Primero me pareció de no creer, casi imposible sólo atreverme a imaginarlo, y cerré y guardé el libro de inmediato, avergonzado de mí mismo. Pero fui y busqué el otro. Lo abrí. Era evidente. No podía creerlo.
Después, tan intrigado como para volver a cerciorarme, los fui a buscar de nuevo, juntos. Los hojeé. Y allí estaba, imposible negarlo. La frase, las palabras y los signos exactos que componían esa frase están allí, prácticamente idénticos. En ambos libros.
Me quedé confundido. En semejante autor eso no podía ser un ardid ni una minucia, ni mucho menos un simplísimo error. Eso a cualquiera iba a pasarle, pero no a El.
Presa de cierto pánico, me arrojé desconfiado pero ansioso a las aguas insondables de la memoria digital, para indagar en esos archivos confusos e infinitos alguna prueba, algún testimonio, algún otro. Algún otro que también se hubiera dado cuenta. Pero no, no había nada. Y tuve que aceptar lo ya evidente: una y otra frase son exactamente iguales.
Se me ocurrió buscar en la primera edición de sus obras completas, que conservo con su firma insegura, de ciego. Si había sido un desliz, allí podría haberlo subsanado. No fue así. Todo seguía igual. Y el hecho resultaba, pues, flagrante. Tan flagrante como impenetrable, en su enceguecedora nitidez.
Porque se trataba de Borges, ese escritor que ejerce el adjetivo como el torero su estocada final. Un escritor en cuya entera obra casi no se repite una palabra. Una obra que congenia exquisita modestia con la exigencia más altiva.
Pero aquí están las pruebas. Y tenía que ser en el justamente memorable cuento “El Sur”, que cierra a toda orquesta ese libro, Ficciones, donde empezó a consolidar su nombre. En la segunda parte que subtituló (precisamente) “Artificios” y fechó en 1944, puede leerse lo siguiente: “Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia”.
Es bello, es preciso, es justo, es tocante. Pero veamos.
No mucho tiempo después –nada menos que en El aleph, libro que como es sabido apareció originalmente en 1949, pero en uno de los cuatro cuentos que le agregó según su Posdata de 1952–, puede leerse en el relato “El hombre en el umbral”, esta otra frase que su personaje Pierre Ménard (¡quien crea el Quijote como por primera vez!) bien pudiera haber reclamado como suya, pero que mi flaca memoria insiste en reiterar del todo semejante a la primera: “Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia”.
¿Qué hacer frente a eso, frente a una cosa así? ¿Yo, descubrirlo en eso, a El? Y peor aún: ¿quién iba a creer que Borges se había copiado literalmente a sí mismo, que había repetido en dos cuentos de temas y asuntos diferentes, casi letra por letra, signo por signo, la misma frase similar? ¿Quién podía imaginar que El, nada menos que Borges, no había hecho de esa repetición una trampa para incautos sino que, directamente, o se le había escapado o tanto le gustó que fue a sabiendas?
Por si fuera poco, además de ese autocitarse, ¡repetirse!, en ambos cuentos también son similares, aunque no ya tan idénticas, las frases precedentes. Donde se cambia de situación y de contexto, pero el protagonista sigue siendo básicamente el mismo. Y hasta con idéntica, o casi idéntica función.
Dice en “El Sur”: “En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo”. Y dice en “El hombre en el umbral”: “A mis pies, inmóvil como una cosa, se acurrucaba en el umbral un hombre muy viejo”. Sólo que aquí intercala, antes de la frase que vimos reiterada en ambos casos, esto acaso imprescindible: “Diré cómo era, porque es parte esencial de la historia”. Lo cual agrava el hecho. O insisto, me parece, puede ser: también lo embebe de ironía.
Nunca sabremos con exactitud, del todo, a ciencia cierta, qué lo movió a El a esa jugada. Nunca sabremos si no se dio cuenta (cosa impensable, aterradora) o, como todo pareciera indicar, lo hizo adrede, a propósito. ¿Y entonces, Borges, estoy diciendo Borges, no tuvo otro remedio que recurrir a la reiteración porque sintió que era el momento justo para hacerlo, que precisamente esas palabras debían estar de nuevo allí?
¿O acaso fue el justo momento el que le demandó, a El, que era eso lo que debía insertarse en ese punto? ¿Lo que correspondía, ahí? ¿Se le puede haber escapado, a El, algo como eso? ¿Lo hizo ex profeso? ¿Quiso demostrarnos que lo de Pierre Ménard seguía siendo, como siempre lo fue, nunca una burla ni una zancadilla sino una demostración, una evidencia?
¡Maten a Borges!, dicen que les gritó Gombrowicz a sus escasos seguidores locales, cuando logró escapar, después de décadas, de su empantanamiento en Buenos Aires, proa a la Europa que iba también a consagrarlo.
¿Maten a Borges? Probablemente una metáfora, una alusión, un símbolo. De cualquier modo, estoy seguro, ni soy yo ni esta leve digresión quien va a lograrlo.
Pero se lee en “El Sur”: “En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia”.
Y al leer “El hombre en el umbral” ineludiblemente El también dice: “A mis pies, inmóvil como una cosa, se acurrucaba en el umbral un hombre muy viejo. Diré cómo era, porque es parte esencial de la historia. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia”.
El mismo caso de que ambos libros sean de escritura consecutiva en pocos años, de 1944 a 1952, primero uno, después el otro, no resuelve el asunto. Es más, lo agrava. Si la reiteración se hizo a propósito, el mismo hecho de ubicarla en su obra inmediata ostenta la honestidad de ofrecernos una pista, demostraría la inocencia con que lo hizo.
Pero también nos deja, al hacerlo, lo nunca imaginado: que El no llegó a darse cuenta. Que no lo percibió, cosa inaudita. ¿Y no se dio cuenta, si así fue, a lo largo de toda su vida? ¿Y en cada reedición de dichos libros? ¿Y en sus obras completas? ¿Reeditadas una y otra vez? No, si lo hizo, lo hizo a sabiendas. Y si no se dio cuenta, peor aún.
¿Matar a Borges? Díganle a Pierre Ménard.
* Poeta, traductor, ensayista.
CON LUIS CERNUDA AÚN,
A 50 AÑOS DE SU MUERTE
Por
Rodolfo Alonso *
En
la tómbola incierta de las conmemoraciones, parece haberle tocado ahora –inesperadamente--
al más secreto y hondo de los poetas andaluces. Siempre discreto y reservado,
siempre fino y distante, Luis Cernuda (1902-1963) supo combatir por la República y pagar con su
exilio interminable en el México fiel, donde encontró la tumba, un 5 de
noviembre de hace medio siglo. Estruendosamente silenciado entre sus
compatriotas, nunca dejó de responder con altivo desdén y finísima ironía al
ninguneo absoluto con el que fue afligido.
Quizá por eso, dedicó uno de sus
poemas memorables (“con unas violetas”) al más ácido y mordaz crítico de la
sociedad española, el agudo cronista Mariano José de Larra. Ese mismo texto que
comienza, tan bellamente, con una de las líneas indelebles del poeta Cernuda:
“Leves, mojadas, melodiosas.”
Cuando aún arreciaba sobre él aquel feroz
silencio, el 27 de octubre de 1968, se me escribió este poema, incluido más
tarde al comenzar mi libro ”Señora Vida”, de 1979, y que hoy me gustaría volver
a dedicarle, en estas nuevas circunstancias.
Es apenas un detalle que el 1º de julio se hayan cumplido veinte años de su muerte. O que con esa misma vida, desarreglada y bohemia si las hubo, llegara a alcanzar los noventa. Lo esencial va más allá. O, mejor dicho, más acá.
Porque a veces basta una línea, unas pocas palabras: “Miraba sin entusiasmo al hombre ancho y oscuro como si lo estuviera soñando así, construido con sustancia de tedio y absurdo”. Y es que cuando nos encontramos ante un escritor de raza, no es difícil descubrir un temple, un temblor, percibir en las palabras un sonido de fondo, un rumor más que expresivo, un retumbo de latir percibido por dentro: desde el cuerpo, en el cuerpo. Mucho más que habilidad o don, mucho más que los supuestos límites de un género: una experiencia encarnada de vida y de lenguaje.
Después de Faulkner y de Arlt y casi al mismo tiempo que Borges, ¿acaso antes que Borges?, el singular uruguayo Juan Carlos Onetti (1904-1994), con un pie en su Montevideo natal y otro en la Buenos Aires que nunca dejó de acunarlo, tal vez sin proponérselo, como emergencia natural, revela un dominio que se intuye propio, a la vez irremediable y leve, incierto y troquelado. Así como existe un envidiable mundo del Caribe, y otro cálidamente brasileño, en realidad varios mundos brasileños, siento que en la cultura latinoamericana hay una cuenca rioplatense, que a los porteños o entrerrianos nos hermana con el Uruguay, y que emite un clima, un matiz propio, al mismo tiempo preciso e impreciso, brumoso y nítido. Una huella, señales.
Pero que en un escritor se da en lenguaje. Quizás a algo así aludía certeramente el también uruguayo crítico Angel Rama cuando afirmó que, al leer a Onetti, se presentía un no muy lejano respirar de cuerpo dormido. Hay un aliento allí, un gran aliento, pero también una presencia orgánica, cálida y de fondo, barrosa –como el barro de los orígenes, oscuro y nutritivo– y oscuramente viva, inquieta y contagiosa. Si alguna vez me pregunté públicamente por qué no había un Juan L. Ortiz del Río de la Plata, ahora puedo intentar contestarme que tal vez no era posible para nosotros. Y que es en algunos narradores de raza donde esa poesía (por supuesto mucho más que un género) ha logrado asomarse. Y consumarse.
Sin resquicios para olvidar de qué estamos hablando: “un mundo hecho, administrado por hombrecitos imbéciles”, “un mundo normal y astuto”, leyendo a Onetti, comulgando en Onetti no es difícil percibir, como en los grandes, en la materia de su texto –que en tanto música del sentido es totalmente lírico– la plena irrupción de la palabra poética, precisa e irradiante: “entro en el temblor del cuerpo, amo la crueldad y la alegría”. Como bien dijo Paul Valéry, la prosa agota su valor de cambio. Y la poesía es aquello que, precisamente, no puede terminar de decirse, de traducirse. Pero que se roza cuando uno es escrito: “Arrastró los pies en la frescura de las baldosas yendo hacia la sombra de la casa, hacia la fluctuante gruta de concordia, destierro y autonomía que excavaba en la sombra el ronquido acuoso, desligado, de la mujer dormida...”. ¿De qué otra manera es posible, honestamente, aludir a la palabra, inmediata y tensa, huidiza e invasora, cargada y neta, de Juan Carlos Onetti? Y él mismo nos respondería, sabio indolente: “Tengo que darles capacidad de olvido, entrañas y rostros inconfundibles”.
(Al recibir en su momento otra bienvenida reedición de Juntacadáveres que, como se lo merece, mantiene su obra indeleble en circulación, no pude evitar ir a mi biblioteca y palpar otra vez aquella primera, modesta, entrañable edición montevideana, que con tamaña dignidad encaró uno de tantos exiliados republicanos españoles en estas playas, Benito Milla. El peso latente de ese pequeño volumen, favorecido con benevolencia por la muy uruguaya Comisión del Papel, siempre me lo hará sentir, como en aquella primera ocasión, incluso físicamente cerca.)
Rodolfo Alonso: “Los poetas no existen, existen los poemas”
Se reeditó completa la famosa revista “poesía buenos aires”, clave para el género y la historia de la vanguardia argentina. Sobre éste y otros temas echa luz el poeta, traductor, ensayista y ex editor argentino Rodolfo Alonso.
La trayectoria del poeta, traductor, ensayista y ex editor argentino Rodolfo Alonso, es tan amplia como notable. Figura reconocida de la poesía iberoamericana, primer traductor en América Latina de Fernando Pessoa (primero a la vez de sus heterónimos en castellano), antologías y libros suyos circulan tanto en Europa como América Latina con renovado interés. Hoy, la colección Reediciones y Antologías de la Biblioteca Nacional ha puesto al alcance de los lectores la reedición facsimilar completa de la célebre revista “poesía buenos aires”. La misma cuenta con un pormenorizado y esclarecedor prólogo suyo. Se trata de un rescate que permite repensar la situación de la poesía contemporánea.
La mítica revista que editó 30 números entre 1950 y 1960 y que se convirtió en el segundo gran movimiento de vanguardia de Argentina, posterior al martinfierrismo de la década del 20, tuvo a Rodolfo Alonso como su miembro más joven del grupo que incluía a figuras como Raúl Gustavo Aguirre, Edgar Bayley y Francisco Madariaga, poetas singulares que permitieron modificar los modos de escribir y vivir la poesía en Argentina.
-¿De qué modo cree que “poesía buenos aires” cambió los modos de escribir y de vivir la poesía en la Argentina?
-Con su ejemplo desinteresado y exigente, para nada magistral. Con su devoción insobornable por la mejor poesía. Por su digna humildad. Por la honestidad que transmitía. Por la sinceridad que compartía. Por la fraternidad que le surgía espontáneamente. Por esa contagiosa empatía donde, en aquellos años y en los años siguientes, hasta el día de hoy, se producía y se produce por su intermedio el milagro del “contacto” de la poesía con tantos jóvenes, del cuerpo o del espíritu. Por su inquebrantable libertad. Porque nunca se traicionó ni traicionó. Y sobre todo, intuyo, “porque no se la creyó”. Porque daba, y daba, y daba, a manos llenas. Y de lo mejor en lo que creía, honestamente.
-¿Cuáles eran las problemáticas cardinales que ustedes denunciaban desde su revista?
-Raúl Gustavo Aguirre, su fundador y director, el hombre que la hizo posible, sin el cual nunca hubiera existido, que se impuso a sí mismo la meta de los 30 números en 10 años, y que le transmitió lo mismo que él era: su entrega, su honradez, su eficacia, su desinterés, su generosidad sin límites, que lo llevó (prueba suprema) a dedicarse a los otros incluso olvidándose de sí mismo, quizás lo resumió algunos años después en sus “Cinco Tesis”: La Poesía no existe. Los poetas no existen. Existen los poemas. Cada poema implica una estética. Cada poema implica una ética.
-¿De que modo piensa que la revista haya influido su poesía?
-Para el adolescente casi niño que yo era cuando me sentí impulsado a acercarme y fui fraternalmente recibido la primera vez, que ya había leído mi Lorca y mi Neruda, y que intuitivamente había descubierto a un entonces casi olvidado Roberto Arlt y a un no demasiado conocido César Vallejo, y poco después a un Macedonio Fernández casi inédito y pura leyenda, aquella convivencia por lo general con jóvenes sólo unos cuantos años mayores, fue fundamental para mi formación humana y artística, que allí no se sabia distinguir y que yo nunca pude distinguir. En un clima de amistad alegre y para nada solemne, donde todo (o más bien casi todo) se tomaba a broma, cada uno descubría nuevos tesoros, nuevos nombres, nuevos poemas, y los compartía. No hubiera sido quien soy, de no haberlos conocido, de no haber vivido aquello.
-Según ha dicho, se trataba de una poesía que “renunciaba al sentimentalismo, a la retórica, a la grandilocuencia, al formalismo y a lo patético”.
-Fue una de las maneras posibles de intentar transmitir el espíritu con que se la vivía, el espíritu con que se vivía. Por esos días, y para muchos de nosotros hasta hoy, se mantenía latente en el aire aquella esperanza de Tristan Tzara: “hacer de la poesía una manera de vivir”. En aquellos tiempos, escribir totalmente en minúsculas y sin ningún punto de puntuación, sin respetar metro ni rima y sin aludir a nada “real”, usual, sentimental, consabido, era tan agresivamente subversivo como la decisión de no colaborar en los grandes suplementos literarios, no presentarse a concursos o no editar con sellos comerciales.
-A veces se tildaba a quienes hacían poesía buenos aires de “afrancesados y europeizantes”, ¿se lo decían, más que nada, por su fuerte vinculación con los surrealistas?
-Es un equívoco, representativo del contexto y de la época. Y para nada general. Es verdad que la mejor poesía francesa tuvo una fuerte presencia en poesía buenos aires, y que no pocos grandes poetas surrealistas en lengua francesa fueron publicados, muchos de ellos por primera vez. Pero también se publicó a poetas en inglés, italiano, portugués, ruso, griego, alemán y otros idiomas. Desde los primeros números, por ejemplo, e inclusive desde aquel único de “Arturo”, estuvieron presentes los poetas latinoamericanos, incluidos los brasileños.
El invencionismo, como el arte concreto, era hijo de la razón, mientras que el surrealismo prefirió siempre al sueño. Pero hubo vasos comunicantes entre ellos. Para dar un claro ejemplo, que me toca muy de cerca, acaso el más original de los surrealistas argentinos, Francisco Madariaga, publicó desde un comienzo en poesía buenos aires, que en aquel nº 13-14 de 1953 lo ubica entre los suyos: los “poetas del espíritu nuevo”. Personalmente, y desde muy joven, tanto él como los otros surrealistas argentinos fueron mis amigos, aunque yo nunca acepté ser llamado “surrealista” justamente por respeto a la integridad de sus valores.
-El 3 de octubre de 1951 no fue un día más para Ud.
-No, por supuesto. Todavía con 16 años, a mitad del secundario en el Colegio Nacional de Buenos Aires, invitado en respuesta a una carta espontánea, esa noche fui recibido en el Palacio do Café, su lugar de reunión en la avenida Corrientes al 700, por Raúl Gustavo Aguirre, Nicolás Espiro, Wolf Roitman y el músico Daniel Saidón. Recuerdo bien la fecha porque Aguirre me dedicó un libro esa noche. Al día siguiente cumplía 17 años. Fui recibido con absoluta naturalidad, fraternalmente, pero después de preguntarme si traía poemas conmigo, allí mismo se los juzgó sin concesiones. Las puertas estaban abiertas, pero la poesía era una cosa seria.
-También la revista hizo un trabajo monumental en la faceta de traducción. Se publicaron poemas de Tzara, Desnos, Artaud, Jacob, Eluard, Joyce, e e cummings, Ungaretti, Pasternak, Arp… Usted tiene la feliz distinción, a pedido de Aldo Pellegrini, de haber realizado la primera traducción latinoamericana de Fernando Pessoa, donde aparecían también por primera vez en castellano todos los heterónimos. ¿Qué tipo de metodología selectiva utilizaban a la hora de incorporar autores?
-No había una estructura más o menos fija, y tampoco ningún proceso predeterminado. Básicamente se compartían con alborozo y en un clima de humor y camaradería los descubrimientos de cada uno. Lo que incluía textos propios y ajenos. La revista nunca hubiera sido realidad sin la extrema generosidad, don de gentes y eficacia de Aguirre. Quien, como bien dijo Móbili, “fue quien llevaba nuestros sueños a la imprenta”. Y no sólo eso: muchas veces, a lo largo de esos años, compartió su dirección con otros aunque, insisto, sin él nada hubiera sido posible.
-Tuvieron colaboradores nacionales muy particulares: la jovencísima Alejandra Pizarnik y Leónidas Lamborghini. Pero fueron participaciones tangenciales, ¿verdad?
-Sí. La revista no tenía dogma ni receta alguna. Se movía con libertad en el ámbito de lo moderno. Eso provocó que, además del grupo más o menos habitual, muchos jóvenes valiosos se acercaran, incluso haciendo sus primeras armas con nosotros. Y no sólo poetas: Néstor Sánchez y Juan José Saer se declararon sus adeptos, y Ricardo Piglia resaltó que era una de las muy pocas revistas que leía de joven. Es casi increíble (y eso continúa) la asombrosa capacidad de irradiación que tenía una revista modesta, artesanal, tan independiente como íntegra, sin apoyo de ninguna clase y que tiraba apenas quinientos ejemplares.
-Hubo también –y como es de esperar en este tipo de proyectos- omisiones: Raúl González Tuñón y Nicolás Olivari, por ejemplo. ¿Intentaron contactarse con ellos?
-Y no sólo ellos, tampoco estuvieron Jorge Luis Borges o Ricardo E. Molinari. No se trataba de omisiones por olvido, sino de preferencias. Nuestros afectos, más que nuestros intereses, se orientaban entonces en otras direcciones: sobre todo Oliverio Girondo y Juan L. Ortiz, a quienes tratamos directamente destacándolos cuando nadie los evocaba, o Macedonio Fernández (a quien me tocó hacer publicar en el último número), y también se dieron los aforismos de Baldomero Fernández Moreno o los poemas místicos de Ricardo Güiraldes.
-¿Podríamos rotular de “paradójico” el hecho que ninguno de los poetas ligados a poesía buenos aires hayan encarado la carrera de Letras?
-No veo por qué. Dado que la revista no se proponía “triunfar”, ni hacer carrera, ni profesionalizarse, Elegimos (o fuimos elegidos por) la tierra de nadie, el lugar de combate más expuesto. Y el menos redituable. En todos los sentidos.
-¿Qué recuerdos personales conserva sobre la personalidad de Raúl Gustavo Aguirre?, ¿siente que su poesía hoy está muy relegada?
-Raúl Gustavo Aguirre fue una figura clave en mi vida. Un hombre de una extraordinaria capacidad, que por amor a la poesía prefirió prodigarse difundiendo a otros y dejándose un poco de lado a sí mismo. Poeta, traductor, ensayista, crítico, editor, docente, y sobre todo amigo, su presencia y su palabra no desaparecerán jamás. Y serán quienes no la perciban los que se lo pierden. Mucha de su obra personal permanece aún inédita. Esperando su momento. Pero sigue viva de mano de mano, de joven en joven, de hermano en hermano. Una editorial universitaria, Eduvim, me ha confiado dirigir una cuidada colección: “La Gran Poesía”. Allí me propongo reeditar las excelentes versiones de Raúl. La primera será Emily Dickinson. Pero habrá más.
-Más de 40 poetas argentinos escribieron en poesía buenos aires. Pero Edgar Bayley era un poeta que lo marcó muy particularmente. Escribe Ud. en el prólogo de la edición facsimilar: “era un astro a la vez próximo y lejano, pero con órbita propia”. ¿Por qué esa “lejanía” a la que alude?
-Esa cifra es fruto de una confusión. Una cosa es haber formado parte del grupo reunido alrededor de poesía buenos aires, y otra distinta haber sido publicado en ella. Como expliqué con respecto al nº 13-14, en él figuraban no sólo los poetas de la revista sino también los madí, los surrealistas, y los de otras tendencias. Cuando Aguirre publica en 1979 su gran antología “El movimiento poesía buenos aires (1950-1960)”, ya había concluido hace rato toda animosidad con los surrealistas, por ejemplo, a una de cuyas figuras principales, Aldo Pellegrini, con quien se había polemizado en ocasión de aquel número, se le dedica dicho libro. La gran generosidad de Aguirre hizo que, en esa antología que él parece dedicar al movimiento, incluye a prácticamente todos los poetas que llegaron a ser publicados en la revista. Por eso la cifra asciende a más de cuarenta cuando, en realidad, difícilmente fueran más de diez los miembros habituales del grupo. En cuanto a la personalidad de Edgar Bayley, un niño grande y un intelectual refinadísimo, un bohemio de ley y un gran poeta, un gran ensayista, un jefe de escuela que jamás se tomaba en serio, no es fácil tarea intentar describirla. Digamos que no se atenía casi a ninguna convención, y que su comportamiento era por lo general fuera, muy fuera de lo corriente. Enorme de tamaño, y enorme de bondad e inteligencia, rezongón e insobornable. Podría pasarme horas hablando de él, de Raúl, de los otros…
Un sobreviviente
-Rodolfo, Ud. ha sido el último poeta sobreviviente del grupo. Han pasado 54 años desde el último número, el 30, aparecido en la primavera de 1960. Haciendo un balance cualitativo, ¿La revista dejó alguna asignatura pendiente?
-La noche de la presentación estaban Osmar Bondoni y Luis Iadarola. Así como Nicolás Espiro, que vino de España, y Jorge Carrol, llegado de Guatemala. Y en Goiania, Brasil, vive una figura muy cercana, el francés Yvan Avena, amigo de los primeros. Es difícil intentar hacer el balance de un milagro. Sólo al sostenido tesón de Aguirre se debe que la revista haya cumplido su apuesta consigo mismo de llegar a 30 números en 10 años. ¿Si todavía hoy continúa sorprendiendo, contagiando, encendiendo, si aún está viva, qué asignatura podríamos reclamarle? En abril Gallimard presentó en París la “Correspondance 1952-1983”, el intercambio de cartas entre René Char y Raúl Gustavo Aguirre que, como dije en el prólogo que me encomendaron desde París, éste mantuvo en secreto durante 30 años, ratificando al hacerlo el compromiso ético de poesía buenos aires de “no devenir institución”. (Respondiendo a un pedido de mi amiga, la viuda de Char, me tocó reencontrar las cartas extraviadas del gran poeta francés, lo que posibilitó aquella edición.) En agosto la Biblioteca Nacional presentó en dos tomos su reedición facsimilar completa, de la que también me encargó su introducción. Y en los próximos días aparece en Europa “La revista argentina de vanguardia poesía buenos aires”, volumen de 300 páginas que desde hace años viene elaborando la investigadora alemana Inke Gunia, y que publicará Iberoamericana Vervuert Verlag, de Madrid-Frankfurt. Y el año que viene Edhasa publica en castellano la correspondencia Char-Aguirre, no sólo con mi prólogo sino también con un epílogo especial. Me parece bastante para aquel sueño de juventud, ¿no es cierto?
-¿Existen resabios de “poesía buenos aires” en la poesía de hoy?
-Es posible. Quizá en los últimos tiempos menos literalmente. Pero ese no fue nunca nuestro propósito. Se trataba más bien de mantener el fuego vivo, pasándolo de mano en mano, sin otra intención. Como descubrí que había dicho el exigente y recoleto gran poeta brasileño Dante Milano, casi premonitoriamente: “La misión del poeta no es la de inventar una nueva poesía, sino la de no dejar que la poesía muera.” Hicieron lo posible. Hicimos lo posible. Fraternidad y exigencia. Así fue. Así sea.
-¿En qué trabaja actualmente?
-Para la editorial universitaria Eduvim corrijo las pruebas de “Lengua viva – Poesía reunida 1968-1993”, que aparecerá próximamente. Se trata de un volumen que reedita cuatro libros míos anteriores: “Señora Vida” (1979), “Sol o sombra” (1982), “Jazmín del país” (1988), y “Música concreta” (1994). Este último recibió en 1997 el Premio Nacional de Poesía, al mismo tiempo que Juan Gelman. Y para Alción Editora también corrijo pruebas de un volumen que reúne mis poemas más recientes, de los últimos cinco años hasta la fecha. Se titula “A flor de labios”, y es de inminente aparición.
-¿Y en cuanto a su reconocida tarea como traductor de distintos idiomas?
-Eduvim debe estar distribuyendo mi antología bilingüe “La razón ardiente”, de Guillaume Apollinaire, tercer título de la colección “La Gran Poesía” que dirijo para ellos. Y para Alción Editora reviso las pruebas de otra antología bilingüe: “La primavera hitleriana y otros poemas”, de Eugenio Montale. Mientras tanto, ya les propuse una antología de Sophia de Mello Breyner Andresen: “Un día blanco y otros poemas”. Y estoy puliendo los originales de otra antología bilingüe, esta vez de René Char. El título ya lo cita: “Vivir, límite inmenso”. En todos los casos, soy responsable de la selección, traducción y prólogo.
-¿Alguna otra novedad, por ejemplo respecto a viajes?
-La Cancillería me ha invitado a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México, que se realiza a comienzos de diciembre. Participaré, para ellos, en tres de sus actividades como país invitado. Pero la emoción mayor, según acaban de informarme, es que los propios mexicanos de la FIL me han seleccionado, espontáneamente, para inaugurar este año con una sesión individual su prestigioso “Salón de la Poesía”.
Esta historia no comienza con esas líneas perdidas,
casi tangenciales, de aquel libro inicialmente por encargo que él supo convertir
en texto clave para cualquier argentino honrado: “El río sin orillas”,
donde Juan José Saer (1937-2005) alude de sopetón, como al pasar, a cierto
sauce que visitaba en forma asidua, a orillas del Sena, en una esquina detrás
de Nôtre Dame. Para entonces ya lo habíamos perdido, recientemente, y esa
fidelidad suya a orígenes que me fue dado compartir, esa inesperada presencia
tan activa del árbol que más ama el agua me conmovió superando, con mucho, los
alcances del concepto metáfora.
Nacido en
la pequeña Serodino, de inmigrantes sirios (a los que precisamente dedica “Un
río sin orillas”), la llegada del niño Saer a la ciudad de Santa Fe se me
hace como la de aquellos jóvenes protagonistas campesinos de Cesare Pavese (él
mismo nacido en la casi aldea de Santo Stefano Belbo) que imaginaban rutilante
a Turín. Pero la ciudad de Santa Fe está implantada en eso que llamamos
Litoral, mucho más que región un mundo de aguas y aguas que se entrecruzan a
orillas de las enormes “aguas varonas” del río Paraná, al que da la cara
desde enfrente otra capital homónima, la de Entre Ríos. Pero todo ese mundo de
aguas, de luz, de verdes, donde el sauce se inclina para mojar las hojas de sus
largas ramas en la eterna corriente, constituye un universo de peculiares
intensidades y fecundos matices, al cual sin duda alude, en absoluto retóricamente,
el primer título de Saer: “En la zona”.
No menos hijo de
inmigrantes, nacido porteño pero ya desde niño orgánicamente compelido a
conocer la mayor parte del país en que me habían hecho nacer, llegué a esos
lares de la mano de otro santafesino, Paco Urondo, algo mayor que yo y con el
cual compartíamos entonces una intensa amistad, y también la aventura de una
singular revista de vanguardia: “poesía buenos aires”. Así me tocó conocer
a Hugo Gola, a un casi niño y ya algo rezongón Juan José Saer y, cruzando en
los lanchones el ancho lomo del Paraná, descubrir en su Paraná del otro lado al
inefable Juan L. Ortiz, mucho más que el poeta de esas aguas, de esos ríos, la
prueba viviente de aquello con que nos emocionaba Tristan Tzara: “hacer de la
poesía una manera de vivir”.
El sauce entonces, bellamente emblemático, de tan
tierna y discreta y límpida grandeza, bien podía encarnar como símbolo, como
mito, sin duda a todo eso. Y permítanme recaer en la irremisible obviedad: “En
el aura del sauce” bautizó nada menos que Juan L. Ortiz, a la primera
edición de su poesía completa.
Aquel sucinto apunte de Saer,
entonces, ese indicio de lo que para él significaba, de infancia a infancia, de
lo que para su ser más profundo investía ese sauce que descubrió inclinando, o
más bien derramando sobre el Sena su cabellera verde, me llevó a buscarlo, a
buscarlos: a él y a ese prójimo árbol, durante el primer viaje que me tocó hacer a París, con la
irrefrenable ansiedad de imaginarme compartiendo todavía con él algo tan
inefable como hondo. Y cuando lo encontré exactamente donde dijo, detrás de Nôtre Dame,
y lo descubrí tan alto y amplio y bello, con su verde cabellera bien hundida en
el Sena, casi pierdo el avión porque no podía despegarme del bistró Esmeralda,
que le está haciendo esquina, como si la sombra del querido Juani fuera a venir
a encontrarme, caminando por la vereda de enfrente, hacia el sauce, junto a las
rejas del jardín posterior que continúan el enorme paredón gris de Nôtre Dame,
buscando aquella luz de infancia que nos dio, hasta a mí, porteño claro, el
Litoral. ¿O es que el Mar Dulce, el río sin orillas, el Río de la Plata, no se hace mezclando
al Paraná y al Uruguay? Donde los sauces brillan en su luz que canta.
Pero esta
historia como suele ocurrir no concluyó así. Uno o dos años después, otra vez
en París, lo primero que se me ocurrió fue ir a reencontrarme con el sauce de
Saer sobre el Sena. Llegué al bistró Esmeralda, miré hacia donde había
estado, y sólo encontré el vacío. De inmediato sentí el dolor de una ardiente
injusticia, de una infamia ultrajante. Al balbuceo entrecortado de mis
preguntas, nadie supo responder con alguna exactitud. No sé entonces si el
culpable fue la acostumbrada desidia municipal o la supuesta razón científica.
Sólo sé que al ancho muñón liso como de guillotina donde había estado el bello
árbol, que yo vi y fotografié pleno de vida, desbordante de vida, era enmarcado
por el mismo cielo donde París había permitido erigirse al único rascacielos
que, por ahora, ofende su perspectiva. Los dioses ciegan a los que quieren
perder. Y la luz de ese sauce sólo intenta cantar ahora en ciertas líneas de
poesía y en algunos testimonios fotográficos.
Para
consolarme, quizás, me dijeron que los sauces reviven, rebrotan, aún de esos
muñones burdamente talados. Confiemos entonces, consolémonos, con otra luz, no
menos inefable y no menos orgánica: la de la resiliencia. O que acaso, también,
¿por qué no?, hasta los burócratas replanten sauces jóvenes. Así sea.
Diario La Nación - adn cultura (Argentina) viernes, 22 de septiembre 2014 Leer o no leer poesía,ésa es la cuestión El poeta y traductor Rodolfo Alonso se centra en la "sociedad del espectáculo". Cita a Guy Débord como el primero que logró visualizarla de este modo. "Y por si hubiera dudas, fue nada menos que André Malraux, por aquel entonces precisamente del lado opuesto, quien lo ratificó: 'El mundo se separa del hombre para volverse espectáculo'. Lo que en un tiempo fuera la culpa más temida y execrada, el pecado de escándalo, se ha vuelto ahora la norma, el criterio. Todo se exhibe, todo se desacraliza", señala Alonso.
Este poeta, miembro de la legendaria revista "Poesía Buenos Aires", agrega que "la gran poesía resulta indigerible para la sociedad de consumo". Y enfatiza: "Por más que mediocres o mejores intenten adaptarse, maquillarse, infiltrarse, la verdadera poesía sigue resultando irreductible. ¿Y cómo no habría de serlo si no requiere comprar siempre el último modelo, el último artilugio? ¿Si basta en realidad, para que colme una vida entera, incluso con recordar un solo verso, inefable, único, ricamente polisémico, del que hasta se olvidó a su autor?".
Es apenas un detalle que el 1º de julio se hayan cumplido veinte años de su muerte. O que con esa misma vida, desarreglada y bohemia si las hubo, llegara a alcanzar los noventa. Lo esencial va más allá. O, mejor dicho, más acá.
Porque a veces basta una línea, unas pocas palabras: “Miraba sin entusiasmo al hombre ancho y oscuro como si lo estuviera soñando así, construido con sustancia de tedio y absurdo”. Y es que cuando nos encontramos ante un escritor de raza, no es difícil descubrir un temple, un temblor, percibir en las palabras un sonido de fondo, un rumor más que expresivo, un retumbo de latir percibido por dentro: desde el cuerpo, en el cuerpo. Mucho más que habilidad o don, mucho más que los supuestos límites de un género: una experiencia encarnada de vida y de lenguaje.
Después de Faulkner y de Arlt y casi al mismo tiempo que Borges, ¿acaso antes que Borges?, el singular uruguayo Juan Carlos Onetti (1904-1994), con un pie en su Montevideo natal y otro en la Buenos Aires que nunca dejó de acunarlo, tal vez sin proponérselo, como emergencia natural, revela un dominio que se intuye propio, a la vez irremediable y leve, incierto y troquelado. Así como existe un envidiable mundo del Caribe, y otro cálidamente brasileño, en realidad varios mundos brasileños, siento que en la cultura latinoamericana hay una cuenca rioplatense, que a los porteños o entrerrianos nos hermana con el Uruguay, y que emite un clima, un matiz propio, al mismo tiempo preciso e impreciso, brumoso y nítido. Una huella, señales.
Pero que en un escritor se da en lenguaje. Quizás a algo así aludía certeramente el también uruguayo crítico Angel Rama cuando afirmó que, al leer a Onetti, se presentía un no muy lejano respirar de cuerpo dormido. Hay un aliento allí, un gran aliento, pero también una presencia orgánica, cálida y de fondo, barrosa –como el barro de los orígenes, oscuro y nutritivo– y oscuramente viva, inquieta y contagiosa. Si alguna vez me pregunté públicamente por qué no había un Juan L. Ortiz del Río de la Plata, ahora puedo intentar contestarme que tal vez no era posible para nosotros. Y que es en algunos narradores de raza donde esa poesía (por supuesto mucho más que un género) ha logrado asomarse. Y consumarse.
Sin resquicios para olvidar de qué estamos hablando: “un mundo hecho, administrado por hombrecitos imbéciles”, “un mundo normal y astuto”, leyendo a Onetti, comulgando en Onetti no es difícil percibir, como en los grandes, en la materia de su texto –que en tanto música del sentido es totalmente lírico– la plena irrupción de la palabra poética, precisa e irradiante: “entro en el temblor del cuerpo, amo la crueldad y la alegría”. Como bien dijo Paul Valéry, la prosa agota su valor de cambio. Y la poesía es aquello que, precisamente, no puede terminar de decirse, de traducirse. Pero que se roza cuando uno es escrito: “Arrastró los pies en la frescura de las baldosas yendo hacia la sombra de la casa, hacia la fluctuante gruta de concordia, destierro y autonomía que excavaba en la sombra el ronquido acuoso, desligado, de la mujer dormida...”. ¿De qué otra manera es posible, honestamente, aludir a la palabra, inmediata y tensa, huidiza e invasora, cargada y neta, de Juan Carlos Onetti? Y él mismo nos respondería, sabio indolente: “Tengo que darles capacidad de olvido, entrañas y rostros inconfundibles”.
(Al recibir en su momento otra bienvenida reedición de Juntacadáveres que, como se lo merece, mantiene su obra indeleble en circulación, no pude evitar ir a mi biblioteca y palpar otra vez aquella primera, modesta, entrañable edición montevideana, que con tamaña dignidad encaró uno de tantos exiliados republicanos españoles en estas playas, Benito Milla. El peso latente de ese pequeño volumen, favorecido con benevolencia por la muy uruguaya Comisión del Papel, siempre me lo hará sentir, como en aquella primera ocasión, incluso físicamente cerca.)
Reedición facsimilar de la revista Poesía Buenos Aires
Con prólogo de Rodolfo Alonso, que fue
el miembro más joven:
LA
BIBLIOTECA NACIONAL
PRESENTA SU REEDICIÓN FACSIMILAR COMPLETA DE LA LEGENDARIA REVISTA
DE VANGUARDIA “POESÍA BUENOS AIRES”
(1950-1960)
La Biblioteca Nacional presenta su esperada
reedición facsimilar completa, en dos tomos, de los 30 números de la célebre
revista de vanguardia “Poesía Buenos
Aires” (1950-1960), cuya introducción fue encomendada a Rodolfo Alonso, su
miembro más joven.
El
acto se llevará a cabo el miércoles 20 de agosto, a las 19, en la sala “Juan L.
Ortiz” de la Biblioteca Nacional,
Agüero 2502. CABA, y harán uso de la palabra el director de dicha institución, Horacio González, Ana Longoni, y Rodolfo
Alonso.
Entrada
libre y gratuita.
Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, Ana Longoni y Rodolfo Alonso
Horacio González, director BN, Ana Longoni; Rodoldo Alonso
Horacio González, director de Biblioteca Naciomal, Ana Longoni y Rodolfo Alonso
¿Puede ser asombroso
que el rostro más salvaje y desbocado del rapaz capitalismo financiero,
ensañado hoy contra el único país que había sido capaz de librarse de sus
garras, desnude su realidad atroz de tal manera que la convierte en su más
nítida metáfora?
Hace mucho ya que la Usura no necesita esconder su
pico ávido y curvado. Pero nunca, como en los últimos decenios y ahora, en
estos días que nos tocan tan dolorosamente y tan de cerca, se ha exhibido más
orgullosa, más reina impúdica y feroz. Nunca pareció más segura y más ufana de
sí misma. Nunca había dejado tan de lado toda máscara de hipócrita moral, de
hipócrita justicia.
Ese rostro sangrante
e insaciable es el ídolo del Oro, capaz de imponer en forma universal su
adoración y, al mismo tiempo, beber como caníbal tanto la sangre de sus fieles como
la sangre de sus víctimas. Ese rostro es el enemigo mortal de la Belleza.
Bien sé yo que un gran
poeta como Ezra Pound ya la había magníficamente revelado (con ropaje de
siglos) en su inolvidable Canto XLV,
nada menos que de 1937. Pero a mí se me presentó, sin habérmelo propuesto, en
un momento no menos significativo: el 11 de junio del año 2000. Y no me parece
para nada inadecuado volver a recordarla en aquellas mismas palabras,
precisamente aquí y ahora.
Ampliamente reconocido -a partir de su temprana relación con Poesía Buenos Aires- como creador y traductor de poesía, se ha ido perfilando como crítico y ensayista. Junto a su vasta obra poética, con títulos publicados en el país y en el exterior, se destacan sus celebradas traducciones de grandes poetas (Pessoa, Ungaretti, Pavese, Eluard, Montale, Drummond de Andrade, Murilo Mendes, Baudelaire, Apollinaire, Bandeira y tantos otros). Premio Nacional de Poesía, Premio Único Municipal de Ensayo Inédito (por La voz sin amo), Premio Konex, recibió la Orden Alejo Zuloaga de la Universidad de Carabobo Venezuela, y las Palmas Académicas de la Academia Brasileña de Letras. Su libro de poemas: "El arte de callar", obtuvo el Premio Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia.
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Contacto con el autor:
rodolfoalonso2002@yahoo.com.ar
Rodolfo Alonso con Zelia Gattai (viuda de Jorge Amado) y Helio Jaguaribe, 2006, en la Academia Brasileña de Letras cuando le otorgan las Palmas Académicas
Academia Brasileña de Letras, 2006
Rodolfo Alonso con Nélida Piñón.
Monterrey, 2008
Rodolfo Alonso con Raúl Zurita (foto Javier Narváez)