política que pueda llevar sus ideas a la acción.
Porque quizá no todo está perdido. Allí
está, por ejemplo, Cuauhtémoc Cárdenas (hijo del justicieramente legendario
presidente Lázaro Cárdenas, figura ejemplar), que en 1989 abandonó el Partido
Revolucionario Institucional (PRI) para fundar una fuerza destinada a
regenerarse y renovar las viejas banderas, el Partido de la Revolución Democrática
(PRD). El mismo partido al cual acaba de renunciar también ahora, justamente indignado
no sólo por su corrupción y complicidad, sino porque (¡cosa terrible!) era suyo
el alcalde de Iguala, responsable directo de las masacres de Ayotzinapa, de
quien acaba de saberse que no sólo todos sus policías municipales estaban
“aprobados”, sino que se rodeaba además de casi 100 parapoliciales,
Y allí está también Andrés Manuel
López Obrador, a quien le fue robada la presidencia ganada en elecciones y que
ya hace 2 años había renunciado al PRD para fundar su Morena (Movimiento de
Renovación Nacional).
Pero la verdad está ahora en la
calle, Y a la vista de todos. Y nada volverá a ser lo mismo. Sólo el pueblo
mexicano salvará al pueblo mexicano. Porque todos somos, qué duda cabe,
Ayotzinapa.
* Poeta, traductor, ensayista.
26.11.14
Justicia para los traductores argentinos
Miércoles 26 de noviembre de 2014
Por
Rodolfo Alonso *
¿Alguien
podría siquiera imaginar que Borges no conserve los derechos de autor sobre sus
traducciones de Las palmeras salvajes,
de William Faulkner, u Orlando de
Virginia Woolf? ¿O que a Cortázar le ocurra otro tanto con sus versiones de Memorias de Adriano, de Marguerite
Yourcenar, o las obras completas de Poe? Pues bien, esos nombres y títulos son
sólo el atisbo de un elenco tan amplio que resulta legión.
En el mismo país
donde nacieron las primeras traducciones a nuestro idioma de El Capital de Marx (Juan B. Justo), de
las obras completas de Freud (Ludovico Rosenthal), del Ulises de Joyce (J. Salas Subirats) o de los heterónimos de
Fernando Pessoa, por citar sólo algunas, se persiste en redoblar una flagrante
injusticia: los traductores argentinos no pueden mantener ni ejercer sus más
que legítimos derechos de autor. Y sin embargo es en gran medida merced a la
exigente, esforzada y modesta labor de sus traductores que la cultura (y en consecuencia
la entera vida social) argentina ha logrado forjarse, sostenerse –incluso en
las peores circunstancias--, consolidarse y trascender, no sólo más allá de sus
fronteras sino en los dominios y alcances más inesperados.
El 16 de septiembre
del año pasado un grupo de ellos logró dar comienzo a una gesta: varios
diputados presentaron al Parlamento un digno Proyecto de Ley de Traducción Autoral
en Argentina (exp. 6534-D-2013). Un proyecto que llevó un largo trabajo en
equipo. Y que de inmediato conquistó, como era de esperar, la más amplia
adhesión: local, regional e internacional. Desde los iniciales Juan Gelman o
Ricardo Piglia, hasta las intervenciones concretas de Teresa Parodi y Horacio
González.
Ahora sólo faltan
ocho meses para que se repare o se reitere tan grave anomalía. Es el plazo para
que las comisiones de legislación general y de cultura de la Cámara de Diputados se
decidan a avanzar por fin en el tratamiento del valioso proyecto, que de otro
modo pierde estado parlamentario.
Me parece muy justo
que aquí se reconozcan también, como ya ocurre en casi todo el ámbito del idioma,
los innegables derechos de autor que corresponden a los traductores, hasta hoy
burdamente ignorados. La traducción de la gran literatura, de la literatura
entendida como arte, constituye sin duda una creación literaria. Y una forma de
creación quizá más ardua y arriesgada que la propia creación personal. Porque
le agrega, si se es honrado, una nueva exigencia: respetar al otro.
Nada menos que Walter
Benjamin, con su tocante inteligencia, dedicó al tema un texto clave: La tarea del traductor. Y George Steiner
por lo menos dos amplios, fecundos, bellos libros: Después de Babel y Antígonas.
Sin olvidar que fue el brasileñísimo Haroldo de Campos quien supo percibir que,
en lugar de denominarla “transcripción”, deberíamos llamarla “transcreación”.
Cuando
cedimos ciegamente el control de nuestras legendarias grandes editoriales, los
argentinos no sólo sufrimos una lesión económica. Perdimos también nuestro
derecho a ejercer, difundir y consumir nuestra propia tonalidad de la lengua,
nuestra propia densidad, nuestro propio timbre. Con el cual se habían formado
generaciones y generaciones de escritores españoles y latinoamericanos, como
bien lo hizo notar Juan José Saer al rendir merecido homenaje, en su último
libro: Trabajos (2005), titulando
todo un capítulo J. Salas Subirats,
autor de la primera versión del Ulises.
Y fue justamente recordando a Borges, quien una tarde de 1967 en Santa Fe la
consideró “muy mala”, que el joven Saer se animó a replicarle: “Puede ser, pero
si es así, entonces el señor Salas Subirats es el más grande escritor de lengua
castellana.” Lo que implica claramente, con su habitual limpidez, que un buen
traductor es sin duda un autor.
*
Poeta, traductor, ensayista.
19.11.14
En el aura de Saer
26 de setiembre de 2014
por Rodolfo Alonso *
Esta historia no comienza con esas líneas perdidas,
casi tangenciales, de aquel libro inicialmente por encargo que él supo convertir
en texto clave para cualquier argentino honrado: “El río sin orillas”,
donde Juan José Saer (1937-2005) alude de sopetón, como al pasar, a cierto
sauce que visitaba en forma asidua, a orillas del Sena, en una esquina detrás
de Nôtre Dame. Para entonces ya lo habíamos perdido, recientemente, y esa
fidelidad suya a orígenes que me fue dado compartir, esa inesperada presencia
tan activa del árbol que más ama el agua me conmovió superando, con mucho, los
alcances del concepto metáfora.
Nacido en la pequeña
Serodino, de inmigrantes sirios (a los que precisamente dedica “Un río sin
orillas”), la llegada del niño Saer a la ciudad de Santa Fe se me hace como
la de aquellos jóvenes protagonistas campesinos de Cesare Pavese (él mismo nacido
en la casi aldea de Santo Stefano Belbo) que imaginaban rutilante a Turín. Pero
la ciudad de Santa Fe está implantada en eso que llamamos Litoral, mucho más
que región un mundo de aguas y aguas que se entrecruzan a orillas de las
enormes “aguas varonas” del río Paraná, al que da la cara desde enfrente
otra capital homónima, la de Entre Ríos. Pero todo ese mundo de aguas, de luz,
de verdes, donde el sauce se inclina para mojar las hojas de sus largas ramas
en la eterna corriente, constituye un universo de peculiares intensidades y
fecundos matices, al cual sin duda alude, en absoluto retóricamente, el primer
título de Saer: “En la zona”.
No menos hijo de
inmigrantes, nacido porteño pero ya desde niño orgánicamente compelido a
conocer la mayor parte del país en que me habían hecho nacer, llegué a esos
lares de la mano de otro santafesino, Paco Urondo, algo mayor que yo y con el
cual compartíamos entonces una intensa amistad, y también la aventura de una
singular revista de vanguardia: “poesía buenos aires”. Así me tocó conocer
a Hugo Gola, a un casi niño y ya algo rezongón Juan José Saer y, cruzando en
los lanchones el ancho lomo del Paraná, descubrir en su Paraná del otro lado al
inefable Juan L. Ortiz, mucho más que el poeta de esas aguas, de esos ríos, la
prueba viviente de aquello con que nos emocionaba Tristan Tzara: “hacer de la
poesía una manera de vivir”.
El sauce entonces, bellamente emblemático, de tan
tierna y discreta y límpida grandeza, bien podía encarnar como símbolo, como
mito, sin duda a todo eso. Y permítanme recaer en la irremisible obviedad: “En
el aura del sauce” bautizó nada menos que Juan L. Ortiz, a la primera
edición de su poesía completa.
Aquel sucinto apunte de Saer, entonces, ese indicio de lo que para él
significaba, de infancia a infancia, de lo que para su ser más profundo
investía ese sauce que descubrió inclinando, o más bien derramando sobre el
Sena su cabellera verde, me llevó a buscarlo, a buscarlos: a él y a ese prójimo
árbol, durante el primer viaje que me
tocó hacer a París, con la irrefrenable ansiedad de imaginarme compartiendo
todavía con él algo tan inefable como hondo. Y cuando lo encontré exactamente donde dijo, detrás de Nôtre Dame,
y lo descubrí tan alto y amplio y bello, con su verde cabellera bien hundida en
el Sena, casi pierdo el avión porque no podía despegarme del bistró Esmeralda,
que le está haciendo esquina, como si la sombra del querido Juani fuera a venir
a encontrarme, caminando por la vereda de enfrente, hacia el sauce, junto a las
rejas del jardín posterior que continúan el enorme paredón gris de Nôtre Dame,
buscando aquella luz de infancia que nos dio, hasta a mí, porteño claro, el
Litoral. ¿O es que el Mar Dulce, el río sin orillas, el Río de la Plata, no se
hace mezclando al Paraná y al Uruguay? Donde los sauces brillan en su luz que
canta.
Pero esta historia como
suele ocurrir no concluyó así. Uno o dos años después, otra vez en París, lo
primero que se me ocurrió fue ir a reencontrarme con el sauce de Saer sobre el
Sena. Llegué al bistró Esmeralda, miré hacia donde había estado, y sólo
encontré el vacío. De inmediato sentí el dolor de una ardiente injusticia, de
una infamia ultrajante. Al balbuceo entrecortado de mis preguntas, nadie supo
responder con alguna exactitud. No sé entonces si el culpable fue la
acostumbrada desidia municipal o la supuesta razón científica. Sólo sé que el
ancho muñón liso como de guillotina donde había estado el bello árbol, que yo
vi y fotografié pleno de vida, desbordante de vida, era enmarcado por el mismo
cielo donde París había permitido erigirse al único rascacielos que, por ahora,
ofende su perspectiva. Los dioses ciegan a los que quieren perder. Y la luz de
ese sauce sólo intenta cantar ahora en ciertas líneas de poesía y en algunos
testimonios fotográficos.
Para consolarme, quizás,
me dijeron que los sauces reviven, rebrotan, aún de esos muñones burdamente
talados. Confiemos entonces, consolémonos, con otra luz, no menos inefable y no
menos orgánica: la de la resiliencia. O que acaso, también, ¿por qué no?, hasta
los burócratas replanten sauces jóvenes. Así sea.
* Poeta, traductor, ensayista.
16.11.14
Representarán
al país
3
POETAS ARGENTINOS SELECCIONADOS POR LA FERIA DE GUADALAJARA 2014
Tres poetas argentinos, Diana
Bellessi, María Negroni y Rodolfo Alonso han sido especialmente seleccionados
por la Feria Internacional
del Libro de Guadalajara 2014 para representar al país en su renombrado “Salón
de la Poesía ”,
de carácter exclusivo y alcance universal.
Cada uno de ellos
realizará una sesión individual de presentación y lectura de sus poemas, previa
introducción a cargo de otro escritor destacado.
Como se recordará,
este año Argentina es el país invitado de honor a la Feria.
“El Salón de la Poesía fue creado por la FIL Guadalajara en 2008, con la
finalidad de dar mayor realce a la poesía dentro de su programa literario. El
público tiene la oportunidad de escuchar de voz de los propios autores una
selección de sus poemas preferidos.
“Se trata de
encuentros que buscan conectar al público con los escritores que dieron origen
a textos inolvidables y que permiten conocer el matiz exacto de cada verso,
esos imperceptibles giros del lenguaje que hacen la diferencia entre simples
palabras y frases que cobran vida y quitan el aliento.”
La Academia Brasileña de Letras ENTREVISTA A RODOLFO ALONSO
por Marco Lucchesi
(Uno) Su amistad con Brasil
es una de las páginas más expresivas de su biografía. ¿En ella se profundiza su
ancestralidad ibérica, como si Brasil y Argentina reivindicasen un estrecho
parentesco, no siempre declarado?
Como a todo lo largo de mi vida, las
cosas simplemente me ocurren, nunca son fruto de un plan o de un proyecto. Yo
me descubrí profundamente ligado con Brasil desde que tengo memoria, desde mis
primeros años.
La contagiosa personalidad y diversidad
de la vida cultural y social del pueblo brasileño, la sensualidad expresiva de
su lenguaje y de su música, me sedujeron pronto. De hecho, los primeros poetas
que traduje fueron los grandes modernistas brasileños. Y a pesar de mi innata
timidez trabé amistad con Carlos Drummond de Andrade y Murilo Mendes, que me hicieron llegar sus libros y sus cartas.
Y ese fue sólo el comienzo.
Desde entonces hasta hoy, traduje y
difundí la gran literatura brasileña en castellano. Y conocí Brasil, invitado a
Bahía, Curitiba, Passo Fundo, Brasilia, Belo Horizonte, Ouro Prêto, Rio. Y
experimenté, así. la maravillosa sensación de sentirme al fin inmerso en ese
planeta vivo que es Brasil.
Sólo mucho más tarde intuí a qué podía
deberse acaso todo eso. De padres gallegos e infancia bilingüe, el primero de
los míos nacido en Buenos Aires, si tuve algún don fue el de lenguas, el de
oído. Nunca necesité aprender portugués. Quizá en mi sangre venían aquellos
trovadores que cantaban en galaico-portugués mucho antes de que existieran las
naciones.
En 1984, tras la dictadura, me tocó
asistir emocionado al primer encuentro de los presidentes Sarney y Alfonsín
donde se cimentó el Mercosur, reuniendo a Argentina con Brasil. Tan sólidamente
que son ahora motor de la
Unasur , entre las nuevas democracias soberanas de
nuestro continente, unidas como nunca y como nunca atentas cada una a su propia
identidad, a su propio camino dentro del destino general, en su gran mayoría
ampliando las libertades constitucionales y los derechos humanos con la
inclusión popular y la justicia social. Me alegra mucho eso.
(Dos) ¿Como primer traductor
de Fernando Pessoa en América Latina, ya daba muestras de cuál iba a ser su
carta de navegación?
Deben
haber sido, supongo, mis primeras traducciones de grandes poetas brasileños lo
que hizo que, siendo tan joven, me pidieran seleccionar y traducir a Pessoa
cuando aún era casi desconocido, incluso en Portugal. Ese mismo año me
encargaron la poesía completa de Cesare Pavese. Y una novela de Marguerite
Duras. Y al año siguiente una amplia antología de Ungaretti. Con sólo eso, de
entrada, era evidente (aunque no lo supiera) que mi destino ya estaba fijado.
Escribir, y también traducir poesía. Que muy probablemente es otra forma de
escribirla, ¿no?.
(Tres) Otra marca de su
trayectoria fue la revista de vanguardia “Poesía Buenos Aires”. ¿Más allá del
gran papel desempeñaado por el grupo, qué subsiste en su poesía?
Como
dije estas cosas me ocurrieron, jamás me las propuse. Introvertido y tímido, a
mitad de la enseñanza secundaria, la noche antes de cumplir mis 17 años me descubrí
convertido en el más joven de la revista
“Poesía Buenos Aires”. Fueron años fecundos y veloces, de entrega y
crecimiento.
En
un clima de humor, nada solemne, a lo largo de una década 30 números de una
revista de vanguardia hecha por jóvenes unieron creación, traducción y
reflexión alrededor de la poesía. Y se dijo que cambiaron la forma de vivir y escribir
poesía, no sólo en la Argentina
sino aún más allá.
Fraternidad
y exigencia, fue lo que sentí me planteaban desde un inicio. Y es lo que siento
me acompañó hasta aquí. Uno era admitido con absoluta libertad, entre bromas y
risas, pero la poesía es una cosa seria.
(Cuatro) Su amistad con
Aldo Pellegrini y todo un régimen de planos y desafíos estéticos que lo llevaría
a los poetas franceses e italianos, ¿permanecen encendidos, como se puede ver
en su libro “Defensa de la Poesía ”?
Al mismo tiempo que me integraba en
“Poesía Buenos Aires”, fraternicé con los surrealistas. Entre ellos, Aldo Pellegrini,
figura central, pionero del surrealismo fuera de Europa y en América Latina,
fue muy generoso conmigo. Él me propuso, muy joven, seleccionar y traducir nada
menos que a Pessoa y a Ungaretti.
Pero el contacto, como experiencia
viva, no apenas literaria, con los grandes de la poesía francesa (especialmente
surrealistas) o italiana, junto con lo que bebía en lengua portuguesa, sobre
todo en Brasil pero también en Portugal, surgían tanto de una como de otra
fuente. Y muchas veces eran descubrimientos personales, que se compartían como
una novedad alborozada.
(Cinco) Cito al azar
algunos poetas brasileños que tradujo: Manuel Bandeira, Dante Milano, Cecilia
Meireles, Murilo Mendes, Alphonsus Schmidt, João Cabral, Drummond de Andrade.
¿Su taller de traducción, abierto en todos esos años, continúa activo para
nuestra parte del mundo?
También
traduje a João Guimarães Rosa y a Mário de Andrade (tarea nada fácil). A
Machado de Assis y Olavo Bilac. O a Anibal M. Machado. Y a Clarice Lispector o
Vinicius. Y ese manantial no está cerrado. Todo lo contrario. Editorial Alción
me publicó hace poco dos antologías: “Poesía escogida”, de Drummond, y “La
poesía sopla donde quiere”, de Murilo, en las que cumplo un viejo sueño: reunir
todo lo que traduje de cada uno. Pero Brasil no me abandona. No puede. Y yo
tampoco puedo abandonarlo. De modo que seguiré incurriendo en traducción.
(Seis) Me gustaría
oírlo sobre Juan Gelman, su gran “compañero de viaje”, para usar la expresión
cara a Alceu Amoroso Lima.
Juan
Gelman, pocos años mayor que yo, me acercó su primer libro cuando ya me habían
publicado un par de títulos. Al comienzo no fuimos tan asiduos, nuestras vidas
no siempre se cruzaron. Todo cambió a partir de nuestro reencuentro, a medidos
de 1994, en el caudaloso Festival Internacional de Poesía de Medellín.
Recuerdo
que Juan me invitó casi secretamente a su hotel, donde me dedicó el bello
“Dibaxu”, recién aparecido. A partir de allí, gracias a su desmedida
generosidad, nos descubrimos muy unidos. Juan era un gran poeta, justamente celebrado,
capaz de seguir jugándose en cada nuevo libro, sin decaer en retórica alguna de
sí mismo. Y, algo tanto más extraordinario, absolutamente exento de cualquier
vanidad y devoto servidor de la poesía (“La Señora ”, como solía aludirla.) Y al mismo tiempo,
no menos devoto servidor de la amistad, dueño de una amplia y fraternal
acogida, de una cálida hospitalidad de brazos siempre abiertos.
(Siete) Su obra poética se
constituye casi en un plano goetheano, atento a la filología de la “Weltliteratur”, en sintonía con las
lenguas del mundo y de nuestro tiempo. ¿Cuáles serían sus próximos pasos?
No
lo sé. Yo me dejo llevar. Siempre lo he hecho. Jamás hago proyectos. La poesía
me ocurre, insisto. Y al mismo tiempo estoy siempre rodeado de trabajo. Reviso
un nuevo libro con mis poemas de los últimos años: “A flor de labios”. Y trato
de ordenar, para volúmenes colectivos, la totalidad de mis libros de poesía.
(Me cuesta decir “poesía completa”. Me suena a oximoron.) Sólo se editó hasta
ahora un volumen que reúne mis 6 primeros libros, de extrema juventud: “A favor
del viento”.
Y
espero que aparezcan, junto con libros propios, nuevas traducciones en
Argentina, México, Venezuela, Cuba (Éluard, Pessoa y otros, Dino Campana, Mário
de Andrade, Celan y otros poetas alemanes de posguerra, Jacques Prévert,
Guimarães Rosa y otros). Dirijo una nueva colección, “La
Gran Poesía ”, para Eduvim (Editorial
Universitaria Villa María). Siempre bilingües, ya salieron mis versiones de
Baudelaire y Dino Campana, y preparan Guillaume Apollinaire. Por supuesto que
irán poetas brasileños.
Tuve
la suerte de ser editado, en Argentina y en más de una decena de países. Pero
muy poco en la España
posmoderna, nada en Portugal y sólo una vez en mi amado Brasil. Allí espera
editor mi reciente: “Poemas pendientes”, con conmovedora introducción de mi
viejo y querido amigo Lêdo Ivo, y espléndidamente traducido por Anderson Braga
Horta.
Pero
sólo debería dar las gracias. Busquemos primero ser dignos del don de la
poesía, y todo lo demás nos será dado por añadidura..
Publicada
originalmente en portugués en el nº 77 de la “Revista Brasileira”
de la Academia Brasileña
de Letras, Rio de Janeiro, diciembre de 2013, pgs. 9 a 13.
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