16.11.14

En el aura de Saer



por Rodolfo Alonso *



Esta historia no comienza con esas líneas perdidas, casi tangenciales, de aquel libro inicialmente por encargo que él supo convertir en texto clave para cualquier argentino honrado: “El río sin orillas”, donde Juan José Saer (1937-2005) alude de sopetón, como al pasar, a cierto sauce que visitaba en forma asidua, a orillas del Sena, en una esquina detrás de Nôtre Dame. Para entonces ya lo habíamos perdido, recientemente, y esa fidelidad suya a orígenes que me fue dado compartir, esa inesperada presencia tan activa del árbol que más ama el agua me conmovió superando, con mucho, los alcances del concepto metáfora.
       Nacido en la pequeña Serodino, de inmigrantes sirios (a los que precisamente dedica “Un río sin orillas”), la llegada del niño Saer a la ciudad de Santa Fe se me hace como la de aquellos jóvenes protagonistas campesinos de Cesare Pavese (él mismo nacido en la casi aldea de Santo Stefano Belbo) que imaginaban rutilante a Turín. Pero la ciudad de Santa Fe está implantada en eso que llamamos Litoral, mucho más que región un mundo de aguas y aguas que se entrecruzan a orillas de las enormes “aguas varonas” del río Paraná, al que da la cara desde enfrente otra capital homónima, la de Entre Ríos. Pero todo ese mundo de aguas, de luz, de verdes, donde el sauce se inclina para mojar las hojas de sus largas ramas en la eterna corriente, constituye un universo de peculiares intensidades y fecundos matices, al cual sin duda alude, en absoluto retóricamente, el primer título de Saer: “En la zona”.
       No menos hijo de inmigrantes, nacido porteño pero ya desde niño orgánicamente compelido a conocer la mayor parte del país en que me habían hecho nacer, llegué a esos lares de la mano de otro santafesino, Paco Urondo, algo mayor que yo y con el cual compartíamos entonces una intensa amistad, y también la aventura de una singular revista de vanguardia: “poesía buenos aires”. Así me tocó conocer a Hugo Gola, a un casi niño y ya algo rezongón Juan José Saer y, cruzando en los lanchones el ancho lomo del Paraná, descubrir en su Paraná del otro lado al inefable Juan L. Ortiz, mucho más que el poeta de esas aguas, de esos ríos, la prueba viviente de aquello con que nos emocionaba Tristan Tzara: “hacer de la poesía una manera de vivir”.
El sauce entonces, bellamente emblemático, de tan tierna y discreta y límpida grandeza, bien podía encarnar como símbolo, como mito, sin duda a todo eso. Y permítanme recaer en la irremisible obviedad: “En el aura del sauce” bautizó nada menos que Juan L. Ortiz, a la primera edición de su poesía completa.
Aquel sucinto apunte de Saer, entonces, ese indicio de lo que para él significaba, de infancia a infancia, de lo que para su ser más profundo investía ese sauce que descubrió inclinando, o más bien derramando sobre el Sena su cabellera verde, me llevó a buscarlo, a buscarlos: a él y a ese prójimo árbol, durante el primer  viaje que me tocó hacer a París, con la irrefrenable ansiedad de imaginarme compartiendo todavía con él algo tan inefable como hondo. Y cuando lo encontré  exactamente donde dijo, detrás de Nôtre Dame, y lo descubrí tan alto y amplio y bello, con su verde cabellera bien hundida en el Sena, casi pierdo el avión porque no podía despegarme del bistró Esmeralda, que le está haciendo esquina, como si la sombra del querido Juani fuera a venir a encontrarme, caminando por la vereda de enfrente, hacia el sauce, junto a las rejas del jardín posterior que continúan el enorme paredón gris de Nôtre Dame, buscando aquella luz de infancia que nos dio, hasta a mí, porteño claro, el Litoral. ¿O es que el Mar Dulce, el río sin orillas, el Río de la Plata, no se hace mezclando al Paraná y al Uruguay? Donde los sauces brillan en su luz que canta.
      
       Pero esta historia como suele ocurrir no concluyó así. Uno o dos años después, otra vez en París, lo primero que se me ocurrió fue ir a reencontrarme con el sauce de Saer sobre el Sena. Llegué al bistró Esmeralda, miré hacia donde había estado, y sólo encontré el vacío. De inmediato sentí el dolor de una ardiente injusticia, de una infamia ultrajante. Al balbuceo entrecortado de mis preguntas, nadie supo responder con alguna exactitud. No sé entonces si el culpable fue la acostumbrada desidia municipal o la supuesta razón científica. Sólo sé que al ancho muñón liso como de guillotina donde había estado el bello árbol, que yo vi y fotografié pleno de vida, desbordante de vida, era enmarcado por el mismo cielo donde París había permitido erigirse al único rascacielos que, por ahora, ofende su perspectiva. Los dioses ciegan a los que quieren perder. Y la luz de ese sauce sólo intenta cantar ahora en ciertas líneas de poesía y en algunos testimonios fotográficos.
       Para consolarme, quizás, me dijeron que los sauces reviven, rebrotan, aún de esos muñones burdamente talados. Confiemos entonces, consolémonos, con otra luz, no menos inefable y no menos orgánica: la de la resiliencia. O que acaso, también, ¿por qué no?, hasta los burócratas replanten sauces jóvenes. Así sea.

* Poeta, traductor, ensayis

6.9.14

Leer o no leer poesía,ésa es la cuestión

Diario La Nación - adn cultura  (Argentina)   viernes, 22 de septiembre 2014

Leer o no leer poesía,ésa es la cuestión

 El poeta y traductor Rodolfo Alonso se centra en la "sociedad del espectáculo". Cita a Guy Débord como el primero que logró visualizarla de este modo. "Y por si hubiera dudas, fue nada menos que André Malraux, por aquel entonces precisamente del lado opuesto, quien lo ratificó: 'El mundo se separa del hombre para volverse espectáculo'. Lo que en un tiempo fuera la culpa más temida y execrada, el pecado de escándalo, se ha vuelto ahora la norma, el criterio. Todo se exhibe, todo se desacraliza", señala Alonso.
Este poeta, miembro de la legendaria revista "Poesía Buenos Aires", agrega que "la gran poesía resulta indigerible para la sociedad de consumo". Y enfatiza: "Por más que mediocres o mejores intenten adaptarse, maquillarse, infiltrarse, la verdadera poesía sigue resultando irreductible. ¿Y cómo no habría de serlo si no requiere comprar siempre el último modelo, el último artilugio? ¿Si basta en realidad, para que colme una vida entera, incluso con recordar un solo verso, inefable, único, ricamente polisémico, del que hasta se olvidó a su autor?".

23.8.14

Un escritor de raza

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Contratapa  |  Jueves, 21 de agosto de 2014

Un escritor de raza

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Por Rodolfo Alonso *

Es apenas un detalle que el 1º de julio se hayan cumplido veinte años de su muerte. O que con esa misma vida, desarreglada y bohemia si las hubo, llegara a alcanzar los noventa. Lo esencial va más allá. O, mejor dicho, más acá.
Porque a veces basta una línea, unas pocas palabras: “Miraba sin entusiasmo al hombre ancho y oscuro como si lo estuviera soñando así, construido con sustancia de tedio y absurdo”. Y es que cuando nos encontramos ante un escritor de raza, no es difícil descubrir un temple, un temblor, percibir en las palabras un sonido de fondo, un rumor más que expresivo, un retumbo de latir percibido por dentro: desde el cuerpo, en el cuerpo. Mucho más que habilidad o don, mucho más que los supuestos límites de un género: una experiencia encarnada de vida y de lenguaje.
Después de Faulkner y de Arlt y casi al mismo tiempo que Borges, ¿acaso antes que Borges?, el singular uruguayo Juan Carlos Onetti (1904-1994), con un pie en su Montevideo natal y otro en la Buenos Aires que nunca dejó de acunarlo, tal vez sin proponérselo, como emergencia natural, revela un dominio que se intuye propio, a la vez irremediable y leve, incierto y troquelado. Así como existe un envidiable mundo del Caribe, y otro cálidamente brasileño, en realidad varios mundos brasileños, siento que en la cultura latinoamericana hay una cuenca rioplatense, que a los porteños o entrerrianos nos hermana con el Uruguay, y que emite un clima, un matiz propio, al mismo tiempo preciso e impreciso, brumoso y nítido. Una huella, señales.
Pero que en un escritor se da en lenguaje. Quizás a algo así aludía certeramente el también uruguayo crítico Angel Rama cuando afirmó que, al leer a Onetti, se presentía un no muy lejano respirar de cuerpo dormido. Hay un aliento allí, un gran aliento, pero también una presencia orgánica, cálida y de fondo, barrosa –como el barro de los orígenes, oscuro y nutritivo– y oscuramente viva, inquieta y contagiosa. Si alguna vez me pregunté públicamente por qué no había un Juan L. Ortiz del Río de la Plata, ahora puedo intentar contestarme que tal vez no era posible para nosotros. Y que es en algunos narradores de raza donde esa poesía (por supuesto mucho más que un género) ha logrado asomarse. Y consumarse.
Sin resquicios para olvidar de qué estamos hablando: “un mundo hecho, administrado por hombrecitos imbéciles”, “un mundo normal y astuto”, leyendo a Onetti, comulgando en Onetti no es difícil percibir, como en los grandes, en la materia de su texto –que en tanto música del sentido es totalmente lírico– la plena irrupción de la palabra poética, precisa e irradiante: “entro en el temblor del cuerpo, amo la crueldad y la alegría”. Como bien dijo Paul Valéry, la prosa agota su valor de cambio. Y la poesía es aquello que, precisamente, no puede terminar de decirse, de traducirse. Pero que se roza cuando uno es escrito: “Arrastró los pies en la frescura de las baldosas yendo hacia la sombra de la casa, hacia la fluctuante gruta de concordia, destierro y autonomía que excavaba en la sombra el ronquido acuoso, desligado, de la mujer dormida...”. ¿De qué otra manera es posible, honestamente, aludir a la palabra, inmediata y tensa, huidiza e invasora, cargada y neta, de Juan Carlos Onetti? Y él mismo nos respondería, sabio indolente: “Tengo que darles capacidad de olvido, entrañas y rostros inconfundibles”.
(Al recibir en su momento otra bienvenida reedición de Juntacadáveres que, como se lo merece, mantiene su obra indeleble en circulación, no pude evitar ir a mi biblioteca y palpar otra vez aquella primera, modesta, entrañable edición montevideana, que con tamaña dignidad encaró uno de tantos exiliados republicanos españoles en estas playas, Benito Milla. El peso latente de ese pequeño volumen, favorecido con benevolencia por la muy uruguaya Comisión del Papel, siempre me lo hará sentir, como en aquella primera ocasión, incluso físicamente cerca.)

* Poeta, traductor, ensayista.

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11.8.14

REEDICIÓN: REVISTA POESÍA BUENOS AIRES



Reedición facsimilar de la revista Poesía Buenos Aires


Con prólogo de Rodolfo Alonso, que fue el miembro más joven:

LA BIBLIOTECA NACIONAL PRESENTA SU REEDICIÓN FACSIMILAR COMPLETA DE LA LEGENDARIA REVISTA DE VANGUARDIA “POESÍA BUENOS AIRES” (1950-1960)


La Biblioteca Nacional presenta su esperada reedición facsimilar completa, en dos tomos, de los 30 números de la célebre revista de vanguardia “Poesía Buenos Aires” (1950-1960), cuya introducción fue encomendada a Rodolfo Alonso, su miembro más joven.
         El acto se llevará a cabo el miércoles 20 de agosto, a las 19, en la sala “Juan L. Ortiz” de la Biblioteca Nacional, Agüero 2502. CABA, y harán uso de la palabra el director de dicha institución, Horacio González, Ana Longoni, y Rodolfo Alonso.
         Entrada libre y gratuita.




Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, Ana Longoni y Rodolfo Alonso













Horacio González, director BN, Ana Longoni; Rodoldo Alonso




Horacio González, director de Biblioteca Naciomal, Ana Longoni y Rodolfo Alonso



2.7.14

Contra la Usura



Por Rodolfo Alonso *



¿Puede ser asombroso que el rostro más salvaje y desbocado del rapaz capitalismo financiero, ensañado hoy contra el único país que había sido capaz de librarse de sus garras, desnude su realidad atroz de tal manera que la convierte en su más nítida metáfora?
Hace mucho ya que la Usura no necesita esconder su pico ávido y curvado. Pero nunca, como en los últimos decenios y ahora, en estos días que nos tocan tan dolorosamente y tan de cerca, se ha exhibido más orgullosa, más reina impúdica y feroz. Nunca pareció más segura y más ufana de sí misma. Nunca había dejado tan de lado toda máscara de hipócrita moral, de hipócrita justicia.
Ese rostro sangrante e insaciable es el ídolo del Oro, capaz de imponer en forma universal su adoración y, al mismo tiempo, beber como caníbal tanto la sangre de sus fieles como la sangre de sus víctimas. Ese rostro es el enemigo mortal de la Belleza.
Bien sé yo que un gran poeta como Ezra Pound ya la había magníficamente revelado (con ropaje de siglos) en su inolvidable Canto XLV, nada menos que de 1937. Pero a mí se me presentó, sin habérmelo propuesto, en un momento no menos significativo: el 11 de junio del año 2000. Y no me parece para nada inadecuado volver a recordarla en aquellas mismas palabras, precisamente aquí y ahora.


                 Rehúsa prosternarse ante Baal

                
                 ¿Qué es enfrentar los lobos
                 en el silencio blanco
                 del Yukón o la estepa,
                 ser echado a los leones
                 liviano como un mártir,
                 trepar involuntario
                 al potro del tormento,
                 sentir el frío abrazo
                 de la Dama de Hierro,
                 que acaricien tu cuello
                 con el garrote vil,
                 el lazo de los tugs,
                 la soga del verdugo
                 o la atroz sutileza
                 de los Inquisidores,
                 sobrevivir naufragios,
                 te trague la Ballena,
                 atravesar los polos,
                 caerse en la manigua,
                 delirar en la selva,
                 sostener al simún
                 bajo el sol de las doce,
                 salvarse de la peste,
                 perderse en la tormenta
                 de nieve hasta dormirse
                 dulcemente por siempre,
                 ser presa de caníbales,
                 comprado como esclavo?
                 ¿Qué es enfrentarse a eso
                 frente al escalofrío
                 de un alud financiero,
                 el maëlstrom de la Bolsa,
                 el rugir del dinero,
                 el tifón de la usura
                 que te sorbe la médula
                 con la fría mirada
                 seductora y terrible
                 de insaciable Medusa?
                 ¿Nunca se podrá ser
                 lo suficientemente
                 humano? Silencioso,
                 Harpagón, corroído
                 por su cáncer dorado,
                 vuelve silencio al mundo
                 y prisión al destino.
       Miserable confort.


  • Poeta, traductor, ensayista.

es.wikipedia.org/wiki/Rodolfo_Alonso


13.6.14

NO HAY PAZ PARA OCTAVIO PAZ


 

 
Publicado en Página/12 el 10 de junio.

                                                                                                                                Por Rodolfo Alonso *

 

El gran dinero y la gran prensa neoliberal intentaron apoderarse de todo Octavio Paz, el célebre escritor mexicano, distorsionando sus tempranas críticas al terror stalinista y su redescubrimiento del verdadero liberalismo para adjudicárselo, domesticado como a tantos otros conversos hacia la derecha.

            Porque Paz, nacido en plena Revolución Mexicana (1914), era hijo de Octavio Paz Solórzano, fundador del Partido Nacional Agrarista, asesor legal de Emiliano Zapata y su representante en EEUU, involucrado en la reforma agraria y en las transformaciones educativas de José Vasconcelos. Apenas recibido, en 1937 parte a Yucatán con las misiones pedagógicas de Lázaro Cárdenas. Y también ese año integra la delegación mexicana al célebre Congreso de Escritores Antifascistas convocado en Valencia por los republicanos españoles, mientras arreciaba la guerra civil desatada por el franquismo.

            Comenzaba su tarea de escritor, cuyos primeros títulos lo vuelven hombre público. Polemista agudo, convencido humanista, su figura crece como su influjo, entre admiraciones y rechazos. Pero algo hay que reconocerle: en 1968, tras 24 años de diplomacia renuncia como rechazo a la feroz represión oficial que dejó muchos muertos y heridos, durante la masacre de Tlatelolco, entre los estudiantes mexicanos.

            Medio siglo después de aquel legendario Congreso de Valencia, se invitó a los sobrevivientes. A Octavio Paz eso le provocó un gran texto: “El lugar de la prueba”. Lo reprodujo La Nación el 8 de noviembre de 1987. Y en él descubrí una vertiente bien oculta. Dice: “porque la libertad de expresión está en peligro siempre. La amenazan no sólo los gobiernos totalitarios y las dictaduras militares, sino también, en las democracias capitalistas, las fuerzas impersonales de la publicidad y el mercado. Someter las artes y la literatura a las leyes que rigen la circulación de mercancías es una forma de censura no menos nociva y bárbara que la censura ideológica.”

            En su libro La otra voz / Poesía y fin de siglo, de 1990, el año de su Premio Nobel, Octavio Paz reitera claramente: “hoy las artes y la literatura se exponen a un peligro distinto: no las amenaza una doctrina o un partido político omnisciente sino un proceso económico sin rostro, sin alma y sin dirección. El mercado es circular, impersonal, imparcial e inflexible.”

Y en otro libro: Al paso, insiste: “Pienso en la solapada dominación del dinero y el comercio en el mundo del arte y la literatura. Las leyes del mercado no son estrictamente aplicables a la literatura, al pensamiento y al arte. Las potencias meramente comerciales, regidas por el criterio del éxito y la venta, tienden a la uniformidad – máscara de la muerte.”

            No era algo casual. El 25 de agosto de 1992 leo en La Nación: “Es muy grave que el relativismo social actual se convierta en un nuevo absolutismo basado en esta idea: las cosas no tienen valor, tienen precio. Este es el camino por el cual una sociedad se destruye.” Y añade: “Cuando yo era joven el gran enemigo del arte eran los Estados autoritarios. Esta amenaza ha sido sustituida por otra mucho más sutil: la amenaza del mercado, que lo relativiza todo. Estas son las grandes amenazas modernas. El mecanismo del mercado no tiene ideología, acepta todas, las usa todas, no respeta ninguna y se sirve de todas ellas.”

            Si fuera poco, en Le Nouvel Observateur poco antes de morir, en 1998 afirma Paz: “Se habló del desastre del autoritarismo, sería preciso hablar del desastre del capitalismo liberal y democrático, en el dominio del pensamiento como en el de la vida cotidiana; la idolatría del dinero, el mercado transformado en valor único que expulsa a todos los otros.”

            Podría citar más, pero ya basta. Llegó la hora de pensar a Octavio Paz en su complejidad, sin anteojeras. No quiero decir que tal reiteración sea única. Pero siento que le debemos considerarlo íntegramente, desde nuestra propia perspectiva sí, pero en toda su  fecunda riqueza. Así empezó a ocurrir donde algunos no hubieran esperado: intelectuales cubanos impulsaron un seminario de análisis a fondo para la entera obra de Paz.

            Y hay más. En “El lugar de la prueba”, 50 años después de aquel congreso antifascista, Octavio Paz sólo recuerda esto: “en fin, y ante todo, el trato con los soldados, los campesinos, los obreros, los maestros de escuela, los periodistas, los muchachos y las muchachas, los viejos y las viejas. Con ellos y por ellos aprendí que la palabra fraternidad no es menos preciosa que la palabra libertad: es el pan de los hombres, el pan compartido. Esto que digo no es una figura literaria. Una noche tuve que refugiarme con algunos amigos en una aldea vecina a Valencia mientras la aviación enemiga, detenida por las baterías antiaéreas, descargaba sus bombas en la carretera. El campesino que nos dio albergue, al enterarse de que yo venía de México, un país que ayudaba a los republicanos, salió a su huerta a pesar del bombardeo, cortó un melón y, con un pedazo de pan y un jarro de vino, lo compartió con nosotros.”

            ¿Alguien capaz de expresar eso no merece que volvamos a pensarlo de nuevo?

* Poeta, traductor, ensayista.

26.4.14

RODOLFO ALONSO EN LA FERIA DEL LIBRO

 
 
 
Especialmente invitado, Rodolfo Alonso participará en dos actividades de la Feria del Libro.
        
El domingo 4 de mayo, a las 20,30, compartirá con los escritores mexicanos Michael Antonio Del Toro y Julio Trujillo la mesa redonda sobre “Octavio Paz, poeta”. Coordina: Celina Manzoni. Organiza el Consejo Nacional para las Artes y la Cultura de México. Sala: Roberto Arlt.
        
Y el viernes 9 de mayo, a las 20,30, formará parte del encuentro en homenaje a Juan Gelman, junto con Jacques Ancet, Jorge Boccanera y Daniel Freidemberg. Coordina: Alberto Diaz. Organiza la Fundación El Libro. Sala: Alfonsina Storni.
 
 

24.4.14

HOMENAJE FRATERNAL A JUAN GELMAN


 

 

El jueves 8 de mayo, a las 19, en la sala “Augusto R. Cortazar” de la Biblioteca Nacional, Agüero 2502, CABA, dos poetas y grandes amigos de Juan Gelman le rinden sentido y fraternal homenaje.

Jacques Ancet, su traductor al francés, leerá su largo poema “La lumière et les cendres / Milonga pour Juan Gelman”, escrito entre el 13 y el 30 de enero de 2014. Y Rodolfo Alonso leerá su traducción de dicho poema: “Las cenizas y la luz / Milonga para Juan Gelman”, efectuada casi simultáneamente.

Ambos se referirán, además, a esa circunstancia y a sus recuerdos y valoraciones del gran poeta fallecido el 14 de enero.

En la oportunidad, Alción Editora presentará su edición bilingüe de “Las cenizas y la luz / Milonga para Juan Gelman”, de Jacques Ancet, con traducción y prólogo de Rodolfo Alonso.

Entrada libre y gratuita.

 

HOMENAJE FRATERNAL A JUAN GELMAN

 

El jueves 8 de mayo, a las 19, en la sala “Augusto R. Cortazar” de la Biblioteca Nacional, Agüero 2502, CABA, dos poetas y grandes amigos de Juan Gelman le rinden sentido y fraternal homenaje.

Jacques Ancet, su traductor al francés, leerá su largo poema “La lumière et les cendres / Milonga pour Juan Gelman”, escrito entre el 13 y el 30 de enero de 2014. Y Rodolfo Alonso leerá su traducción de dicho poema: “Las cenizas y la luz / Milonga para Juan Gelman”, efectuada casi simultáneamente.

Ambos se referirán, además, a esa circunstancia y a sus recuerdos y valoraciones del gran poeta fallecido el 14 de enero.

En la oportunidad, Alción Editora presentará su edición bilingüe de “Las cenizas y la luz / Milonga para Juan Gelman”, de Jacques Ancet, con traducción y prólogo de Rodolfo Alonso.

Entrada libre y gratuita.

 

23.4.14

Con Shakespeare, 450 años después


 

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Miércoles, 23 de abril de 2014
Opinión

Con Shakespeare, 450 años después

Por Rodolfo Alonso * 
La única fecha cierta, documentada, es la de su bautismo, el 26 de abril de 1564. Hay quienes la prefieren ubicar tres días antes, para forzarla quizás a coincidir con la de su muerte, un 23 de abril pero de 1616. Por su lado, la tradición afirma que en aquellos tiempos se acostumbraba bautizar a los niños dentro de la semana posterior a haberlos dado a luz. Podemos por lo tanto estar seguros de que en la última semana de abril de 2014 se conmemorarán 450 años de la entrada en el mundo del más ilustre poeta de la lengua inglesa, el bardo, el indeleble y justicieramente universal Cisne de Avon.
“Hay hombres que son océanos”, dijo de él Victor Hugo. ¿Qué más puede hoy decir uno, ya, de William Shakespeare? Una sola de sus muchas obras de teatro hubiera sido más que suficiente para otorgarle la inmortalidad que puede caber en el corazón de los hombres. (Y, lo que es tantas veces más difícil, para justificarla.)
Pero no sólo derramó su talento, su sensibilidad y su devoción por la belleza, siempre crispada por lo esencialmente humano, en decenas de tragedias y aun comedias que siguen vivas siglo tras siglo sobre los escenarios del mundo entero (el mismo globo es su escenario, como lo fue en vida su Teatro del Globo, milagrosamente reconstruido a orillas del Támesis), sino que también nos dejó sus Sonetos.
Esos providenciales textos-océano de misterioso origen, de aventurada vida –tan unida a la suya propia, a su propia existencia—, que se salvaron milagrosamente de más de una airada tentativa de destruirlos y que nos permiten conocer aún ahora, más que nada, como nadie, el encendido corazón mismo del hombre que seguimos llamando Willian Shakespeare, del gran poeta encarnado en su lengua libre, fértil y rica.

Un soneto de Shakespeare 
Avido Tiempo, mella las garras del león.
Y haz que la tierra trague su propia dulce cría;
Arranca agudos dientes de las fauces del tigre
Feroz, e incendia al fénix longevo en su sangre;
Que sea la época alegre o triste mientras fluyes,
Y haz todo lo que quieras, Tiempo de pies ligeros,
Al vasto mundo y a sus dulzuras que marchitan;
Pero yo te prohíbo el crimen más horrible:
¡Oh! que tus horas no ajen la clara frente amada
Ni traces allí líneas con tu antigua pluma;
A ella en tu curso intacta llegar a ser concédele
Modelo de belleza para hombres del futuro.
Viejo Tiempo, encarnízate: a pesar de tu agravio
En mis versos por siempre mi amor vivirá joven. 
(Versión de Rodolfo Alonso) 
* Poeta, traductor, ensayista.
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15.4.14

Alcón, vivo en la poesía



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Martes, 15 de abril de 2014
Opinión

Alcón, vivo en la poesía

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Por Rodolfo Alonso *
Acaba de dejarnos. Con la misma discreción y la misma dignidad con que vivió. No sé si la banalidad y la estridencia permiten hoy calibrar cabalmente la entera personalidad de Alfredo Alcón. Los timbres y los matices de su voz, junto con la calidez y calidad de su presencia, no eran los únicos en sostener su dignidad estética, nunca bastardeada. Y que siempre se dio en él, como en los auténticos artistas, con una conciencia ética, impregnada de humanismo, y que le surgía de manera espontánea, natural, sin preconceptos y sin dogmas.
Si algo pudiera dar testimonio cabal de ello, siento que fue su decidida, delicada y total entrega a la mejor poesía. A pesar de su modestia innata, logró filtrarse aquella vez en que, reiterando en Mar del Plata su ejemplar espectáculo exclusivamente dirigido, como haría con otros, a la poesía de Lorca (que como toda gran poesía, exige un marco de silencio), Alcón lo suspendió indignado por los ruidos que le impedían cumplir con su hondo respeto hacia el poema.
Y yo mismo puedo dar testimonio de ello. Como ya había empezado a ocurrirme, cuando me descubrí adolescente poeta y traductor sin habérmelo propuesto, también sin experiencia periodística y contestando un simple aviso, la editorial Abril me convirtió en el subdirector a cargo de la dirección de su revista Claudia. Que, originalmente dirigida a la mujer moderna, algo del todo
inusual en esos tiempos, logré orientar además hacia objetivos artísticos y culturales, con lo cual su público (¡de cientos de miles de ejemplares!) se amplió hasta incluir a toda la familia.
En 1964, la editorial incorpora algo nuevo: discos flexibles. Y como promoción, decide incluirlos en la revista. De los primeros, me encargan seleccionar uno sobre “El amor en la poesía”, que iba a leer Alfredo Alcón. Así me tocó el privilegio no sólo de conocerlo personalmente, sino de hacerlo mucho más a fondo, porque el trabajo de grabación se fue haciendo cada vez más extendido y más intenso, ya que Alfredo respetaba tanto la poesía que nunca le bastaba una sola, sino que pedía reiterarlas hasta encontrar su tono, su preciso timbre.
Asistí emocionado a la forma tesonera y respetuosa con que la voz de Alfredo Alcón iba encarnando, temblorosa, tocante, la altura de los grandes poetas que mi juventud había reunido a tal efecto. Comenzaba por los clásicos: Catulo, el arábigo-andaluz Umar Ben Umar, un anónimo del Romancero español, Garcilaso, Quevedo, de cuyo inmortal soneto “Amor constante más allá de la muerte” Alfredo quiso realizar numerosas versiones, cosa que aún me asombra luminosamente por tanto como implica.
Y a partir de Rubén Darío, de César Vallejo y de Neruda, seguimos con otros grandes modernos, muchos casi desconocidos por entonces, como era el caso de Macedonio Fernández, o de Ricardo Güiraldes como poeta, para seguir con los preclaros españoles Pedro Salinas y Miguel Hernández. Así como con mis propias traducciones de Fernando Pessoa, Paul Eluard, Jacques Prévert. Para cerrar con una límpida copla popular argentina.
Pero ése no había sido nuestro único encuentro. Poco antes, en 1961, cuando maduraba el “nuevo cine argentino”, que sólo iba a decapitar la dictadura de Onganía, Alfredo fue uno de los tres actores que, realmente por amor al arte, sin el menor rédito, aceptaron leer mi texto casi poético para Faena, el más que documental sobre el matadero dirigido por Humberto Ríos, entonces muy premiado y que hasta hoy se estudia en las escuelas de cine. Por suerte, aún se lo encuentra en ellas.
Y para quienes quieran darse el enorme gusto de escuchar “El amor en la poesía”, aquella grabación se conserva en la Audiovideoteca de Escritores de la Ciudad de Buenos Aires. Así como muchos de nosotros guardaremos, como poesía lograda, como poema vivo, la voz y la presencia de nuestro grande y querido Alfredo Alcón.
* Poeta, traductor, ensayista.
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11.4.14

Presentación de libros







MARTES, 8 DE ABRIL DE 2014
LITERATURA › RODOLFO ALONSO PRESENTARA HOY LA REEDICION DE ENTRE DIENTES Y DOS TRADUCCIONES

“La poesía es algo que me sobrepasa”

“Toda gran poesía es un ser soberano
y autónomo, de lenguaje vivo, orgánico”,
dice Alonso.
El encuentro de hoy a las 19, en la Biblioteca Nacional, será una oportunidad para homenajear la intensa trayectoria de este poeta y traductor. “La poesía me ocurre, jamás me senté a escribir un poema con esa intención previa”, asegura.




 Por Silvina Friera
“Qué sería/ la vida/ sin música...” Los versos finales de “Yuyo brujo” pueden iluminar el principio existencial del poeta y traductor Rodolfo Alonso. Entonces, cuando escribió este poema que integra Entre dientes, reeditado por Alción junto con sus traducciones de Leda y otros poemas, de Paul Eluard, y Poesía alemana de posguerra (1945-1966), de Paul Celan, Günter Grass y otros –en colaboración con Klaus Dieter Vervuert–, tenía poco más de 20 años y ya era el más joven de los poetas de la legendaria revista de vanguardia Poesía Buenos Aires. La presentación de estos tres libros en compañía de Daniel Freidemberg, hoy a las 19 en la Biblioteca Nacional (Agüero 2052), será la oportunidad para homenajear su intensa trayectoria. “Si resultara un homenaje, sería el primero en sorprenderme. Lo siento más como una celebración. Una celebración de la poesía a través de uno de sus instrumentos posibles: toda una vida que se descubrió dedicada a ella espontáneamente, sin habérmelo propuesto, en creación, traducción y reflexión”, aclara el poeta a Página/12. “Sigo coincidiendo con lo que puntualizó José Pedroni: ‘La gloria es un verso recordado’. Incluso, y quizás especialmente, cuando ya ni se recuerda el nombre de su autor. Y por supuesto, sin que éste haya tenido nada que ver en el asunto. Ya lo sabía bien Paul Valéry: ‘La más grande gloria imaginable es una gloria que permanecerá siempre ignorada por aquel que la obtiene’. O, mejor aún: ‘La gloria debe obtenerse como sub-producto...”

–¿Cuál es el primer recuerdo que tiene en el que está escribiendo un poema?

–La poesía me ocurre, jamás me senté a escribir un poema con esa intención previa. Que yo recuerde, mi primera vez fue en plena infancia, entre los 13 y 14 años. Un día de lluvia, circunstancia que aún me sigue conmoviendo, creando como un aura donde me siento más íntimo y fraterno. Y ya concentrada en pocas líneas, como me iba a ocurrir toda la vida. Aunque parezca increíble, las recuerdo: “Largos cuchillos de acero/ rasgan un paño ceniza.// Lejos, el horizonte agoniza...”.

–¿Qué era para ese adolescente la poesía? ¿Qué cambia con los años?

–Es algo que me sobrepasa, que me excede. Un llamado que no se puede desoír. Y de que viene tanto de adentro como afuera. De la vida personal, secreta, interna, y también de la vida con los otros, social, histórica, que nos envuelve. Y casi siempre al mismo tiempo. No suele presentarse de la misma manera. Pero es como un don. Un don de oído, un don de lenguas. Que desencadenan los hechos más diversos, aunque también en gran medida recurrentes. Y que se asoma en algún ritmo, en algún timbre, hasta en un juego de palabras. Algo inefable, y que sólo llegué mucho más tarde a aludir como una experiencia de vida y de lenguaje. Algo quiere nacer y busca su forma. No una forma retórica sino más bien la de un organismo verbal que quiere ser, de palabra encarnada. Que es de uno y de todos, fraternidad y exigencia, ambigüedad y precisión. Pero siempre tembloroso, latente, limpiamente ofrecido, sin propósito de seducir o convencer. Y extrañamente, o en realidad honradamente, sigo sintiéndome el mismo que al comienzo. Siempre fui así, siempre iba a ser así.
Mucha poesía corre por el río vital de Alonso desde que publicó Salud o nada en 1954. Ese “llamado que no se puede desoír” persiste y se renueva luego de más de sesenta años de creación ininterrumpida en las vertientes de la poesía, la traducción y el ensayo. Ha publicado poemarios como Buenos vientos (1956), El músico en la máquina (1958), Hablar claro (1964), Señora vida (1979), Jazmín del país (1988), El arte de callar (2003) o Poemas pendientes (2006) para consignar apenas un puñado de títulos; ensayos como La palabra insaciable (1992) y República de viento (2007), entre muchísimos otros; y ha traducido del francés, italiano y portugués a Fernando Pessoa, Cesare Pavese, Giuseppe Ungaretti, Paul Eluard, Marguerite Duras, Eugenio Montale, Carlos Drummond de Andrade, Jacques Prévert, Pier Paolo Pasolini, Charles Baudelaire y Manuel Bandeira, entre tantos otros. “Tiembla/ copa/ en tu sabor/ hay años/ magias/ días futuros/ tiembla conmigo/ abrasa/ calienta el corazón/ del mundo”, se lee en “El poeta busca trabajo”, otro de los poemas de su primera juventud incluido en Entre dientes, publicado por primera vez en 1963. ¿Será la poesía lo que está siempre “entre dientes”? “Nunca me sentí en condiciones de definir nada con respecto a todo esto. Insisto: la poesía me ocurre. Y eso incluye a los títulos”, advierte Alonso. En un comentario publicado en 1965, H.A. Murena planteaba: “El título, Entre dientes, es en sí la acertada definición de una estética. Entre dientes no se pueden decir más que pocas palabras: los dientes son un filtro que, a la vez que impide la cuestionable fluidez del discurso habitual, brinda en vocablos contados –cuyo poder expresivo se multiplica proporcionalmente a la disminución de su número– la esencia del discurso”.

–¿Qué implica “traducir un poema”? ¿Es reescribir a Eluard o los poetas alemanes para intentar preservar algo del ritmo o del sonido original?

–Nadie vive en estado de diccionario. Toda gran poesía, todo poema logrado, hecho carne en su idioma, es un ser soberano y autónomo, de lenguaje vivo, orgánico. Intentar transferirlo a otra lengua será siempre utópico. Pero también irreprimible. De los muchos problemas que plantea una versión honesta: sonido, sentido, ritmo, acentos, tono, densidad, timbre, medida, y rima si la hubiere, no todos pueden ser resueltos. Hubo poetas bilingües –lo soy y nunca pude– incapaces de transportarse con vida de una a otra de sus lenguas. Y hubo también escasas versiones que nos suenan mejores que el modelo. En mi caso actual, hay situaciones diferentes. Una cosa es traducir Eluard, un gran poeta que amo y me embebe desde mi adolescencia, uno de los más extraordinarios líricos de la lengua francesa, absolutamente original. Y otra muy distinta es la Poesía alemana de posguerra, que un joven germano, Klaus Vervuert, vino especialmente a proponerme, en 1966, sin saber yo alemán. Y que resultó una experiencia única de trabajo en equipo. Algo muy poco usual.

–¿Cómo ha impactado la traducción en su escritura?

–Me gustaría saberlo, en serio. Me gustaría ser capaz de explicitarlo, de transmitirlo. Lo mismo que con los grandes poetas, o los grandes poemas, o los hallazgos de la canción popular o del lenguaje cotidiano, con los que uno se nutrió instintivamente. La traducción, después de todo, ¿no es una forma de lectura más profunda, más personal, más empática?

–¿Está por publicar algún nuevo libro de poemas?

–Sí, mucho me temo que volveré a incurrir en libro. Con los últimos años se fueron reuniendo, por su cuenta, sin proyecto previo, un conjunto de poemas a los que siento en gran medida como poesía de circunstancias, ese placer perdido. Aún está en gestación, pero ya falta poco. Ultimamente he sentido la necesidad de denominarlos no poemas sino música de circunstancias. El título, que desde hace tiempo se sostiene, será muy probablemente A flor de labios.